He tenido tres horas para escribir y corregir este capítulo. Rafo me entregó las pinceladas del mismo a las 6 de la tarde y me exigió que debía estar en internet colgado a las 9 de la noche. Le dije que era imposible, que tenía otras cosas que hacer, pero todo cayó en saco roto. Cuando Rafo se pone testarudo es imposible que razone. Si tú, lector, encuentras alguna errata, te pido disculpas de antemano. Insiste Rafo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
La romería comenzaba mucho antes de llegar al campo de la fiesta. Empezaba en la carretera estrecha, entre montes oscuros y eucaliptos húmedos, cuando los coches avanzaban despacio siguiendo las luces de otros vehículos que parecían perderse entre la niebla. Risas, voces, canciones, ruidos malsonantes, ocupaban la carretera a esa hora de la noche. Los conductores se exasperaban porque los caminantes invadían continuamente la calzada.
Aquella noche del verano de 1978, Jesús conducía el Seat 124 de su padre con una mano apoyada en la parte superior del volante y la otra sujetando un cigarrillo que apenas fumaba.
—Como volvamos a coger otra curva así, me bajo y sigo andando —protestó Clara desde atrás.
—No exageres —contestó Jesús—. Esto no es una carretera, es una prueba de supervivencia.
Pedro soltó una carcajada.
—Pues yo creo que vas más rápido que otras veces para impresionar a Sofía.
—Mira quién habla —respondió Jesús—. El que lleva media hora peinándose con el retrovisor.
—Eso es mentira.
—No es mentira. Y además has gastado más colonia que mi padre en Nochebuena. Apesta el coche.
Sofía, sentada junto a la ventanilla, negó con la cabeza mientras sonreía porque presagiaba que iba a ser una gran noche.
—Los hombres sois ridículos cuando queréis haceros los interesantes.
—Y vosotras disfrutáis viendo cómo hacemos el ridículo —dijo Pedro.
—Eso también.
Detrás venía la furgoneta donde viajaban Carmen, Luisa, Julio, César, Tomás y Marga. Desde lejos ya se escuchaban sus voces.
Cuando por fin aparcaron junto a una hilera de coches mal colocados sobre la hierba, todos bajaron hablando al mismo tiempo.
—¡Madre mía, qué frío hace aquí! —dijo Marga, cruzándose los brazos.
—Frío ahora —respondió Julio—. Espera a las cuatro de la mañana.
—A las cuatro de la mañana tú no distingues entre el frío y una farola.
—Porque a esa hora ya se alcanza la sabiduría.
—No, Julio. A esa hora tú ya no sabes ni cómo te llamas —contestó Carmen.
El campo de la fiesta aparecía iluminado al fondo, lleno de bombillas de colores suspendidas entre postes de madera. La música de la orquesta llegaba amortiguada por el aire húmedo.
Sonaba una canción de Fórmula V y varias parejas bailaban ya sobre la pista de hierba desigual.
El olor a churros, vino y pulpo hervido se mezclaba con el humo de los puestos y del tabaco de los asistentes.
Tomás observó aquello con una sonrisa tranquila.
—Hay algo en las romerías gallegas, este ambiente festivo y familiar, que no existe en ningún otro sitio.
—¿El qué? —preguntó Clara.
—Que aquí nadie viene solo a divertirse. La gente viene a sentirse parte de algo, parte de una fiesta que cada año que pasa está más concurrida.
—Mira qué profundo vienes hoy —se burló César.
—Es que todavía no bebió.
Aquella frase provocó las primeras carcajadas serias de la noche.
Y como si fuese una señal, Pedro levantó el brazo señalando hacia el otro extremo del campo.
—Primera parada: las avionetas.
Todos aprobaron la idea inmediatamente.
El puesto estaba rodeado de gente. Un hombre con camisa remangada llenaba pequeñas tazas de barro mezclando licores de varias botellas alineadas frente a él.
