(A Compostela, esa mujer que entonces me hablaba muy bajito al oído cada vez que nos encontrábamos en las calles de mi ciudad.)
Deseo escuchar tu voz cada nueva mañana, cada despertar claro, como si mi sangre acariciara con impulso diáfano tu cuerpo mientras nuestros sexos se despedían a los pies de un manantial cálido.
Sumergido en una noche de desmayos e hipnosis, mis manos desnudas tocaban tu cuerpo en el placer de un sueño colmado de fantasmas y realidades falsas.
Me aguijonea desde hace tiempo el verdadero deseo de un posible regreso a tu lado.
Y mi alma, anegada y adornada por la larga ausencia de nuestro último beso, casi sin fuerza y despojada de vida carnal, comienza lentamente en el regazo de la soledad a imaginar.
