En esta madrugada Santiago huele muy bien. Huele a mariposas nocturnas en un camino de estrellas y a primavera de aguas singulares; huele al bautismo del sagrado incienso que recorre las calles y a un viento fresco lleno de aguas calmas. Como un artesano diestro, la mano de este viento pule el silencio de las calles cubiertas de rocío, y su tela invisible de lino aromatiza el aire con cenizas casi santificadas. ¡Vetustas campanas del cielo doblan sinfonías de piedra!
Santiago, te llevo siempre en mi pensamiento, te llevo en la memoria herida que sana continuamente el dolor de mi sangrar. Santiago, soy como un mendigo perdido de nostalgia que recoge en este lugar santo un manojo de gardenias y una armadura de viva paz. Siempre Santiago en mi pesar.