Un cartel pintado a mano decía: AVIONETAS ESPECIALES.
—Yo sigo sin entender qué llevan exactamente —dijo Luisa.
—Nadie lo sabe —respondió Julio—. Y probablemente sea mejor así.
—Seguro que eso lleva gasolina.
—O aguarrás.
—O directamente veneno.
El hombre del puesto los miró con media sonrisa.
—Mucho hablar y luego repetís todos.
—Porque no aprendemos —contestó Jesús.
Pidieron una ronda completa.
Las avionetas quemaban la garganta y dejaban un calor instantáneo en el pecho.
Sofía cerró los ojos tras el primer trago.
—Esto puede arrancar la pintura de una pared.
—Eso significa que está bueno —dijo César.
—No, eso significa que mañana voy a despertarme ciega.
Pedro levantó la taza.
—Escuchadme bien. Esta noche tenemos tres objetivos importantes.
—Ya empezó —murmuró Carmen.
—Primero: bailar.
—Aceptable.
—Segundo: no perder a Julio.
—Difícil.
—Y tercero: conseguir volver todos vivos.
Tomás asintió solemnemente.
—Ese último me preocupa.
La orquesta cambió de canción.
Comenzaron los primeros acordes de Déjame, de Los Secretos.
La zona de baile empezó a llenarse todavía más.
Marga agarró de la muñeca a Luisa.
—Ven conmigo antes de que nos quedemos aquí oyendo tonterías toda la noche.
—Yo no bailo.
—Eso decís siempre y luego sois las últimas en dejar de bailar.
—Porque insistís demasiado.
—Porque si no insistimos os pasáis la vida apoyadas contra una barra mirando cómo viven los demás.
Luisa terminó cediendo.
Mientras caminaban hacia la pista, César se acercó a Tomás.
—Te digo una cosa. Marga tiene razón.
—¿En qué?
—En eso de mirar cómo viven los demás. Hay gente que viene a las fiestas y parece que tiene miedo de pasarlo bien.
Tomás encendió un cigarrillo.
—Porque hay gente que piensa demasiado.
—¿Y tú?
—Yo llevo años pensando demasiado.
—Pues deja de hacerlo esta noche.
Las bailonas hacían que la fiesta fuera un desmadre de movimiento.
La orquesta tenía un cantante con traje blanco brillante que sonreía incluso cuando no cantaba. Parecía feliz de estar allí, bajo aquellas luces, viendo cómo la gente coreaba canciones conocidas.
Jesús empezó a bailar con Clara casi por obligación.
—No me pises.
—Entonces deja de moverte tanto.
—Eso es bailar. Hay más agujeros que en la carretera de la playa.
—No. Eso es intentar derribarme.
Clara soltó una risa sincera.
Pedro, mientras tanto, intentaba acercarse a Sofía sin parecer demasiado evidente.
—¿Te apetece bailar?
—¿Y tú sabes?
—Lo suficiente para no hacer el ridículo.
—Eso ya es bastante.
Comenzaron a bailar despacio.
Pedro estaba mucho más nervioso de lo que aparentaba.
—¿Siempre vienes a esta romería?
—Casi todos los años.
—Entonces igual ya nos habíamos visto.
—Puede.
—Yo me acordaría.
Sofía lo miró divertida.
—Qué seguro estás de ti mismo.
—No, de mí no. De ti.
Ella bajó la mirada un instante.
La música siguió sonando.
Cerca de los puestos, Julio ya había encontrado conversación con un grupo de hombres mayores que discutían sobre fútbol.
—Os digo yo que el Dépor va a cambiar muchísimo en diez años —decía uno.
—Sí, claro. Y yo voy a acabar siendo titular del Celta.
—No os riais. Las cosas están cambiando mucho en el fútbol.
Julio intervino levantando la taza.
—Pues mientras cambian, habrá que seguir bebiendo.
—Eso sí que no falla nunca —respondió uno de los hombres.
