Ser adulto es cosa valiosa, / pero es mayor perfección / hablar brillante y pausado / como si fuera un gran cicerón. (Rafo cuenta que escribió estos versos el día de su Primera Comunión bajo la sombra de un castaño en un pequeño cuaderno con candado que le regalaron sus tías de Ferrol. No tenía ni idea de los cuadernos Moleskine que eran los herederos del histórico cuaderno usado por Vincent Van Gogh, Pablo Picasso o Ernest Hemingway).
―Este rapaz ten que falar menos e traballar máis, decía Filoso mientras simultaneaba la lectura de un ejemplar de El Correo Gallego, único periódico, eso creía, que por entonces llegaba en el día de su edición a Bertamiráns, y la escucha de una anécdota que Rafo estaba intentando narrar con afectado tono policíaco. ¿Sentencia premonitoria de lo que posteriormente sería una frecuentísima adenda en sus notas? No lo sabemos. Tal vez. Lo cierto es que el tío Filoso poseía tal sagaz zorrería que era capaz de intuir las futuras peculiaridades de Rafo.
Tras dar por terminada precipitadamente su incongruente historieta, nadie le prestó verdadera atención, se dispuso a jugar con plastilina mientras intentaba cantar una canción que les había escuchado a sus primos mayores. No era la primera vez que Rafo, entonces era Camay, intentaba entonar una melodía a la par que procuraba realizar con una brillante torpeza no sé qué rocambolesca figura. Se desesperaba y cerraba los ojos como cuando su padre, a la par que hacía un chasquido con la boca, leía una noticia que le contrariaba. Cuando apenas tenía conocimiento del mundo, le enfurecía que su desmaña para con los trabajos manuales se manifestara con tanto escarnio y fulgor. Poco a poco, y con el paso del tiempo, se fue confirmando, ante la desesperación de sus mayores, que lo suyo no era la manipulación habilidosa de materiales ya fueran más o menos maleables. Nadie se explicaba, la ayuda de sus primos debió ser manifiesta, el periódico que lograron diseñar a los diez años los primos pequeños de la casa.
―Perseverancia, rapaz, perseverancia, comentaba otra voz adulta a sus espaldas. Todo en esta vida se puede conseguir con perseverancia.
A Rafo esas frases realmente le sonaban a chino. No las soportaba. Y si coincidía dicha reflexión adulta con la creación de los ojos del busto que estaba realizando le introducía los dedos hasta el cogote como cuévanos quevedescos.
Rafo, desde que había descubierto lo placentero que era platicar, no paraba de hablar por los codos con quien tuviera a su alcance. Y si no, los buscaba desesperadamente para que lo escucharan. Era un sablista de la charleta. Y si no, solo. Ahí lo veían al pequeño Rafo manteniendo animadísimas charlas con los objetos más disparatados que uno se puede imaginar, desde el grifo de la bañera hasta el plato en el que descansaba el bocadillo de la merienda. Ante esta locuacidad, unos se reían a carcajadas escuchando algunas de sus incongruencias, otros se encolerizaban y se marchaban a un lugar más tranquilo, pues no les dejaba concentrarse en lo que en ese momento estaban haciendo. Su primo Jorge cogía el patinete que le había traído de Suiza su padre y subía hasta la puerta de la finca muy despacio para luego bajar a toda velocidad simulando perfectamente el ruido de una moto de carreras. Él, ante estas reacciones, se quedaba mirándolos unos segundos y salía después escopetado ―con lo que se podía correr a esa edad― en dirección a la bodega, donde, por la oscuridad y la humedad del lugar, pensaba que se gestarían las grandes aventuras ese verano.
En otros momentos del día, su primo Jorge y Rafo pasaban mucho tiempo sentados en la arena de la era jugando a lo más dispar. Desde la conversión en auténticos héroes utilizando como arma de ataque las ramas desprendidas de algunos árboles o una simple escoba ―con el consabido disgusto de las madres― hasta el aprisionamiento en pequeñas cárceles o jaulas de plástico de inofensivos escarabajos de la patata. Por entonces, estos animalitos les parecían peligrosísimos miuras que posteriormente serían toreados por los dos en un improvisado albero diseñado en la acera de una de las casas. En aquellos años el género por excelencia de música de la fiesta taurina era el pasodoble Suspiros de España, que Jorge lo tarareaba con gran perfección como inicio de la posterior faena, otro de los rasgos de su primo que le despertaban una corrosiva envidia. El ritmo alegre y festivo de la canción conectaba con la tradición española y les impulsaba a los dos canijos a perfeccionar «la fiesta» elaborando con gran animación unas banderillas, con los colores de la bandera española, con alfileres sustraídos del alfiletero del costurero de la madre de Rafo.
Aunque los protagonistas más frecuentes de sus juegos eran los paracaidistas, los indios y los vaqueros. Lanzaban desde la ventana de una habitación del piso superior un muñeco de plástico que llevaba enrollado un paracaídas; y que gracias al débil impulso ejercido por su parte subía escasamente para luego descender mientras se abría espectacularmente el paracaídas. Bueno, no siempre ocurría así. Entonces el tortazo era de época y nosotros lo celebrábamos como la llegada del hombre a la luna. Con los indios y los vaqueros siempre había pelea. Los dos queríamos ser vaqueros, pues era evidente que los indios eran siempre derrotados por un habilísimo cowboy, que era capaz de disparar hasta de espaldas. ¿Y por qué le tocaba a Rafo en casi todas las ocasiones ser indio? ¿Incipiente complace? Buena pregunta.
