LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mundo sabe que el perro simboliza la fidelidad y la lealtad y que en muy pocas ocasiones aparece con una significación malvada y envilecida.

―Alguna vez tenía que ser, dijo el tío Filoso. Además, eso es porque no conocieron a Milucha, ¡demonio de perra!

Cierto es que el tío Filoso no estaba muy de acuerdo con esa premisa. Contaba él que, cuando era más joven, en la casa de A Maía, había una perra pequerrechiña que tenía unas aviesas intenciones jamás conocidas en la aldea.

―Es una sinvergüenza, una desalmada. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lanzó como una endemoniada desde el desván donde estaba escondida hacia mi tobillo izquierdo y me dio en él un mordisco del carajo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escuchaba sin apenas mudar el color, pues conocía muy bien sus artimañas.

―Eres peor que ella, Filoso. Como dice el rapsoda de A Maía, no es mala, es intensa. No muerde por odio, sino por exceso de entusiasmo. Su ladrido no es amenaza, es poesía en clave canina.

―No digas eso, Carlos; que yo sólo me defiendo de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el culo un cigarro encendido?

―¡Como no lo voy a recordar! Ese día me reí a carcajadas. ¡Dios, cómo corría la astuta por la era! Semejaba un cohete de feria. Y gruñía como un dragón medieval.

―No la juzgues por sus gruñidos. Escúchalos como quien escucha una canción en una aldea con un mensaje oculto.

―Sí. El otro día mantuve una conversación con Maximino. ¡No sabes cómo bailaba de joven la muiñeira! Y me dijo que los perros no hacen gamberradas, que son un escudo contra todo aquello que no les gusta.

―Y tú, Filoso, reconoce que no la dejas en paz.

Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie la compró. Apareció por allí como una peregrina sin destino y como había comprobado que allí había alimento de vez en cuando, una golosina, pues decidió quedarse. Pronto surgieron los problemas con los miembros más jóvenes de la familia. Al cabo de unos meses, tras mordiscos, arañazos en todos los tobillos, robo de calcetines y meadas en lugares intempestivos sólo se llevaba bien con doña María, la matriarca de la familia, que le daba siempre cobijo en su regazo como si fuera una niña.

Cuando veía a algún niño, salía a toda velocidad hacia un banco de piedra que había en la capilla y allí se escondía llena de miedo. Desde ese rincón, observaba con curiosidad a los niños y esperaba que llegara el momento justo en el que uno de esos niños se sentaba en el suelo a su lado, sin prisas, y le ofrecía una caricia sin exigencias. Porque incluso las perritas más gamberras como Milucha tienen su propio ritmo para confiar en los demás. Especialmente después de la última gamberrada.

Era una tarde tranquila, mientras la casa respiraba siesta y silencio después de comer. Milucha decidió que los cojines del sofá no estaban cumpliendo su función estética y con sigilo de ladrón de guante blanco y mirada de estratega, los arrastró hasta el pasillo. No contenta con eso, los desmenuzó como si estuviera limpiando una merluza: plumas por el aire, tela hecha jirones, y ella en medio del caos, con la lengua fuera y el pecho henchido de orgullo.

Cuando la familia se desperezó, ella se sentó sobre los restos como quien presentaba el último récor Guinness. Ni rastro de culpa. Solo la certeza de haber conseguido lo que ninguno de los pequeñajos del casero se había atrevido a hacer.

La tía María es la única que la defendió la «penúltima vez» cuando convirtió un jardín en círculo alrededor de la fuente de piedra de la era en una pateada plaza de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha destrozado el jardín!

―¿Y qué? El jardín volverá. Pero esa chispa en los ojos… eso es vida. Y la tía María acariciaba a la perrita, que se escondía acobardada tras las cortinas del cuarto de estar.

―Yo también fui gamberra. Y mírame, aún me invitan a misa.

Una mañana bien temprano, cuando todavía la falta de luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover «la de Dios es Cristo» el tío Filoso se apostó sin decir ni hacer nada de ruido, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movimientos y… ¡Ya veríamos entonces! Para estas cosas las pocas fuerzas que tenía se insuflaban de energía como un joven militroncho haciendo guardia.

Después de comer, se despidió y justificó un gran cansancio para dar una vuelta por la finca y luego dormir la siesta en su dormitorio. Todo fue como él había planeado. La perra, también cansada por todas las carreras que se había dado por la finca, apareció en su habitación muy modosa, como queriendo hacer las paces, pero Filoso se lanzó sobre ella y cuando la tuvo bien asida por el rabo, salió zumbando hacia el mirador que había en la parte alta de la finca sin que nadie lo viera.

Llegado al mirador, la volvió a trincar bien por el rabo y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar fuerza y así poder lanzarla lo más lejos posible. La perra gruñía cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible no fueran a sorprenderlo en la más hiriente de sus venganzas. El vuelo libre de Milucha duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un tambullón, y acompañado de tres o cuatro descuidados gruñidos llenos de dolor.

Filoso pasó una tarde tranquila como pocas, ya que no había ni sombra del animal. Nadie preguntó por la perra. Feliz como un niño en su Primera Comunión cenó un buen plato de sopa y una muy bien hecha tortilla de patatas. Para sorpresa de todos, esa noche no hubo televisión ni nada. Todo el mundo en silencio. La perra no apareció por ningún lado. A la cama se fue Filoso, a seguir leyendo Los diez negritos. Subió las escaleras muy dinguilendeiro. Pero la alegría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y asqueroso cerollo de Milucha.

―¡Mierda! Ya lo dije yo, esta perra tiene siete vidas como los ghatos. ¡Carajo! La infravaloré. Bien, mañana vuelta a empezar. ¡Bueno es saber que sólo le quedan seis! ¡Qué mañana, esta misma noche! Y desde no se sabe qué escondite de la finca la perra Milucha parecía sonreír la muy festeiramente