La tercera cerveza llegó cuando el bar estaba en plena ebullición: conversaciones ajenas casi a voz en grito, risas, apuestas de a quién le tocaba pagar, el poseedor del fondo común racaneaba con arte taurina, tortillas de patas, raciones de jamón, vasos chocando y sillas y mesas arrastrándose sobre el suelo para juntarlas… El camarero quería bajar media persiana para que la gente entendiera que llegaba la hora del cierre, pero la calle, detrás de los cristales empañados del bar, no respondía: seguía entrando gente que, haciendo fuerza para subir la persiana, se sumaba a grupos que ya estaban en pleno jolgorio. El cartel de que cerraba a las 12 de la noche, junto al cartelón de las raciones que ofrecían, era ignorado con todo descaro.
Las aceitunas seguían en medio de la mesa como pequeñas balas verdes. Rafo jugueteaba con una de ellas atravesándola con el palillo y así comprobar la dureza de las mismas después de varios días en la nevera.
Yo, sentado frente a él, lo observaba con rigor fotográfico. Cada gesto, cada movimiento de las manos, con especial atención la manía de recolocar veinte veces el teléfono, el tarjetero y el tabaco. Era como observar esa parte de mí que todavía insistía en llamarse Rafo como si el nombre pudiera ordenar mi vida.
Tenía los ojos cansados. No cansados físicamente. Era otra cosa. El agotamiento de quien ha pasado demasiados años interpretándose a sí mismo.
Bebió un trago largo de la caña y después habló sin mirarme.
—Lo que más me irrita de ti es tu manera de simplificarme. Me conviertes en una especie de caso clínico con pretensiones literarias. «Rafo, el egoísta funcional». «Rafo, el hombre que convirtió la enseñanza en refugio emocional». «Rafo, el seductor incapaz de sostener el amor». Todo muy limpio, muy bien ordenado, muy inteligente. Pero mi vida no fue así.
Me incliné hacia delante.
—Explícame entonces cómo fue.
Rafo soltó una risa breve, como si fuera de una marioneta.
—Eso haces siempre. Me provocas para que yo hable y luego tú recoges las frases como un ladrón elegante. Y me traicionas, porque manipulas lo que yo te pido que escribas. Tú no creas nada. Parasitas. Eres un mierda.
—No exageres.
—¿Que no? Mira dónde estamos. En un bar mediocre, con aceitunas de supermercado y cerveza caliente, discutiendo quién escribe un libro que en el fondo solo existe porque tú necesitas justificarme y yo necesito sobrevivirme. Esa es la verdad.
Cogió otra aceituna y la mordió lentamente. La cara de repulsión fue evidente.
—¿Sabes qué ocurre contigo? —continuó—. Que tienes la obscena comodidad de la lucidez retrospectiva. Tú apareces cuando todo ha terminado. Cuando las mujeres ya se han ido, cuando los errores ya son irreversibles, cuando las palabras pueden ordenarse. Pero yo estaba dentro del incendio. Yo era el incendio. Y yo no quiero que ordenes mi vida. Acordamos un libro al ritmo de mi vida.
—Bonita frase. Pero es normal que yo desee ordenar debidamente tus relatos. En caso contrario, no hay editor que lo quiera. Tengo que mirar por tus intereses.
Rafo sonrió con desprecio.
—¿Ves? Eso mismo. No puedes evitarlo. Todo lo conviertes en literatura porque te aterra admitir que mi vida real fue muchísimo más vulgar.
Se quedó callado unos segundos. Luego añadió, más despacio:
—La mayor parte del tiempo no era un hombre complejo. Era simplemente un hombre asustado, tímido y enmadrado.
El ventilador del techo giraba lentamente sobre nosotros, removiendo el humo y el olor a fritura de refritos. El camarero secaba vasos detrás de la barra con una lentitud resignada. Veía que llegaban las 12 y nadie se iba.
Yo bebí antes de responder.