A su corta edad, y por consiguiente aún muy limitada su formación, ya empezaba a sentir admiración por algunos de sus mayores. En cada uno de ellos, desde su pacata perspectiva, se iba perfilando una peculiaridad que le hacía que la fascinación agrandara el afecto que ya iba sintiendo por cada uno de ellos. Rafo pensaba que podía levantar alguna ampolla. Ese miedo pavoroso al qué dirán lo atenazaba ya de pequeño. Es la visión de un niño de muy poquitos años. De su tía María Rosa, la abnegación familiar; de su padre, la entrega y el altruismo; de su tío José Luis, la inteligencia y la naturalidad; de su tío Filoso, la fabulación literaria y personal; de su abuelo Luis, el conocimiento y la bonhomía; de su madre, la bondad y el tormento; de su tía Elena, el carácter y la decisión; de su madrina Cuca, la elegancia y la historia; de su tío Luis, la constancia en el aprendizaje; de su tía Maruja, el estudio y la sociabilidad…
Yo, como narrador de esta historia, creo que ya es suficiente. No quiero que el lector se pregunte: ¿Y tan pequeño era capaz de ver todas estas cualidades? Hombre, es cierto que resulta muy difícil deslindar ciertas cualidades en espaciados periodos temporales, y sobre todo siendo tan menudo, las singularidades de las personas. Después de hablar con él, se reafirma en lo dicho.
Como ya contaré más adelante, un grupo aparte lo merecen sus dos primos mayores. Bueno, no quiero adelantemos nada más. Ya lo hice homeopáticamente en un capítulo anterior. Ya tocará.
En este tejer y destejer de las tardes de verano, y cuando la sombra le ganaba el pulso al sol, las conversaciones de los mayores invadían con parsimonia levítica la acera de la llamada «casa vieja», por ser la más antigua. La perfecta orientación de la misma favorecía que los atardeceres fueran interminables y hubiera a sus pies un calmoso y constante trasiego humano. Algunos familiares iban ocupando las sillas que estaban libres, otros se levantaban para iniciar una diferente tarea en otro apartado rincón de la casa, pues el bullicio y la algarabía en ocasiones se hacían insoportables. Las fieles a la cita eran las mujeres, que no les quitaban el ojo de encima, pues según su criterio, si los dejaban ceibes (libres, en gallego) eran capaces de provocar un cataclismo.
―Como te vuelvas a mojar, te pongo a hacer pis como las mujeres. Esta lapidaria amenaza ―hoy, insignificante; pero por entonces tan terrorífica como una burla hiriente de tu mejor amigo en la adolescencia delante de la chica que te gusta― rondó por la cabeza de Rafo semanas. Tal vez meses. Estaba en esa etapa del crecimiento en la que se empezaban a mirar con extrañeza inusitada a los niños que aún llevaban pañales.
―¿Todavía no le quitaste los pañales a tu hijo? (Este uso verbal de tiempos simples es propio de los gallegos). Pero si Lolita los dejó antes.
―Ya ves… Tengo miedo a que…Y en esas disquisiciones se eternizaban la madre de Rafo y sus hermanas, sentadas todas ellas delante de un velador de piedra, a la sombra, y cada una de ellas enredadas en su labor manual preferida: el punto, los bordados, el ganchillo… O la lectura.
―Lo que tienes que hacer es amenazarlo ―ya sabes, con cariño― con la frase que te decía antes. Es como mano de santo.
Rafo nunca pensó que su madre fuera a llevar a la práctica tal conminación, pero hoy todavía habita en él la duda de saber qué hubiera hecho sin la amenaza. Espabiló como el día que le pusieron la primera vacuna. O ya o el sufrimiento eterno. Pues ya. Lo cierto es que ese mismo verano empezó a olvidarse de los pañales. Es cierto que más de un día hubo «alguna sorpresita», pero unas veces el astuto de su primo mayor y otras su querida Carmen se encargaban ―según sus palabras posteriores― de disimular semejante «desfeita» (desastre, en gallego).
Y así procesionó sin pañales el día de La Peregrina. Todos los mayores estaban encantados con su decisión de incorporarse con «ropa de adulto» a la comitiva religiosa.
―Se está haciendo mayor.
―¡Qué buen rapaz es!
Todos veían en Rafo una propensión hacia los hábitos eclesiásticos, cuando en realidad lo único que ocurría es que, habiendo abandonado ya la «ropa de bebé», se sentía como un adulto más. Concentrado, recto como un carballo (roble, en gallego) y perfectamente sincronizado con las dos filas que conformaban el desfile caminó portando una vela que cada dos por tres se apagaba. Él se sabía el centro de las miradas y ante tal situación su pequeño cuerpo se estiraba aún más hasta alcanzar las proporciones de un legionario en plena parada militar.
Aquel día recibió mil felicitaciones. Todas ellas acogidas con cierto orgullo disimulado, pues ya entonces su carácter se iba configurando de modo paulatino. La mayoría destacó su emotividad gestual; algunos, su elegancia imperturbable y los menos hablaron de cierta agonía sensitiva. Su madre presumía de un perfecto y rectilíneo flequillo.
Nadie cayó en la cuenta de que su verdadera razón, y por la que fui mentalizado noblemente por su tío Filoso, fue la exquisita promesa, si se portaba bien, de ser recompensado con dos helados de la todavía marca Camay escogidos por él libremente.

Me ha encantado el capítulo de hoy. 👏 Estoy totalmente de acuerdo contigo. Así mismo fue. Yo también me acuerdo de los helados Camay. Estaban muy ricos. 👏 😋😋😋A mí también me gustaban mucho.👏