EL SUEÑO DEL JUBILADO O LA FICTICIA ENCARNACIÓN DE LA BELLEZA (VERSIÓN RESUMIDA)

La jubilación me llegó como un doble filo: descanso esperado, sí, pero también un compulsivo vacío que me desorienta día y noche. En mis noches de desorden onírico, Morfeo me concede premios que despierto me niegan: diplomas, ovaciones, coronas de humo. En uno de ellos, los dioses del Olimpo decretaron que nunca recibiría un galardón en vigilia, temerosos de que mis palabras rivalizaran con su poder. Por eso me relegaron al reino del sueño, único espacio donde aceptan mi triunfo.

En ese ambiente mitológico, los héroes aún caminan y las criaturas fantásticas vigilan senderos ocultos. Allí, entre visiones y fantasías, recibo la corona que despierto me niegan. Pero la jubilación, en esa crepuscular vigilia, me golpea con dureza: descanso sí, pero también pesadillas sembradas por Eris y Hécate. La primera, diosa griega de la discordia y el caos, famosa por la manzana que desencadenó la Guerra de Troya y la segunda, una titánide asociada con la magia, la brujería, las encrucijadas y la luna, venerada como protectora y guía en los límites entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Ante este caos que me persigue como hacía Zeus con Prometeo, por ayudar a los hombres, mi hermana y mi blog son mis dos fuerzas complementarias: ella, con su compañía constante y benefactora; el blog, como espacio íntimo donde transformar heridas en palabras.

Un día, en un sueño dentro de otro sueño, recuerdo que un alumno me dejó un sobre sellado sobre mi mesa de trabajo. Dentro, la convocatoria de un concurso literario en Villaestética, pueblo inventado por mi mente y conocido por su feria perpetua. El certamen llevaba un nombre tan excesivo como mi propio ego: Virtus et Pulchritudo (Virtud y Belleza).

Decidí concursar con un texto insólito: un retrato hiperbólico de mí mismo. El jurado, atónito, me otorgó el primer premio por unanimidad. El galardón no fue dinero ni diploma, sino una invitación semanal al spa El Manantial de los Dioses, donde el agua prometía rejuvenecer y la calma se convertía en ritual.

A mis 67 años, me describí como mito viviente. Mi melena de plata brillaba, mis ojos dominaban la escena mejor que los de Paul Newman, mi perfil era obra maestra y mi dentadura impecable. Mi tronco superior era monumento a la disciplina: hombros rectilíneos, bíceps tensos, pectorales firmes. Mis manos, elegantes y pulidas, creaban mundos y transformaban vidas. Mis piernas musculosas eran columnas de mármol que sostenían el templo de mi cuerpo. Incluso mi trasero, firme y proporcionado, se convertía en poema silencioso.

No solo mi cuerpo era perfecto: también mi carácter. Paciente, generoso, sociable, moralmente inquebrantable. Inspiraba más que imponía, convencía más que ordenaba.

Mi virilidad era legendaria, mi presencia imponente, mi voz capaz de calmar tormentas o encender pasiones.

Como profesor, no enseñaba: despertaba vocaciones y como escritor aficionado, mis textos eran torrentes de creatividad, monumentos de imaginación.

En resumen, yo era un mito en carne viva.

Como he dicho, el jurado del concurso quedó atónito. Me otorgaron el Primer Premio y con él la invitación al spa El Manantial de los Dioses. Entré con la seguridad de quien sabe que el universo le rinde homenaje. El aire olía a eucalipto y piedra húmeda, y cada rincón confirmaba mi grandeza. Al sumergirme en la piscina termal, el agua no me envolvió, me veneró. Cada burbuja era un aplauso, cada corriente un reconocimiento. La primera visita fue un rito de consagración. El spa no era descanso, era templo que confirmaba mi victoria literaria y mi grandeza física.

Pero entonces mi hermana irrumpió en mi habitación y con una voz sorprendida, pero cautelosa, me dijo:

—José María, son las 13:00 y sigues en la cama. Está muy bien soñar, pero la vida no se vive dormido.

Con gran esfuerzo me levanté, sintiendo cada hueso y cada curva de mi cuerpo real. La celulitis ilustraba mi cintura, la dermatitis encendía mi piel, mi dentadura se convertía en mueca. Las rodillas se quejaban, los tobillos protestaban, los músculos eran un coro desconcertado. Busqué la ventana, un rayo de luz, una brizna de aire que me recordara que la vida seguía su rumbo en la calle. El sueño había concluido, pero la historia —mi decrépita historia— continuaba.