Hace unas semanas, en Instagram, antes de cerrar la cuenta, colgué estas citas escritas por mí:
1.- A veces uno no quiere rendirse, sólo quisiera descansar de ese peso invisible que acompaña cada pensamiento, roba el entusiasmo y vuelve agotador incluso aquello que antes se sentía sencillo.
2.- Nadie siempre nota cuando alguien empieza a desaparecer en sí mismo, porque muchas veces el derrumbe no ocurre de forma escandalosa, sino en pequeños silencios, en rutinas mecánicas y en una tristeza que aprende a esconderse bien.
3.- Existe una forma de agotamiento que no viene del esfuerzo físico, sino de sostenerse todos los días mientras por dentro algo se siente roto, distante o desconectado de todo lo que antes hacía sentir vivo.
4.- Hay un tipo de tristeza que no hace ruido, que no pide ayuda en voz alta, pero se instala en cada pensamiento, en cada mañana pesada y en cada noche insomne donde el cansancio del cuerpo no alcanza para descansar la mente.
5.- Lo más difícil no siempre es el dolor evidente, sino esa forma lenta y persistente de apagarse por dentro, en la que las cosas que antes encendían el alma dejan de tener color, sentido o impulso.
6.- A veces no se trata de llorar ni de romperse frente al mundo, sino de caminar entre la gente con una calma fingida, cargando un cansancio que no se quita con dormir y un silencio que nadie nota, aunque grite por dentro.
7.- Hay días en los que el peso de existir se vuelve tan denso que incluso las tareas más simples parecen montañas imposibles, y uno aprende a sonreír en automático mientras por dentro todo se siente detenido, gris y extrañamente vacío.
Últimamente fantaseo con tirar el ordenador por la ventana. Como cuando pequeño tiraba, desde un quinto piso y por la tarde, huevos crudos o bolsas de plástico de agua en el balcón de mi cuarto al concurrido Paseo de las Delicias. No como metáfora elegante ni como frase ingeniosa para empezar un texto. Lo digo de verdad. Hay días en los que miro la pantalla, escucho a mi otro yo, veo el cursor parpadear delante de una página en blanco y siento un impulso casi terapéutico de agarrar el portátil con las dos manos, abrir la ventana y verlo estrellarse contra el suelo. Debe ser tan placentero como una intensa guerra de harina en una cocina recién remodelada. Supongo que ese es mi pequeño desequilibrio actual. Volver a ser un niño, de Enrique Urquijo (https://www.youtube.com/watch?v=pNiERPFlTBs).
Porque he llegado a aborrecer el ordenador. Lola se extrañará porque estoy pegado a él casi todo el día. ¿Cómo aborrecer aquello que te ocupa tanto tiempo? ¡Qué curioso: paso el día entero quejándome de eso… y aun así no puedo dejar de volver a él! Y eso, para alguien que pasó media vida escribiendo, leyendo, enlazando ideas y creyendo todavía en internet, resulta bastante triste.
Esta es la entrada cuatrocientas setenta y siete en el blog oquintodotempo.com/. No sé todavía si voy a cerrarlo. Y esta vez no es un arreón destructivo del conocido bloguicida que habita en mí. No. Y esa duda, que parece pequeña, lleva meses persiguiéndome. A veces la terna de actuación es problemática: cerrarlo definitivamente para ser consciente del bloguicidio, dejarlo simplemente abandonado para que lo vea algún despistado o vaciarlo absolutamente y dejar oquintodotempo.com/ como si fuera un petroglifo.
Lo que si tengo claro es que tengo que bajar la persiana. Asumir que una etapa terminó y debo dejar de prolongarla artificialmente, como quien mantiene encendida una habitación vacía solo por miedo a admitir que ya nadie vive ahí. Otras veces creo que quizá sea mejor no decir nada. Quieto. Sin despedidas solemnes ni dramatismos innecesarios. Sin esta puñetera entrada. Dejarlo morir lentamente por inhalación, como mueren tantas cosas en internet: sin ruido, sin homenaje y sin que casi nadie se dé cuenta.
No lo sé. Lo único que sé con claridad es que estoy agotado. Muy agotado. Y no hablo solo de los blogs. Hablo del cansancio raro que aparece cuando algo que antes amabas empieza a producirte ansiedad. Hablo de sentarme delante del teclado y sentir rechazo antes incluso de escribir una palabra. Hablo de esa sensación de vacío mental donde antes había ideas, curiosidad o necesidad de contar cosas. Ahora solo hay cansancio.
Quizá la jubilación también tenga algo que ver. Imaginaba la jubilación como un tiempo luminoso. Más tiempo para leer, pensar, pasear, escribir sin prisas. Más libertad. Más calma. Y sin embargo me ha ocurrido algo extraño: cuanto más tiempo tengo, menos ideas encuentro.
