A MAÍA

Camino sin rumbo por el valle de A Maía, como quien busca algo que no sabe nombrar. El aire huele a hierba mojada y a tiempo detenido. Cada paso es un latido, cada piedra un recuerdo que no sabía que guardaba. Los árboles murmuran secretos que solo se escuchan si se camina despacio, como quien respeta el misterio de la tierra.

El cielo, siempre cambiante, es un espejo de lo que llevo dentro: nubes que se deshacen como pensamientos, claros que abren heridas de luz. Hay una calma que me envuelve, una especie de abrazo silente que me hace olvidar el reloj, el ruido, la ciudad. Aquí, en el fondo del valle, soy solo yo… y quizá ni eso.

A Maía no es solo paisaje, es estado de ánimo. Es mi melancolía hecha camino, mi alegría convertida en canto de pájaro. A veces pienso que el valle me conoce mejor que nadie, que sabe cuándo necesito perderme para encontrarme. Y entonces dejo que me lleve, que me cuente, que me cure.