Los primeros meses de vida de Rafo fueron tranquilos, plácidos y bonancibles. Alteraciones nocturnas propias de un bebé que tenía en perfecto estado los esfínteres. Se liberaba con una precisión y una regularidad británicas de las aromatizantes cacas cuando su padre estaba profundamente dormido. El proceso siempre era el mismo: el olor se apoderaba del olfato de su madre, que se lo comunicaba con un cariñoso golpe a su padre. La madre avisaba a Chon que asumía la tarea de limpiarlo con gran diligencia. Los ronquidos del padre se oían en toda la casa, hecho que encorajinaba a su madre, que tenía un dormir, digámoslo así, «muy muy muy superficial».
Salvo las características fiebres, las propias mucosidades y las nada edificantes pataletas, podemos entender que los tres adjetivos aplicados en el inicio se refieren a un permanente descubrimiento de objetos, sensaciones y sentimientos.
―Tienes un mundo a tus pies, hijo, un mundo que, si actúas con rectitud, te ofrecerá más luces que sombras. Y el pequeño Rafo le hacía a su padre unas pedorretas bucales que significaban que le importaban un bledo sus «profundas palabras».
Los recuerdos son nulos ―y eso que el día que hablamos de esta época Rafo hizo unos esfuerzos titánicos, casi sobrehumanos, para «reencontrarse» con algún episodio vivido― y lo que sus padres le comentaron posteriormente ―su padre era médico― no va más allá de lo que Piaget estableció los dos primeros años como periodo sensoriomotor y de dos a siete años como periodo preoperatorio. Y aquí me paro. Me niego a seguir con Piaget porque sería un verdadero ladrillo. Para ti, lector, motivo suficiente para «colgar» este libro. Cuando Rafo estudió sus teorías evolutivas, le vino la misma sensación de aburrida matraca que cuando se propuso leer el Ulises de Joyce tras perder una apuesta en el bar de la escuela con el mejor jugar del «póquer de los garbanzos».
―Esto me retrotraería a mi etapa universitaria, se dijo en alto Rafo. Y como decimos en gallego inda é cedo (aún es pronto).
Me importa mucho más el momento en el que pronunció sus primeras palabras. Cuando empezó a hablar. Debe ser inolvidable y casi taumatúrgico el momento en el que los padres logran establecer una conexión verbal con su hijo. El lenguaje es el milagro humano. Los seres humanos nos comunicamos a través de un maravilloso vehículo lingüístico que es el lenguaje. Cierto es que hay otros vehículos de comunicación. Genéticamente, dicen los especialistas, nos vienen dadas unas capacidades lingüísticas que no se desarrollan hasta la plenitud de la vida, lo cual sucede alrededor de los 5 años. Neurológicamente hablando, según los entendidos, un niño de 5 años es un hablante adulto. Hasta esa edad, el cerebro madura a través de unas etapas poco flexibles, siendo el periodo de los 2 a 4 años el que tiene los puntos más críticos de la formación de las vías lingüísticas neurológicas. Las combinaciones de palabras aparecen alrededor de los 2 años. Pero hay niños que comienzan antes de los 2 años a hablar. Y en la familia de Rafo hay testimonios de ello.
En esta época quiero situar a nuestro protagonista.
En los primeros inviernos madrileños ―estos periodos del año siempre los ha vivido en Madrid― fue descubriendo poco a poco su entorno. De un modo muy primitivo claro está. No era consciente de los logros según los iba consiguiendo. Tranquilidad, que no voy a hacer una exposición de la evolución de Rafo como bebé, pues podríamos encontrarnos con un abanico amplio de experiencias de todo tipo, pero especialmente escatológicas. Sus padres, él no lo recuerda, celebraron con gran algarabía cuando consiguió controlar los esfínteres y mostró por primera vez un continuado y avezado interés por sentarse en el inodoro. Su abuelo, en Santiago, lo celebró con una oración de gratitud ante el apóstol Santiago.
