En la madrugada de ayer me despierta el móvil y el ordenador. Me anuncia Rafo, por medio de un acongojado guasap que me ha enviado un correo con el capítulo que le falta a la novela Hatroz, uno dedicado a su hermana Lola.
Desde que empiezo este afán de «malnovelar» episodios de mi vida, se resiste a airear algunos de la suya. Como soy un plasta le digo: o todo o nada. Me repite una y otra vez que hay un acontecimiento que no, que no sale a la luz mientras yo esté viva.
De este modo, escribo 39 capítulos. Espero que los hayas leído todos. Cuando Lola acepte ser el capítulo XX, le daré el cierre definitivo a este engendro de narración que sólo quiere ajustar cuentas con mi memoria, aunque esta nunca es lineal ni es capaz de poner orden a mis escombros.
Lola y yo hemos hablado mucho. Por fin, antes de ayer, me da el plácet para que escriba las partes que yo le esquematizo en un papel. ¡Por fin consigo convencerla para ponerlo todo negro sobre blanco! Por tal motivo tengo que reordenar los capítulos para situar el de mi hermana en el lugar que yo quiero, que es el capítulo XX. Exijo, termina, que, a diferencia de algún otro capítulo, esté escrito en presente porque yo quiero que quien lo ojee lo sienta en la actualidad.
Después de leerlo varias veces y de hacer infinitos cambios, me resulta difícil encadenar con fluidez los diferentes episodios de este capítulo que voy a narrar porque algunos son compactos y muy cerrados, y no admiten una clara transición para no distorsionar el espíritu que quiere transmitir Rafo, que no quiere aceptar que una congénita timidez sirva de explicación para todo.
Lola Máiz Togores nace en el Sanatorio del Rosario de Madrid el 3 de octubre de 1954. Ella le repite a quien le quiera escuchar que «nace de nalgas y que el parto dura unas 32 horas». En un tono no sé si humorístico culpabiliza a estas dos circunstancias las futuras desgracias de su vida. Ella explica, sin convencimiento alguno, que el destino o el carácter de una persona están determinados desde el nacimiento: si alguien «nace de nalgas» (es decir, de una forma considerada poco favorable o fuera de lo normal), entonces sus dificultades futuras son consecuencia de esa condición inicial.
No le gusta que la llamen Loli a los 71 años que tiene, en cambio acepta el apodo de «Woolite» porque se lo ponen con mucho cariño nuestros dos primos mayores. Habría que investigar si algo tiene que ver con el carácter fuerte que manifiesta, una clara herencia de los Bermejo por vía paterna, y el poder suavizante del susodicho producto.
Estudia el bachillerato en el colegio Mater Salvatoris en la calle Límite donde son 40 alumnas y luego se trasladan a Aravaca donde construyen un gigantesco edificio. Nunca habla con claridad de su experiencia en este colegio ―últimamente, sí― por esa timidez que le impide hablar y actuar con decisión, pero el término acoso está presente en muchas situaciones vividas. Sólo libra en su negativo recuerdo a la madre Madurga, que la tutela con cariño y respeto durante muchos años.
Por estas razones, una tía de la familia les recomienda a nuestros padres en varias ocasiones que la trasladen al instituto Isabel la Católica, donde, ejecutado por fin el cambio, realiza exitosamente COU. Tiene verdaderas amigas, aunque algunas se pierden con el paso del tiempo y otras diversas suertes. Es evidente que la enseñanza en aquellos tiempos es muy diferente. Sólo recordar que en el colegio le dejan solo para septiembre la 4ª evaluación de Química. Hoy eso…
En la etapa colegial, en 4º de bachillerato, sufre la corea mínor ―el conocido baile de San Vito―, enfermedad que no brota de manera brutal hasta el verano de ese mismo año. Mi padre, por entonces, vacacionaba en septiembre, pero nada más verla el diagnóstico es claro y evidente. Tiene una recuperación tan lenta que le dura varios años, asociada al doloroso Benzetacil mensualmente.
Estudia Farmacia, trabaja en diversas oficinas de farmacia, con visiones agridulces los años que a ello se dedica. Tiene la oportunidad de comprar una farmacia y ser codueña de una oficina situada en Vallecas. La experiencia no es buena. La relación es imposible con el otro dueño y decide vender su parte. Cuando se firma dicha venta en la notaría de un familiar, este le dice con clara retranca: es evidente que no llevaste lentillas cuando negociaste con él y realizaste la compra.