—No estabas asustado. Estabas cómodo. En esa famosa zona de confort que se han inventado los psicólogos y que tú llevas al pie de la letra.
Rafo levantó la cabeza.
—No confundas ambas cosas.
—Las confundo porque en ti eran idénticas. Convertiste la comodidad en una filosofía de vida. Tu aula, tus libros, tus rutinas, tus alumnos adorándote, las conversaciones en los pasillos, los ligues de tres días… Todo eso te protegía de cualquier posibilidad real de fracaso íntimo.
—¿Fracaso íntimo?
—Sí. La convivencia. El compromiso. La permanencia. Que alguien te vea de verdad durante demasiado tiempo. A ti, que no sea de tu familia, no te ha visto 24 horas completas. Sin separaciones.
Rafo dejó el vaso sobre la mesa. Esta vez no hubo brusquedad. Solo cansancio.
—Hablas como si yo hubiese sido un monstruo.
—No. Los monstruos suelen ser más simples. Tú eras peor: eras encantador.
Rafo soltó una carcajada seca.
—Ah, maravilloso. Ahora soy un villano sofisticado.
—No estoy bromeando. La gente soporta muchísimo a los hombres encantadores. Les perdona cosas imperdonables porque saben escuchar, porque citan poemas, porque parecen vulnerables. Tú aprendiste eso muy pronto.
Su expresión cambió apenas. Una pequeña sombra. Había acertado.
—¿Y sabes qué es lo verdaderamente miserable? —seguí—. Que ni siquiera mentías del todo. Cuando amabas a alguien, en ese instante, lo sentías de verdad. El problema era que solo sabías amar dentro de tu propia intensidad momentánea. Después desaparecías emocionalmente, aunque siguieras físicamente allí.
Rafo me observó fijamente. Con la dedicación de un científico que maneja un microscopio de última generación. Como si quisiera descubrir hasta dónde llegaba mi crueldad.
—Te encanta hablar así —dijo al fin—. Te excita moralmente. Diseccionarme. Convertirme en un mecanismo. Pero nunca hablas de lo otro.
—¿Qué otro?
—La soledad.
No respondí.
Rafo continuó hablando, ahora más despacio, casi sin ironía.
—Treinta y siete años entrando en aulas. Treinta y siete años oyendo voces adolescentes, corrigiendo exámenes buenos y malos, preparando clases que a veces salían bien y a veces eran boicoteadas por alumnos irredentos. Treinta y siete años viendo pasar generaciones enteras mientras yo seguía allí, envejeciendo poco a poco delante de chicos que cada septiembre tenían diecisiete años otra vez. ¿Tú sabes lo que hace eso con una persona?
Bebió el final de la cerveza. Pidió otra.
No aparté la mirada. No dejé de observar el brillo de los ojos. Estaban humedecidos. Y se calló porque le flojeaba la voz. Dejó pasar unos segundos para recuperarse.
—Al principio crees que enseñas literatura. Luego descubres que en realidad enseñas entusiasmo. Después entiendes algo peor: que necesitas ese entusiasmo porque fuera del aula tu vida empieza a parecerte mediocre.
El bar quedó en silencio alrededor de su voz. Estaban escuchando la confesión de un profesor jubilado herido por la soledad. Incluso las conversaciones lejanas parecían haberse apagado.
—Los alumnos me admiraban —dijo—. Y eso era peligrosísimo. Porque yo también terminé admirando la versión de mí mismo que aparecía allí dentro. El profesor brillante. El tipo ingenioso. El hombre que siempre tenía una respuesta, una cita, una reflexión. Pero llegaba a casa… y el silencio era otra cosa. Ahí ya no había aplausos invisibles. Ahí solo estaba yo con mis padres y mi hermana y, en los últimos años, solos mi hermana y yo.
Levantó la cerveza hacia la luz. La espuma había desaparecido.
—Y yo conmigo mismo soy insoportable. Me castigo con más dureza que me castigaba don… Me callaré el nombre porque no me acuerdo. Ja. Pero me ataba la mano izquierda a la espalda porque no escribía con la diestra. Y… ahora…
La frase quedó suspendida.