Antes escribía casi sin darme cuenta. El trabajo, las correcciones, el estrés, la preparación de las clases, las discusiones, las entrevistas con familias, la rutina diaria, incluso el agotamiento, generaban un movimiento interior. Había fricción. Había cosas que pensar y cosas de las que decir algo.
Ahora el silencio es diferente. Más pesado. Y sospecho que no es que ya no tenga nada que decir. Es que ya no tengo fuerzas para transformar lo que pienso en texto. Todo me parece repetido. Todo me parece innecesario. Todo acaba convertido en un borrador a medias que abandono después de mirar la pantalla durante una hora. Después de escribir tres horas, todo lo elimino porque lo considero de nula calidad. Este mismo texto está en el borde de un pozo negro, el mismo de la nube negra: ¡Escribe, coño, escribe! Y me sale una cadena de cortes de manga tan gozosa que en ocasiones veo la luz a lo lejos cuando miro hacia arriba.
La pantalla en blanco se ha convertido en una forma de angustia. Y cuanto más tiempo paso delante del ordenador, más rechazo siento. Internet tampoco ayuda. Tal vez soy yo quien se quedó anticuado. Me siento como un teclado en una mesa llena de pantallas táctiles: todavía capaz de contar historias, pero todas ellas suenan a un pasado periclitado, casposo y velado. No lo niego. Pero echo de menos aquella red llena de blogs personales, imperfectos, escritos sin estrategia. Echo de menos entrar en páginas, y leerlas, donde alguien escribía simplemente porque necesitaba hacerlo y no porque estuviera alimentando algoritmos, buscando posicionamiento o fabricando una identidad digital rentable. Esta última frase se la debo a un internauta que malvive como yo. Ahora todo parece promoción personal. En este charco has caído tú, José María, me dice mi alter ego.
Incluso la tristeza. Veo decenas de poemas a medio escribir, de bocetos literarios, que no quiero colgarlos porque hablan de la tristeza como una casa en invierno: todo sigue en su sitio, pero ninguna habitación consigue entrar en calor. Y yo ya no sé jugar a eso. Ni quiero aprender a mentir, ni a adoptar un postureo insulso. Quiero ser sincero al precio que sea.
Me cansé de la obligación permanente de producir contenido. Me cansé de la idea absurda de que todo pensamiento tiene que convertirse en publicación. Me cansé, culpa mía de ello, de medir el valor de lo que escribo según visitas, estadísticas o reacciones efímeras que desaparecen al día siguiente.
He perdido la relación natural con la escritura. Antes escribir me ordenaba la cabeza. Ahora me la bloquea. Y quizá lo más difícil de admitir sea esto: ya no disfruto. No disfruto buscando temas. No disfruto preparando entradas. No disfruto corrigiendo párrafos. No disfruto actualizando nada. No disfruto entrando al panel del blog. No disfruto al encender el ordenador.
A veces incluso retraso el momento de abrirlo porque ya sé la sensación que me espera al otro lado de la pantalla: agotamiento, culpa y esa impresión constante de estar arrastrando algo que hace tiempo dejó de tener sentido para mí.
Y claro que me da pena. Porque un blog nunca es solo un blog.
Ahí quedan años de lecturas, obsesiones, estados de ánimo, entusiasmos, rabias, noches de insomnio, versiones distintas de uno mismo y textos que me han costado un huevo escribir y ya nacen trasnochados.
Cerrar algo así no es simplemente apagar una página web. Es aceptar que cierta etapa de tu vida terminó. Y eso nunca resulta del todo fácil. Por eso sigo dudando. Porque me da vértigo desconocer lo que se me abrirá después de cerrar el blog. Pero no puedo colgar mierdas sólo por eso.
Cerrar el blog me produce tristeza. Mantenerlo vivo me genera ansiedad. Y dejarlo abandonado lentamente me provoca una mezcla muy rara de culpa, desprecio y descanso.
Supongo que en el fondo no estoy hablando únicamente de internet. Estoy hablando de mí. De una versión de mí mismo que antes escribía con facilidad, con curiosidad y hasta con cierta ilusión. Echo de menos a esa persona. Echo de menos sentarme delante del teclado y sentir ganas en lugar de agotamiento.
No sé si esa versión sigue aquí o si simplemente se cansó demasiado. Tal vez hay cosas que no terminan de golpe. Tal vez algunas etapas se van apagando lentamente hasta que un día descubres que llevaban mucho tiempo muertas y eras tú quien seguía negándose a aceptarlo.
Puede que este blog esté llegando a ese lugar. Y quizá lo más honesto que puedo hacer ahora mismo sea admitirlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, pensar en dejarlo no me produce fracaso. Me produce alivio. No sé qué hacer. Hasta otro día, en la calle o aquí.

Te animo a seguir escribiendo. Lo de los bajones en el carácter nos pasa a mucha gente entre las que me incluyo. 👏 Debe ser por tener un carácter sensible. Digan lo que digan. 👏