Deja el trabajo para casarse con un arquitecto en 1989, ceremonia que se celebra, bajo una intensa lluvia, en el colegio de El Pilar de Niño Jesús, con el objetivo de vivir en Valladolid, ciudad que había ganado el futuro marido en unas durísimas oposiciones.
Este matrimonio, por la intolerancia del novio ante unos vómitos de acetona en la noche de bodas, se rompe el día siguiente de celebrarse. Como van a Pucela a vivir, y en Madrid no tienen casa, ni ella un duro, se encuentra sola a las 11 de la noche con una maleta y una cabina telefónica. Llama a nuestro padre para ver si la acogemos de nuevo en casa. Respuesta afirmativa, evidentemente.
El matrimonio es declarado Matrimonio Rato y No Consumado (Ratum et non consummatum) por la Rota a los dos años de la ceremonia.
Lola pasa una temporada bastante larga muy mal ―con apoyo psicológico y psiquiátrico― porque no entiende nada y se siente psicológicamente maltratada por todo lo que le dice el novio, acusándola reiteradas veces de niña, entre otras cosas. Aclaro yo que conoce a Lola desde hace muchos años.
Se reintegra a trabajar en diferentes oficinas de farmacia con una nociva experiencia en algunas de ellas. En estos momentos le viene a la memoria el argumento de «cómo nace».
En 1979 fallece una tía nuestra soltera de un terrible cáncer de mama que es el sustento económico y anímico de otro hermano soltero, que no puede trabajar por diferentes causas mentales y físicas. La defunción plantea el destino de nuestro tío porque solo no puede vivir ni personal ni económicamente. Para resumir, se decide vender la casa y que se traslade a vivir a nuestra casa porque nuestro padre es médico. Un hermano de nuestro padre dice no se valoran en ningún momento las profundas depresiones cíclicas de nuestra madre. El impuesto de sucesiones entre hermanos en aquella época es brutal.
En nuestra casa, Lola le cede su habitación. Cambia un espacio, al final de la vivienda, en el que hay un pasillo con un generoso armario, una mesa camilla grande para estudiar y una cama con su correspondiente cómoda por un cuartito junto a la cocina en el que sólo cabe un sofá-cama y una pequeña mesa de estudio. Es decir, cambia la amplitud por la estrechez. Mi hermana no dice nada y manifiesta una generosidad suprema. Este periodo dura ocho años, hasta 1987 en el que muere nuestro tío.
En 1992 muere nuestra madre y supone un golpe durísimo para todos, especialmente para nuestro padre que se culpabiliza de no haber oído nada cuando todo ―el infarto súbito sufrido― ocurre de noche en la cama de matrimonio que comparten ambos.
En 1993, por las indecisiones de nuestro padre, Lola impulsa, dentro de sus posibilidades y conmigo al fondo, la venta definitiva de la finca que tiene la familia de nuestra madre en las proximidades de Compostela.
En 1995 deja de trabajar en una oficina de farmacia ―la dueña le exige una indemnización, hecho que niega el Colegio de farmacéuticos― para atender a nuestro padre durante todo el día, que sufre un deterioro progresivo de sus capacidades físicas y mentales por varios ictus que sufre.
Curioso es decir que lo que pagamos a la persona que cuida de nuestro padre, ocho horas al día, en un periodo breve es muy superior al sueldo de mi hermana en la farmacia. Por tal motivo, decide colgar la bata y entregarse al cuidado de nuestro padre con una ayuda puntual una hora al día para bañarlo y asearlo. Esto dura hasta 2002, año en el que fallece nuestro padre en casa, no en una residencia como nos recomiendan algunos conocidos. La atención fue excelente y continua por sus conocimientos farmacéuticos y por la generosísima ayuda permanente de un amigo anestesista de nuestro padre. (Perdón por repetir tantas veces nuestro padre).
Lola, en su faceta privada, después de este fallecimiento, e impulsada por mí, intenta retomar su vida social con un antiguo amigo, que se trunca por el fallecimiento de él. Lola me cuenta que este hombre la llama semanas antes de la boda para confirmar si ella está dispuesta a casarse con el arquitecto. Como la respuesta es un sí, él desaparece de su vida.