Yo apoyé los codos sobre la mesa.
—Por eso fracasabas con las mujeres.
Rafo sonrió sin alegría.
—No. Fracasé y fracaso porque nunca aprendí a dejar de mirarme mientras amaba.
Sentí algo parecido a una punzada. Porque esa vez no había cinismo. Ni defensa. Solo una claridad brutal.
Rafo siguió hablando.
—Siempre había una parte de mí observándose desde fuera. Incluso en los momentos felices. Pensaba: «Mira qué bien estás haciendo de hombre enamorado». ¿Entiendes la enfermedad? Nunca conseguía desaparecer del todo dentro de la vida. Siempre había una conciencia teatralizándolo todo.
—Eso soy yo —dije.
—No. Tú eres el residuo que dejó eso. Esta frase la pronunció con un desprecio hiriente.
Nos quedamos callados. Yo, con ganas de soltarle un bofetón.
El camarero encendió otra luz más tenue cerca de la barra. El bar empezó a adquirir ese aire melancólico de los sitios que saben que pronto cerrarán.
Rafo salió a fumar un cigarro y regresó con toda rapidez.
—Y aun así tuve momentos felices.
—Claro.
—No lo dices convencido.
—Porque tus momentos felices duraban exactamente lo que tardabas en volver a pensar en ti mismo.
Rafo soltó una risa amarga.
—Puede ser. Pero al menos yo viví esos momentos. Tú no. Tú eres la autopsia de mi pasado.
La frase me golpeó más de lo que esperaba. Él lo notó.
Y por primera vez sonrió de verdad.
—Ahí está —murmuró—. Ahí apareces tú. El narrador herido. El alter ego susceptible. El juez que se enfada cuando el acusado empieza a describirlo también.
Me incliné hacia él.
—Escúchame bien. Si este libro existe es porque alguien tiene que decir la verdad sobre ti.
—¿La verdad? ¿Cuál? ¿La tuya? Porque también eres un manipulador. Tomas mis recuerdos y los editas. Exageras ciertas miserias, suavizas otras, eliminas lo ridículo y conservas solo lo literario. Tú tampoco soportas la realidad completa.
—¿Y cuál es esa realidad completa?
Rafo habló con una voz baja y firme.
—Que no fui un gran hombre ni un monstruo trágico. Fui algo muchísimo más corriente: un hombre inteligente al que le costó madurar emocionalmente. Durante años he sido un niño mayor. Nada más. Y quizá nada menos. Un profesor razonablemente bueno. Un amante intermitente. Un amigo irregular. Un egoísta educado. Eso fui.
Se inclinó hacia mí.
—Pero tú necesitas que yo sea simbólico. Necesitas convertir mi vida en una metáfora del fracaso contemporáneo o de la masculinidad tardía o de cualquier estupidez elegante. Porque si admites que todo fue simplemente humano, el libro pierde importancia.
Noté la irritación subir lentamente dentro de mí.
—No entiendes nada.
—Al contrario. Empiezo a entender demasiado.
—¿Sí?
—Sí. Empiezo a sospechar que escribes porque no sabes vivir.
El golpe fue limpio. Preciso.
Durante unos segundos no supe qué responder. Rafo aprovechó el silencio.
—Mírate —continuó—. Analizas cada emoción hasta dejarla seca. Necesitas comprenderlo todo para no sentir demasiado. Yo al menos cometí errores reales. Me enamoré mal, mentí mal, bebí mal, envejecí mal. Pero tú… tú observas. Siempre observas.
Se acercó todavía más.
—Y observar no es inocente. A veces es otra forma de cobardía.
El ventilador seguía girando sobre nosotros y las aceitunas permanecían intactas.
Afuera pasó una ambulancia dejando un reflejo azul sobre el cristal del bar.
Y entonces entendí algo terrible: Rafo tenía razón.
No completamente. Pero sí lo suficiente como para arruinarme la noche.