Poco después fueron hacia uno de los puestos del pulpo.
Las mujeres cortaban los tentáculos con enormes tijeras sobre platos de madera. El vapor subía espeso hacia las bombillas de colores.
El olor era irresistible.
—Ahora sí que soy feliz —dijo César cuando le entregaron su ración.
—Tú eres feliz con muy poco.
—Eso es una virtud.
Se sentaron todos en bancos largos de madera.
Durante unos minutos apenas hablaron, concentrados en comer.
El aceite rojizo y el pimentón manchaban el pan y las servilletas.
Tomás observó al grupo con calma.
Jesús discutiendo con Clara. Pedro intentando impresionar a Sofía. Julio hablando demasiado alto. Marga riéndose de cualquier cosa.
Carmen y Luisa compartiendo churros antes incluso de haberlos comprado.
Y sintió una especie de nostalgia extraña, como si aquella noche ya estuviese convirtiéndose en recuerdo mientras todavía la estaban viviendo.
—¿En qué piensas? —preguntó Carmen.
—En nada.
—Mentira. Tú siempre estás pensando.
Tomás tardó un poco en responder.
—Estaba pensando que dentro de muchos años vamos a recordar esto exactamente así.
—¿Así cómo?
—Con ruido, con humo, con orquestas infames y creyéndonos eternos.
Julio soltó una carcajada.
—La música no es mala.
—La canta alguien vestido como una lámpara.
—Eso es elegancia.
Después del pulpo llegaron los churros. El puesto estaba lleno de humo dulce y niños con las manos pegajosas de azúcar.
Marga pidió chocolate caliente para todos.
—Esto entra solo —dijo Clara.
—Como las avionetas —añadió Jesús.
—No compares una cosa sagrada con una bebida hecha para matar gente.
Sofía observó el movimiento continuo de la romería.
—Mira alrededor.
Pedro siguió su mirada.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo que parece que aquí el tiempo tiene un ritmo distinto.
Él asintió.
—Eso es verdad.
—La gente se ríe más.
—Porque aquí nadie piensa en mañana.
—Eso da miedo.
—¿Por qué?
—Porque las noches mejores son las que luego uno no consigue olvidar.
Pedro se quedó callado unos segundos.
—Entonces espero que no olvides esta.
Ella no respondió enseguida. Solo sonrió levemente.
Más tarde fueron hacia el puesto de tiro.
Tomás insistió en competir con César.
—Te gano fácil.
—Llevas diciendo eso desde pequeños.
—Porque es verdad.
El feriante les entregó las escopetas de balines.
Varias personas comenzaron a mirar.
—Venga, Tomás —gritó Marga—. Demuestra que tantos años cazando moscas sirve para algo.
—Cuando gane quiero respeto.
—Si ganas te compramos otra avioneta.
Los disparos comenzaron. Latas cayendo. Botellas vibrando. Balines perdidos golpeando la madera.
César derribó más objetivos y alzó los brazos victorioso.
—Aprende del maestro.
—Ha sido suerte.
—No. Ha sido talento.
El premio era un peluche horroroso con forma de perro. César se lo entregó ceremoniosamente a Carmen.
—Para ti.
—¿Y yo qué hago con esto?
—Recordar por siempre esta noche.
—Preferiría una empanada.
La música seguía creciendo. Cada vez había más gente bailando. Las avionetas continuaban circulando de mano en mano. La noche parecía avanzar más rápido de lo normal.
Cerca de las dos de la madrugada, Julio se subió a un banco con una taza en alto.
—¡Silencio un momento!
—Eso nunca es buena señal —dijo Luisa.
Varias personas alrededor comenzaron a mirarlo divertidas.
—Quiero decir algo importante.
—Bájate antes de romperte la cabeza —gritó Jesús.
—Escuchad primero.
Julio carraspeó teatralmente.