Como consecuencia de ese deseo mío de que retome su vida social, una noche, un cabrón de muy buena facha, con el que comparte una cena, la acompaña hasta el ascensor de nuestra casa y ahí, debajo de las escaleras de acceso a los pisos, la ataca, la reduce por la fuerza física y mantiene con ella una relación sexual contra su total voluntad. Lola lo único que hace es llorar. Se acuesta en casa llorando y como no para de sangrar la ingresan en una clínica por orden de su ginecólogo, donde le tienen que dar varios puntos de sutura por la violencia sufrida. El daño que le causa la acompaña durante años. Es una herida que nadie puede ver, pero que no puede borrar.
Tras esta brutal experiencia, confirmada en todos sus términos por el ginecólogo que la trata, hay quienes expresan recelo con ese relato, como si la verdad necesitara pruebas imposibles. A la violencia sufrida se añade otra forma de sufrimiento: la incredulidad de algunos miembros de nuestra propia familia. Ahora me viene a la memoria aquel juez que, ante una situación en nada parecida, utiliza como eximente del hombre la minifalda de la mujer. Es decir, hay personas de nuestro entorno que buscan la explicación del resultado en una característica de quien lo padece, en lugar de analizar principalmente la inicua conducta de quien toma la decisión de realizar tan ignominioso acto. Con otras palabras, se culpa a quien sufre la violación por el daño que otro decide causar o se traslada la responsabilidad del agente a la víctima.
Esto lo comento en contra de la férrea voluntad de Lola, pero me importa un carallo, porque quiero manifestar que también hay violaciones con traje de Armani o violadores que fingen conocer a la familia ―es el caso de mi hermana―, para lograr un espacio y un entorno que le permita lograr su nefando objetivo. Hay una persona que dice que malinterpreta la timidez de Lola. Asqueroso y vomitivo.
Mi hermana no quiere que lo cuente porque tiene inoculada desde el nacimiento esa obsesión de que no se puede contar nada por vergüenza, cuando ella es la que sufre un ataque sexual que no busca ni provoca en ningún momento.
Saltamos al día de hoy. Recibe una ayuda económica generada por la atención a nuestro padre y por no haber cotizado lo suficiente, ya que por tal dedicación familiar se quiebra de golpe su etapa laboral.
Como consecuencia de una educación muy tradicional, encuentra en la atención de nuestro padre su particular purgatorio. Esta frase la escribo porque no entiendo ―y eso que le doy vueltas para encontrar un mínimo resquicio de razón― que alguien pueda justificar una silenciosa, pero hatroz violación.
Con los años Lola «se acostumbra» a lo vivido, pero no lo olvida porque lo que le marca aquella noche sigue formando parte indisoluble de ella. Si yo no lo olvido, y lo tengo presente todos los días, ¡cómo lo va a olvidar mi hermana!
Ahora, tras dos mudanzas en los últimos veinte años, vivimos armoniosamente los dos juntos en un pequeño piso de La Guindalera. Los dos solteros, y tras un sincero ajuste de caracteres y acuerdos convivenciales, disfrutamos de uno de los periodos más tranquilos de mi hermana.
Como finalización, una lluvia de ideas para clarificar qué carácter tiene Lola: genio y pronto muy fuertes, pero se diluyen enseguida, insegura, generosa, cabezota, impulsiva, ingenua, animalofóbica, risueña, impaciente, sufridora de varios complejos e incapaz de superarlos, bondadosa, botellín, solitaria, de poco trato, derrochona con todo el mundo, insomne, negativa, se autoculpa siempre por todo, hasta del hundimiento del Titanic, miedosa, poco ambiciosa, acuafóbica, cierta incapacidad para tomarse las cosas a broma, ansiedad social, temor al ridículo y a meter la pata en público, poseedora de un dañino complace, minuciosa, sin aires de superioridad…

Has seguido al pie de la letra todas mis indicaciones, salvo en una situación. De todas formas, me gusta cómo lo describes: con mucho cariño 🧡 y discreción. 👏
Pobre Lola, es súper triste todo lo que le ha sucedido en su vida, todos llevamos nuestra cruz, no se merecía todo por lo que ha pasado. Me he quedado totalmente impactada.
Michos dirán pobre Lola, yo digo OLÉ, LOLA, con un par y p’alante.
Sois unos valientes!