TORREIRA

Son las tres de la mañana y ya no puedo más. Llevo despierto una hora. Me levanto, camino por mi habitación insomne y creyendo que tengo una ducha abierta en la espalda. Miro el termómetro que tengo en el pretil de la ventana y me escupe treinta y dos grados, que crean en mi «celda» un ambiente opresivo y angustioso. El colchón, cual parrilla lorenzana, metafóricamente echa humo y mi cuerpo ya no aguanta más esta sauna de hornear. ¡Qué irrespirable ambiente, Dios santo! Me vuelvo a tumbar, pero imposible. No puedo más. Me yergo de nuevo, me visto y me marcho silencioso a la calle. Busco la solidaridad de los que no pueden dormir de noche. No hay nadie. Hay momentos en los que el paisaje nocturno se muestra lujuriante y placentero, como si el deseo carnal habitara dentro de nosotros de una manera concupiscente. Pero ahora no, ahora yo soy un lascivo del sudor que humedece mi cuerpo y me convierte en un ser antivoluptuoso. La humedad del cuerpo choca con la sequedad del ambiente y esa tórrida pelea desde hace varios días me deja el cuerpo para muy pocas andanzas. El vacío de la calle me invita a desnudarme, pero me falta la osadía y el aliento suficientes para deshacerme de mis prendas. Una plúmbea vacuidad vuela desnuda en esta madrugada a mi alrededor y no quiere dejarme respirar. Me descalzo. El asfalto y la acera destilan fuego y queman. Las pisadas son blandas, como si estuviera caminando por un alquitrán recién volcado y formatea mi pie cual plantilla hecha a medida. No sabe uno donde sentarse. ¡Brillante idea la de los bancos de hierro! El que pruebo me pega una severa y cálida patada en el culo. Hasta la luz de las farolas jeringa como un puñetazo de fuego. Dejemos correr el tiempo. Me siento en el suelo y me descalzo. Sólo queda eso: dejar que el tiempo discurra y que nadie me agobie con una boca pegajosa y maloliente. No pasan coches. Pensar en los viajes a Galicia de los años 60 me revuelca en otra parrilla mental y fatiga aún más mi vivir. Sigo sentado en la acera, ¡fuego en las nalgas! Al cabo de unos minutos, me yergo de prisa, como si las llamas del infierno dantesco tostaran mis posaderas. La tórrida noche sigue cayendo sobre mí. Noto la boca seca como si tuviera una ración de cecina enharinada en mi boca. Son las cuatro de la mañana y todo sigue igual. Me pregunta una amiga por el tiempo de Madrid y yo le escribo esta carta. No quiero fastidiar a mi querida amiga cuando lea este pequeño texto. Para finalizar le hago un resumen de mi último sueño a los pies del hospital de la Princesa: una hermosa sirena me ofrece una vez y otra un conocido refresco helado. Ahora bien… yo no tengo boca por donde beberlo… ni mano con que cogerlo… ¡Ay, si Freud levantara la cabeza!