―No tengo un solo recuerdo en el que ella no esté presente.
Con esta frase de Xan das miñocas, diáfana y constreñida de gran amargura, quiso expresarle a su buen amigo Pepiño do paraugas, conocido con este apodo porque, ya fuera invierno o verano, siempre llevaba colgado de la parte posterior del abrigo o de la chaqueta un paraguas cerrado, un paraguas kilométrico que lo llamaban de siete parroquias. Xan das miñocas (Juan de las miñocas) era un hombre pesimista y poco dado a los reconocimientos ajenos. Miñoca es una lombriz de tierra, también persona de poca valía, órgano sexual masculino de pequeñas dimensiones y andar ás miñocas significa no tener lo necesario para vivir. La duda, saber cuál era en este caso la certera. Eran amigos de la infancia, habían compartido juergas, miserias humanas y confidencias semiprohibidas. Los dos tenían una gran habilidad en no tocar cierto tema, en el que sabían que discrepaban abiertamente.
La conversación, más bien un desahogo anímico, transcurría debajo de una enorme vid que había en uno de los laterales de la casa donde residía, ahora solo, Xan das miñocas mientras degustaban una roja y sabrosa sandía en una tarde inconcreta del mes de agosto.
Pepiño do paraugas permanecía en un respetuoso silencio, absorto e impactado por las palabras de su enjuto y flaco amigo que no era quien de mirarle a los ojos a nadie desde la dolorosa muerte de su querida esposa y compañera.
―Pero, home, tienes que seguir viviendo. María, seguro, no querría verte así, con la frente besando el suelo. Lloraría los siete mares. Tes que reponerte anímicamente y seguir caminando, para que puedas degustar poco a poco los sabrosos tragos que aún la vida te ha de deparar en este futuro inmediato.
―Todo lo que toco o acaricio na miña casa tiene su suave tacto, todo lo que huelo en mi habitación huele a su dulce piel y todo lo que veo en la huerta tiene su hermosa imagen. Segundo a segundo, hora a hora y día a día, ella está en mí y no hay nada que me la haga olvidar. Así que…¡a vivir con este demo toda a vida!
Aquí, para no discutir, se calló Pepiño do paraugas porque recordaba al lenguaraz dueño da taberna do Camiño novo cuando en ausencia del bueno de Xan comparaba a la mujer de este con la Maritornes del Quijote.
En esta conversación estaban los dos embaucados, como si fueran un remedo de Don Quijote y Sancho ―lo cierto es que nadie sabía quién era quién―, cuando se les acercó pizpireta y saltarina, una muchachita rubia como una mazorca de maíz, y pasando más penas que Caín en el Purgatorio, pues tartamudeaba ostensiblemente, les soltó el siguiente mandado de Martiño dos facos (faco=caballo malo y ruín) a los dos «grandes conversadores»:
―Se…se…se…ñor Xan y seeeeñor Pe…pi…ño, me ha dicho miiii pa…pa…trón que a…caba de morrrer Maruuuuxa da Carbaaalleeeira, y que vaaayan a su casa al velorio co…co…rrriendo, y se fue del mismo modo que llegó.
Los dos viejos se miraron con una significativa complicidad, esa que el correr de los años ha ido asentando sobre cimientos totalmente desconocidos para el resto de los habitantes del lugar. Los dos dijeron simultáneamente:
―En paz descanse.
―Que leve con ella la paz que en la tierra deja, remató muy severo Xan das miñocas.
―¡Home, non! Que era una buena mujer…un pouco quentiña (de modo irónico calificaba a la mujer que tenía estímulos sexuales muy desarrollados), pero muy buena gente. Ayudó a varias mujeres viudas de vivos a sacar a sus hijos adelante en muchas ocasiones.
―¿Buena gente? Lo que se dice buena gente…Tengo un mar de dudas. Le gustaba mucho andar entre o millo (=el maíz) que recogerlo.
―Pero nunca andaba sola. Maticemos todo, que es de recibo ser justos.
―Pero quien andaba era ella.
―Tú siempre haciendo distinciones entre mujeres y hombres. Siempre dejando a la mujer en mal lugar. Eso son noticias sin fundamento y rumores inventados por la xente da aldea. Difamar es el verbo que mejor se conjuga en esta bendita tierra.
―Sí, sí, pero siempre hay testigos oculares de las «falsas historias».
―Ya te digo, comentarios maliciosos. Esos testigos… ¿Cuándo dijeron públicamente lo visto por ellos? ¡Jamás de los jamases, carallo! No olvides, amigo, no olvides, que ella fue la que te dobló por primera vez, allá en los tiempos de los carballos vellos (=robles viejos), la manga de la camisa. ¿O es que ya no recuerdas aquella copla que le cantaste más de una vez al pie de su ventana?:
Dámo, Maruxiña, dámo,
dámo que non é pecado:
unha muxica do teu lume
para acender o meu cigarro.
(Dámelo, Maruja, dámelo,
dámelo que no es pecado:
un poco de tu fuego
para encender mi cigarro)
―Esos tiempos me saben a agua choca (=podrida), que duermen en un sueño para mí olvidado. Parece mentira que ahora me vengas con esas, cuando tú y yo nunca nos echamos a la cara nuestras viejas andanzas y correrías de mozo. Ve a rezarle tú, si tan triste está, una salve marinera, que yo no puedo con la risa.
―Eres un ingrato y un desterrado. ¿Cómo puedes rechazar con tanto desprecio y altanera repulsa a una mujer que, en su juventud, te dio sus mejores momentos?
―No pienso dedicarle a ella ni un segundo más de lo necesario.
―Tu egoísmo, querido amigo, se ha devorado la poca memoria que habita en ti. No alimentes de ese modo tu mente olvidadiza.
―Di lo que quieras, que esta mujer no va a llevar a nadie a su entierro. Hizo lo que hizo, y lo hizo como lo hizo. ¿Me entiendes, no?
―Eres más retorcido que los cuernos de un carnero. Si te vieras en un espejo, te darías cuenta de que estás siendo muy injusto.
―Injusta fue la muerte de mi mujer y me tengo que amolar (=aguantar).
―No mezcles los temas, que son cosas bien diferentes. ¿Qué tiene que ver tu pena con la muerte de esta mujer? ¿O es que…?
―Parece mentira que una «mujer» como Maruxa da Carballeira haga que peleemos como críos.
―Es que me enfurece que ensucies la memoria de una mujer que ya no se puede defender, de una mujer que despertó a la vida a medio valle, de una mujer que siempre tuvo una muiñeira para «bailar» contigo, de una mujer que nunca le negó un plato de comida a ningún necesitado.
―Pasó el día, pasó la romería. Y como sigas dándole a la rueda, vas a besar las piedras que tienes a la vista, mientras hacía un ademán violento con la mano izquierda para posteriormente marcharse en absoluto silencio y con un gesto enfurecido en su rostro. Y marcha que tes que marchar.
Y así, de una manera tan brusca y sorpresiva, estos dos buenos amigos estuvieron meses de sin hablarse, con el deterioro de la amistad que eso supuso, amistad que naciera en los vientres de sus madres.
Cuando el pasado vuelve es capaz de llevarse por delante hasta el árbol con las raíces más profundas.