—Pasamos el año entero trabajando, estudiando, aguantando problemas y escuchando a gente aburrida. Y luego llega una noche así… y de repente todo parece más sencillo.
—Eso es la bebida que te suelta la lengua —dijo Clara.
—No. Eso es la verdad. Miradnos. Dentro de veinte años igual estamos casados, calvos o viviendo lejos unos de otros… pero esta noche la vamos a recordar siempre.
Hubo varios aplausos y silbidos. Incluso algunos desconocidos levantaron sus vasos.
Tomás sonrió mirando al suelo.
—El idiota tiene razón. Dentro de veinte años lo mismo ya no hay fiestas como esta.
La orquesta empezó otra canción rápida. Jesús sacó a bailar a Carmen. Pedro volvió a acercarse a Sofía. César y Marga discutían riéndose. Luisa, que al principio aseguraba no querer bailar, terminó girando en mitad de la pista.
Las luces de colores atravesaban la niebla ligera que comenzaba a levantarse desde los prados.
Por momentos todo parecía un sueño. Un lugar suspendido fuera del tiempo.
Cerca de las tres de la mañana, algunos niños dormían sobre las sillas mientras los mayores seguían bebiendo y cantando.
La voz del cantante de la orquesta sonaba ya cansada, pero nadie parecía dispuesto a marcharse. La fiesta estaba a punto de terminar porque sonó el Miudiño.
Pedro y Sofía caminaron unos metros apartados del ruido.
Detrás de los coches aparcados apenas llegaba la música.
—¿Sabes una cosa? —dijo él.
—¿Qué?
—Llevo toda la noche intentando parecer más interesante de lo que soy.
Ella soltó una risa suave.
—Eso ya lo sabía.
—¿Y funciona?
—A ratos.
—Bueno, algo es algo.
Hubo un silencio tranquilo.
—No quiero que esta noche termine —dijo Sofía.
—Entonces no termina.
—Sí termina. Todo termina.
Pedro la miró con atención.
—Puede. Pero hay noches que luego se quedan contigo muchos años.
Ella suspiró.
—Eso precisamente es lo peligroso.
Cuando regresaron junto al grupo, Tomás estaba sentado sobre la hierba fumando en silencio.
Jesús se dejó caer a su lado.
—¿Cansado?
—Un poco.
—Pues todavía queda amanecer.
Tomás miró hacia el campo iluminado y observó cómo la orquesta iba recogiendo todos los instrumentos.
—¿Sabes qué pasa?
—Qué.
—Que uno cree siempre que estas cosas van a repetirse eternamente.
—Y no.
—Y no.
Jesús permaneció callado unos segundos.
—Por eso hay que vivirlas bien.
La niebla cubría ya parte del campo y el palco se empezaba a quedar vacío y oscuro.
Los feriantes empezaban a cerrar algunos puestos.
Olía a hierba mojada, café recién hecho y humo apagado.
Marga se sentó en la hierba abrazándose las rodillas.
—No quiero volver.
—Nadie quiere —respondió Carmen.
Julio señaló el horizonte que empezaba a ponerse gris claro.
—Mirad eso.
Todos guardaron silencio un instante.
Las primeras luces del amanecer aparecían detrás de los montes.
Y de pronto, sin necesidad de decirlo, todos entendieron que aquella noche quedaría unida para siempre a sus vidas.
No solo por las canciones. Ni por las avionetas. Ni siquiera por los bailes y las risas.
Sino porque durante unas horas fueron exactamente quienes querían ser. Jóvenes. Libres. Y completamente felices.
Cuando arrancaron los coches, todavía seguían tarareando canciones de la orquesta.
El campo de la romería quedó atrás entre niebla y bombillas apagándose lentamente.
Y mientras la carretera volvía a perderse entre montes húmedos y aldeas dormidas, todos llevaban encima esa sensación extraña que solo dejan las noches verdaderamente importantes.
La sensación de haber vivido algo irrepetible: la noche de las avionetas.