Por más que se empeñe, no son recuerdos lo que tiene de este periodo de su vida sino más bien memorización de situaciones mil veces narradas en los años posteriores por sus padres o por las personas que se encargaron en esos años de su atención y cuidado. Según ellos, la frase más repetida desde que comenzó a caminar era: no toques eso.
Quiso demostrar su arte pictórico cuando, en una pared recién pintada, plasmó con «pintura marrón» una recreación gráfica de la finca de Bertamiráns.
―Ayé, ayé. Y le mostró a su padre su «picassiana obra».
―Tranquilo, hijo, tranquilo, le dijo su padre mientras reprimía una verdadera regañina «mordiéndose las muelas». Su padre le quiso explicar que las deposiciones no deberían salir del inodoro. Hijo, para pintar están los cuadernos que te hemos comprado y que no los usas.
Rafo se empezó a reír con una energía que exasperó a su padre. Lo sentó de nuevo frente a él y, mientras intentaba aclararle dónde debía pintar, Rafo lo celebró con una batería de pedorretas bucales que le dejaron la cara repleta de húmedos salivazos.
Por lo demás, hay un categórico vacío. Lo que sugiere una normalidad absoluta en su progresión como niño. Habrá quien piense que de esos años sólo se recuerdan las experiencias traumáticas, que las placenteras ―si por placentera se puede entender el destete o la salida de los dientes― caen en el olvido más absoluto. Cada vez que, ya con la madurez del adulto, hizo sus pesquisas sobre esos primeros años las repuestas siempre fueron las mismas: sin novedad. Todo transcurrió con la normalidad de un niño que empieza a descubrir un mundo nuevo para él. Nada de acciones heroicas, de comportamientos intrépidos y mucho menos de acontecimientos homéricos.
La primera vez que escuchó estas palabras sintió una enorme frustración, pues todos pensamos que, como vemos en ciertas películas, nuestros primeros años son un cúmulo de patrioterismos hogareños y caseros.
―Comías, dormías y crecías, le dijeron una multitud de veces.
―¿Tantos meses reducidos a tres simples verbos? ¡Qué frustración! Yo que, cuando por primera vez escuché de los mayores mis experiencias infantiles, había imaginado que no habría horas suficientes en un día para hablar de mis epopeyas. Mi proceder entonces sería un cúmulo de espeluznantes aventuras, intrépidos lances y arriesgadísimas andanzas. ¡Cómo mi hermana me había salvado de morir cuasi electrocutado por meter los dedos en los enchufes!
―Nada, hijo, había unos inventos magníficos que se metían en los enchufes y que impedían que los niños hurgaran en ellos.
¡O cómo fui capaz de poner en funcionamiento la olla exprés para preparar leche merengada al baño María!
―Nada, hijo, si la olla estaba siempre fuera del alcance de los niños.
Cuando fue consciente de mayor de que en esos primeros años no tuvo empresas peligrosas, quizá comprendió un poco, la venganza se sirve fría, por qué en su edad escolar fue tan proclive a recibir toques de atención por parte del profesor por ciertos escarceos en el aula utilizando los rotuladores como perfectas y dañinas espadas.
Según me cuentan, el invierno de sus tres años fue variopinto en su aprendizaje. Días graciosos por ser el causante de muecas y gestos candorosos, y días, llamémoslos inapropiados, por ser una constante lucha contra el dolor de dientes, incisivos y muelas y por una balsámica muda de pañales. En los periodos del invierno que su abuelo paterno pasaba en Madrid no había otro objetivo por su parte que el niño se soltara a hablar. Y todo era una sempiterna frustración, pues lo solucionaba todo con un ayé mayestático.
¿Quieres un vaso de leche? Ayé. ¿Vamos al Jardín Botánico? Ayé. Hay que irse a dormir. Ayé. Llegó un momento en el que la preocupación empezó a invadir la mente de los mayores. Veían cómo niños de su edad y menores ya pronunciaban frases con cierta coherencia mientras Rafo se mantenía en un solitario y convulso ayé. Su abuelo, farmacéutico militar con una profundísima formación humanística, desdramatizaba la situación con un sentido del humor a la vez bullicioso y calmante de ánimos.
