He sido profesor de Lengua y Literatura, sí. He corregido exámenes, he explicado sintaxis, he hablado de Cervantes y de Machado. Con rigor absoluto. Con dedicación plena. Consagrado con un entusiasmo inigualable. Pero ahora escribo desde otro lugar. Desde la libertad. Desde la necesidad de mantener viva una voz que no quiere retirarse. Porque jubilarse no es callarse. Es tener tiempo para decir lo que antes no se podía.
Mi castellano bloguero no es perfecto, dicen, y no tiene por qué serlo. Lo he enseñado durante décadas, lo he vivido, lo he defendido en aulas, en libros, en conversaciones. Y ahora, desde este rincón digital que es oquintodotempo.com/, lo sigo haciendo. No con firmeza académica, sino como alguien que escribe con alma, con memoria, con convicción.
No estoy aquí para agradar a los puristas ni para coleccionar medallas de corrección gramatical. Estoy aquí para escribir como me nace, como lo siento, como lo vivo. Si te molesta, si te parece mal, pues cierra la pestaña y sigue con tu día. Pero no vengas a darme lecciones, que ya he dado muchas en mi vida.
No voy a cerrar este blog, ni a callarme, ni a esconder mi voz por miedo a equivocarme. Porque esta lengua también es mía, y la uso como me da la gana. Con errores, con mezclas, con todo lo que tú quieras criticar. Pero con orgullo, con pasión y sin pedir permiso. Así que, si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.
Escribo porque quiero. Porque el castellano también es mío, aunque no lo escriba siempre según la norma académica. Porque me representa, porque me importa, porque me acompaña desde siempre. No le debo explicaciones a nadie por usar mi lengua como la siento. Si alguien cree que no tengo derecho a escribir porque no domino cada regla, que mire para otro lado. Yo seguiré escribiendo y defendiendo lo que pueda en castellano, a mi manera. Porque la lengua es de quien la usa, no solo de quien la regula.
No aprendí a escribir para gustar, sino para comunicar. Y ahora escribo para resistir. Para que el castellano no se convierta en una lengua de élites, de filtros, de exclusiones. Lo aprendí en libros, sí, pero también en la calle, en la vida, en los silencios. ¿Cometo errores? ¿Y qué? No estoy aquí para agradar, estoy aquí para hacer ruido, para reivindicar que el castellano también es de quien lo vive, de quien lo lucha, de quien lo escribe con alma.
Alguien me dijo que no tocara el castellano si no lo escribía perfecto. Pues a mí, me da igual. Escribo en castellano porque me da la gana, porque es mío, porque me representa. No necesito permiso ni diploma para usar mi lengua. La aprendí como profesor, como lector, como ciudadano, y sigo aprendiendo cada día. El castellano no es solo para quien lo domina según la norma, es para quien lo siente, lo vive y lo defiende. Y yo lo hago con errores, sí, pero también con mucho amor y convicción.
Si tú sientes vergüenza por mi castellano, pues lo siento muchísimo. Mándame a paseo si quieres, pero no me quites la ilusión de escribir como me sale del corazón. Mi castellano no será académico, pero es real, es vivido, es sentido. No nací para agradar a los puristas, sino para mantener viva la lengua que me acompaña desde siempre. Prefiero mil veces un castellano imperfecto con alma que uno perfecto sin pasión.
Y tú, académico del castellano, déjame en paz. Olvídame. Mándame al carajo si te apetece, pero yo no voy a cerrar este blog. Porque este espacio es mío, y el castellano que aquí se escribe también. No será normativo, no será perfecto, pero es verdadero. Es el castellano que me nace, que me representa, y que defiendo con cada palabra. Si no te gusta, pasa página. Pero no vengas a darme lecciones, que mi voz también cuenta.
