MI SUDOR

Hay días en los que siento que mi propio cuerpo me traiciona. No necesito encontrarme a una irresistible amiga en la línea 1 del metro en hora punta, no necesito hacer esfuerzo levantando pesas a las tres de la tarde en un gimnasio sin aire acondicionado, no necesito salir a correr mientras como con unos amigos, no necesito visitar una sauna mientras en la televisión proyectan una película desarrollada en el invierno noruego, no necesito visitar en un gélido enero un probador con unos focos que lo convierten en una tostadora para indecisos, no necesito nada especial: basta con que el calor de Madrid empiece a apretar para que comience la humillación. Mientras otras personas parecen soportarlo con normalidad, yo siento cómo el sudor aparece de inmediato, como una condena inevitable de la que no existe escapatoria.

Lo noto en la espalda, empapando la camisa. Lo noto en el pecho, pegando la ropa a la piel. Lo noto en la cabeza, recién salido de la ducha en el trabajo. Lo noto en otros muchos sitios que, por una decencia heredada, soy incapaz de mencionar y precisar con el lenguaje de una sentencia judicial.  Lo noto en cada movimiento, en cada momento en que me pregunto si alguien se habrá dado cuenta. Y siempre se da cuenta alguien. O al menos eso siento. Es imposible ignorarlo cuando eres tú quien lo está viviendo.

Lo peor no es siquiera el calor. Lo peor es la conciencia constante de estar sudando. La vigilancia permanente. La obsesión. Entrar en un lugar y pensar automáticamente en la temperatura. Sentarse y preguntarse cuánto tardará en aparecer la mancha. Cruzarse con alguien y preguntarse qué impresión estará recibiendo. Vivir pendiente de algo que para otros es un detalle y para mí se convierte en una presencia constante, invasiva y agotadora.

Llega un momento en que el sudor deja de ser una molestia física y se convierte en algo mental. Empiezo a sentir rabia. Una rabia profunda contra unas glándulas sudoríparas que parecen funcionar como si estuvieran saboteándome. Como si hubieran decidido que cada verano tiene que ser una batalla perdida de antemano.

Y entonces aparecen los nervios. La ansiedad. El círculo perfecto. Cuanto más sudo, más me preocupo. Cuanto más me preocupo, más sudo. Y cuanto más sudo, más consciente soy de la imagen que creo estar ofreciendo. Una imagen que me avergüenza. Una imagen de descontrol, de incomodidad, de alguien que parece incapaz de mantenerse seco durante diez minutos seguidos.

Hay momentos en los que me gustaría arrancarme este problema de encima. Hay otros, los más, en los cuales me gustaría empacharme todas las mañanas de mil cereales inyectados a grandes dosis con la toxina botulínica tipo A. Y así, deshacerme del sudor… por unos minutos. Ja. Para siempre sé que es imposible. También me gustaría salir a la calle sin calcular rutas con sombra. Vestirme sin pensar en tejidos, colores o manchas. Hablar con alguien sin preguntarme si la humedad de mi ropa está llamando más la atención que mis palabras.

Estoy cansado. Cansado de planificar alrededor del calor. Cansado de sentir que mi cuerpo juega en mi contra. Cansado de la sensación de derrota que aparece cuando miro una camiseta empapada y pienso: «otra vez».

No es sólo sudor. Es frustración acumulada. Es enfado. Es agotamiento. Es la sensación de cargar con algo que parece absurdo para quien no lo vive, pero que ocupa demasiado espacio en mi cabeza. Y hay días en los que simplemente necesito decirlo sin filtros: odio esta situación. Odio lo que me hace sentir. Odio la lucha constante. Odio tener que pensar en ello cada verano, cada salida y cada momento de calor. Este soy yo: te escribo, a las 3 de la tarde, sentado en una mesa y silla plegables, a pleno sol, en el bulevar central del paseo de la Castellana…porque me dijeron que ahí hacía mucho fresco. Ja.