PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiempo avanza como una sombra que no pide permiso. Va dejando huellas invisibles en los muros, en los rostros, en los campos que un día fueron verdes y ahora respiran con dificultad. Camino entre las hierbas altas, ya quemadas por el sol y por el olvido, y siento que cada paso es una conversación antigua entre el viento y la tierra. El viento habla, la tierra calla, y yo quedo en medio, intentando comprender un lenguaje que se deshace entre los dedos.

Hay días en los que el mundo parece hecho de agua: todo fluye, todo escapa, todo se transforma. El agua arrastra consigo las historias que nadie contó, los nombres que ya no recordamos, los sueños que quedaron a medio abrir. Y me pregunto si la poesía no será también eso: una corriente que lleva lo que fuimos y lo que seremos, un espejo donde el hombre se mira y no reconoce su propio rostro.

El bosque, que antes era un libro abierto, va perdiendo páginas. Los árboles, cansados de esperar, dejan caer hojas que ya no son mensajes, sino advertencias. El hombre pasa a su lado sin detenerse, como quien atraviesa una estancia ajena, y no escucha el rumor de las raíces pidiendo un poco de silencio, un poco de memoria. La destrucción no llega de repente: es una lluvia fina que cae durante años, hasta que un día descubrimos que ya no queda nada que pueda crecer.

Y aun así, el viento insiste. El viento siempre insiste. Se cuela por las rendijas de las casas abandonadas, levanta el polvo de las eras, empuja las nubes como quien empuja un destino. El viento es el único que recuerda el camino de regreso, el único que sabe que la vida es una sucesión de puertas que se abren y se cierran sin aviso. La poesía nace ahí, en ese instante en que el viento toca la piel y nos obliga a escuchar lo que no queríamos oír.

La vida, a veces, es solo una pregunta que nadie responde. Otras veces es una herida que no duele, pero tampoco cura. El hombre avanza, siempre avanza, como si tuviera miedo de detenerse y descubrir que el mundo sigue girando sin él. Pero hay momentos —raros, frágiles, luminosos— en los que todo se detiene: el viento suspende su canto, el agua deja de correr, el tiempo respira hondo. Y en ese silencio, el hombre comprende que no es dueño de nada, que solo es un caminante más entre miles de caminantes que pasaron antes y pasarán después.

Quizás por eso escribo. Para dejar constancia de lo que desaparece, para nombrar lo que ya no tiene nombre, para levantar una pequeña casa de palabras donde el viento y el agua puedan descansar un instante. La poesía es el único territorio que no puede ser destruido, porque vive en la memoria de quien la lee y de quien la escribe. Es un sendero que no se ve, pero que siempre está ahí, esperando.

Y mientras escribo, siento que el tiempo se abre como una flor tardía. El bosque, pese a todo, respira. El agua continúa su curso. El viento trae nuevas voces. Y yo sigo caminando, sabiendo que cada palabra es una piedra más en este sendero que no lleva a ninguna parte y, al mismo tiempo, me conduce a todas.