―Todos buscamos aprender idiomas porque consideramos imprescindible el dominio de dos lenguas por lo menos para podernos manejar por el mundo. Y este rapaz, egregia criatura del futuro más inmediato, lo soluciona todo con una palabra. Es la reducción del esperanto a su mínima expresión. Pura practicidad. Y soltaba una pequeña carcajada.
Y llegó el verano. Viaje inconmensurable por la magnitud de los bultos. Casi tan numeroso como los trofeos del Cid después de una victoria: incontable el botín. Pues aquí incalculable el número de paquetes y maletas. Ocupaban medio vagón del tren rápido ―ja, casi diez horas de viaje― con destino a Santiago de Compostela. La travesía era una auténtica odisea para los adultos. Sólo basta mencionar que eran diez individuos ―entre adolescentes y niños― y 5 ó 6 personas mayores. Digo individuos porque era como se dirigía a nosotros un tío nuestro cuando nos quería regañar: individuo, venga usted aquí. Su comportamiento deja mucho que desear y… a continuación venía una entrañable reprimenda. Inútil de todo. Duraba el efecto cinco minutos. Algarabía, carreras, caídas, risas y juegos. Cuando no regañinas por parte del revisor, que en aquella época nos parecía, por su uniforme, un comandante de la Marina.
La llegada a Santiago y el posterior traslado a Bertamiráns en diversos taxis era una auténtica liberación para los adultos. La llamada nocturna a los «padres de familia», que trabajaban en Madrid, informando del éxito de la misión era poner una pica en Flandes. Y ese verano fue absorbente, cautivador y ameno hasta lo inimaginable. Pasar casi dos meses con toda la familia materna en pleno campo no tiene precio hoy en día. La naturaleza alimentaba una vivificante ansia de vida campestre.
El dormitorio lo compartía con un primo suyo al que le lleva once meses llamado Jorge. De su hijo mayor Rafo es el padrino en la actualidad. Ya hablaremos en otro momento de las aventuras que pasaron los dos en Galicia. Hoy me remito sólo a ese periodo de tiempo. Escuchar a Jorge era un orgullo, pues hablaba casi con absoluta perfección. Una mujer de allí le llamaba humorísticamente el Académico. Mientras Rafo, que era mayor, seguía con su famoso ayé. Lo curioso es que después de unas intensas y vividas vacaciones, se produjo un sonado trasvase. Llegó el mes de septiembre cuando se trasladaron a Vedra sus padres, su hermana y él, para pasar el mes de septiembre con la familia paterna y la situación cambió radicalmente: Jorge se apoderó del solemne ayé y Rafo se convirtió en un incipiente Castelar. La situación causó cierta gracia en algunos y algo de hilaridad en otros. El ayé de Jorge fue efímero como una huella en la arena o una tarjeta de felicitación. Rápidamente retomó su buen hablar.
La llegada a Vedra fue un rotundo éxito, pues su abuelo Luis, que los esperaba lleno de ansiedad, pudo comprobar que su nieto se había convertido en un competente, a la par que inagotable, disertador. Hablaba, hablaba y hablaba. En algunos momentos no era consciente de lo que decía y en otros erraba más que una escopeta de feria. Pero las frases salían con fluidez de su antaño balbuceante y rácano aparato fonador. Varias veces en situaciones embarazosas y reservadas para los mayores, fue reprendido con una frase que se hizo desde entonces muy familiar: cala, fillo, cala un pouco (Calla, hijo, calla un poco).
―A moito falar, moito errar (Quien mucho habla, mucho yerra), le decía, después de ponerlo firme delante de ella su abuela María, poseedora de un colosal genio. Rafo salía corriendo y repitiendo una palabra que le había oído en Bertamiráns a su tío Filoso:
―Tururú, tururú, tururú, tururú…

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