Galicia y yo, una historia que se escribe sola. No hay manera más auténtica de volver a mi tierra sin moverme de Madrid que a través de la escritura. Aquí, entre el caos de las calles y avenidas y el frío seco de esta ciudad incansable, cada palabra que sale de mí lleva impregnada el eco de la lluvia persistente gallega. Para mí, Galicia huele a la brisa marina de las rías, a eucaliptos y carballos empapados por la humedad, a esa lluvia constante que llena el aire de nostalgia, a los viñedos de albariño esperando la vendimia en silencio, a las huertas rebosantes de patacas da terra (patatas de la tierra) y a los mercados llenos de carne tierna, pescado fresco y mariscos deliciosos traídos desde el Atlántico. Aunque Galicia no esté presente físicamente aquí, en Madrid, vive intensamente en mi memoria. Es como un perfume de raíces, de naturaleza palpitante y de recuerdos que atesoro en el corazón.
Escribir sobre Galicia es resistir, es negarme a aceptar la distancia, es querer mantener viva mi tierra y hacer menos doloroso este exilio. Galicia huele a mí, a los veranos interminables en El Burgo de Vedra y La Peregrina de Bertamiráns, esas dos fincas que marcaron mi infancia, mi adolescencia y el inicio de mi vida adulta. Ese territorio imborrable que no se marchita con el tiempo, aunque los lugares cambien sin remedio y las personas más queridas se vayan. Basta una pequeña señal ―una canción, una comida, una foto― para que esos recuerdos resurjan con toda su fuerza y me permitan revivir lo que fui. Mi niñez, mi juventud y mis primeros años como adulto reviven cada vez que mi memoria se abre y me permite ser quien una vez fui.
De repente, siento la hierba húmeda entre mis pies descalzos, el sabor agridulce de la fruta recién arrancada del árbol, el aire fresco que me envolvía mientras mis risas se unían al canto de los grillos, el aroma de la madera vieja y de las cocinas donde todo se cocinaba a fuego lento, la lluvia impredecible que caía sobre la tierra, confirmándome que Galicia sigue viva dentro de mí. Galicia huele a mí, a mi memoria, a mis raíces, a la eternidad que aún llevo dentro y a esa morriña ―exagerada y oportunista, según una amiga― que me quita el sueño muchas noches.
Quiero compartir tres anécdotas ―triviales e insignificantes, según un madrileño con aires de grandeza― que guardo como tesoros y que ya es hora de contar.
Una tarde de compras cerca del Black Friday ―¡cómo no!―, buscando algo que realmente no necesitaba en una tienda enorme, escuché a un gallego negociando el precio de un reloj, como si fuera el entrañable Suso, el dueño del bar Mahía en Bertamiráns, al que llamaban o Barateiro en el mercado de Santiago por su habilidad para regatear. No fue el reloj en sí lo que me emocionó, sino el ritmo de su voz, su firmeza serena al defender su tiempo y la forma en que cada palabra transmitía la dignidad de un paisano acostumbrado a luchar por lo que quiere. En ese momento, rodeado de vitrinas brillantes y luces artificiales, supe que Galicia estaba allí conmigo, que no era el único que llevaba su tierra a cuestas, que incluso en Madrid la identidad se manifiesta como un río subterráneo que nunca deja de fluir.
La otra escena que guardo con cariño, como cuando de niño escondía en mi armario los filetes de carne que me daban en el colegio, ocurrió en un restaurante gallego aquí en Madrid. Estaba disfrutando de un pulpo á feira con un albariño, servido en un plato de madera, cuando el camarero, con una mirada entre cómplice y desafiante, me preguntó si eso me sabía a Galicia. Su pregunta me impactó, porque no se refería solo a mi gusto, sino también a mi memoria: ¿puede la tierra viajar en los sabores?, ¿puede la infancia volver en un bocado? ―Sí, me sabe a Galicia ―le respondí―. Al humo de las incontables ferias, al sonido de las olas en las terrazas de cualquier pueblo costero, al calor compartido con mis primos y amigos en las romerías, al eco de las voces que ya no escucho, pero sí oigo, y a ese regreso imposible que me atormenta.
La tercera anécdota me llegó desde lejos, desde Buenos Aires. Cuando experimentaba con mi primer blog ―ya saben que no tengo suerte con los blogs― con el correo chioleiro@outlook.es, allá por diciembre de 2012, y que borré porque descubrí que el nombre de Chioleiro era el de un asesino gallego conocido, recibí un correo de un hijo de gallegos que vivía en Buenos Aires, enviado desde el Centro Gallego. Me agradecía mantener viva a Galicia en mis escritos. Acá la tierra se queda callada, me escribió, pero tus palabras nos hacen hablar de nuevo. Ese mensaje fue como un espejo. Me di cuenta de que escribir no es solo algo personal, sino también un puente que une orillas, que conecta a los que viven lejos.
Escribir, para mí, es una necesidad que no se discute, aunque sepa que al otro lado de este blog solo hay silencio. Es mi manera de detener el tiempo, de celebrar lo que nos duele y lo que nos salva, de aceptar que vivo en Madrid sin renunciar a mi identidad gallega. Escribir es recuncar, como decimos en Galicia: volver a decir, volver a sentir, volver a empezar. Cada palabra es un acto de fe, con la esperanza de que lo escrito resuene en otro cuerpo, en otra voz, en otra vida.
Mi deseo, como en cada entrada, es pensar que los futuros suscriptores de mi blog ―¿los habrá alguna vez?― me lean, aunque se queden en un silencio incómodo que abre una herida que no sana.
Y sepa usted, como me dijo un antiguo alumno con toda sinceridad, que casi nunca llegamos al final del texto, profe.
Y ahora, mientras cierro estas páginas, quiero despedirme con la misma calma con la que un marinero se despide del puerto antes de zarpar por última vez. Gracias por acompañarme en esta nostalgia que no es solo mía, sino de todos los que amamos a Galicia, por haber entrado en estas páginas que no son solo palabras, sino también confesiones. Espero que estas frases te acompañen como la lluvia constante, que te estremezcan como el eco de una voz que regresa de la distancia, que te protejan en la noche como el fuego encendido en una casa de aldea o como en esas noches en las que hablábamos y discutíamos ―en tiempos en los que no existía Google para resolver nuestras dudas, por ejemplo, una fecha de nacimiento― después de cenar, bajo un cielo estrellado impresionante.
Y si alguna vez sientes que la morriña te invade, recuerda que no estás solo, que cada palabra mía es otro regreso compartido, otra prueba de que Galicia está viva, y nosotros con ella, dondequiera que estemos, haciendo lo que sea que estemos haciendo. Gracias por leerme, por escucharme, por compartir parte de mi amor por Galicia. Que estas palabras te acompañen más allá de esta entrada, más allá de esta despedida, que te sostengan en tu soledad, que te recuerden que, al final, las tierras no se olvidan, siempre regresan. Y si hoy regreso en forma de escritura es por ti, Galicia. Gracias.

Me ha encantado. 👏 👏 👏 ÁNIMO y sigue escribiendo. 👏 👏 👏 👏 👏