A XENTE DA ALDEA

Si algo recuerdo de aquellos tiempos no son solo los paisajes, sino las personas. Compartir tiempo con la xente da aldea fue un regalo de esos que no aparecen en las guías de viaje. Risas espontáneas, o galego da aldea, conversaciones sin reloj, historias contadas con la naturalidad de quien no necesita impresionar a nadie. Todo auténtico, todo sincero.

En un mundo cada vez más lleno de filtros y postureo, recordar a aquella gente que ¿vive y comparte? desde la sencillez tiene un valor enorme. Verlos bromear, recordar anécdotas, disfrutar de un café o de una charla cualquiera me hizo sonreír más de una vez. Había verdad en cada gesto y en cada mirada. Nada preparado, nada forzado.

Ahora, al recordar esos momentos, siento una mezcla preciosa de alegría y morriña. Alegría por haberlos vivido y morriña porque sé que echaré de menos esa forma tan genuina de estar en el mundo. Galicia tiene paisajes espectaculares, sí, pero su alma está también en su gente, en esas escenas cotidianas que parecen pequeñas y que, sin embargo, son las que terminan ocupando el lugar más grande en el corazón.