«SONMEIGO» (JMMT)

EL CAFÉ DE LAS SEIS DE LA MAÑANA Y EL ARTE DE VOLVER A EMPEZAR

«A veces hay que volver al barro para encontrarse». Esta frase de la oscarizada «Volver a empezar», cuya idea principal es la de concederse una segunda oportunidad para regresar al origen, reconciliarse con lo vivido y descubrir que nunca es tarde para recuperar una parte de uno mismo. Me gusta mucho, y no he sido capaz de localizar, la «manipulada» frase de Paulo Coelho: La vida siempre concede otra oportunidad a quien se atreve. Escribo esta frase como propósito de enmienda y como objetivo literario, desde este momento, me comprometo a no amargarte la vida. Sí, aburrirte, pero no convertir la lectura de mis textos en un invierno interminable. No quiero ser una piedra constante en tu zapato ni llenarte la lectura de espinas. (Este fragmento debería ir encuadrado en esta entrada, pero como no lo sé hacer me he tenido que conformar con colorear la letra de rojo)

A las seis de la mañana, la ciudad todavía no ha terminado de vestirse, pero sí está amaneciendo. Las calles tienen ese color gris azulado, húmedo, que a mí siempre me recuerda a los amaneceres en la ría de Noia, también conocida como la Ría da Estrela, cuando la niebla flota sobre el agua como si le costase sintonizar el nuevo día. Me gusta esta hora. La soledad a estas horas no pesa; es más bien una compañera silenciosa, un lienzo en blanco antes de que todo el mundo empiece a gritar. Sólo me falta un desayuno con berberechos o almejas, dar un largo paseo de madrugada por la playa seminudista de Baroña o patearme haciendo fotos el aclamado por los senderistas Monte Louro.

Estaba yo en mi rincón de la cafetería de siempre, con el teléfono abierto en un libro que me tiene enganchado: Asesinato en el molino del cura, de Arantza Portabales. Nada de espóiler. El café humeando y un cruasán a la plancha a medio empezar, cuando la puerta crujió como un fantasma desperezándose. El fresco del amanecer, aumentado por los camiones cisterna que estaban «bañando» las calles, entró de golpe, y con él, una muchacha de unos veinticinco años. Muy bien conjuntada, mochila cargada de apuntes y los ojos despiertos de quien se va a comer el mundo o, al menos, el examen de las nueve.

Pidió un café para llevar, pero mientras esperaba, me miró de reojo. Me reconoció. Había sido alumna mía en 2º de Bachillerato hace unos años. Sonrojada y sin atreverse a hablar, volvió a mirar. Se acercó a mi mesa con la determinación de quien va a fundar un país.

—Perdone… ¿usted es José María, el profe de Lengua, verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los míos.

Asentí con la cabeza, un poco sorprendido, sosteniendo la taza en el aire y dispuesto a escucharla.

—Sí, el mismo. Buenos días.

—Tengo un recuerdo excelente de usted. Pocos profesores como usted he tenido en la carrera. Tengo que leer hoy mi tesis. Llevo dos años con ella: Adsorción diferencial de fármacos sobre plástico hospitalario según la carga electrostática ambiental.

No supe qué decir sobre ese interesantísimo tema. Me ofreció una pequeña explicación que no viene a cuento plasmarla aquí.

La joven no se anduvo con rodeos. Dejó la mochila en el suelo, se cruzó de brazos, entre la indignación, la lástima y la admiración.

—Dejemos mi tesis… Pues mire, ayer lo leí, leí su blog. Y de verdad se lo digo: qué tipo tan pesado es usted. Qué plasta. Un auténtico deprimido, enfermo dice mi padre, de verdad. Si todo es tan terrible como dice, ¿para qué nos levantamos por la mañana? Me dejó el cuerpo como pateado por un elefante.

Me eché a reír. No pude evitarlo. La honestidad brutal de la juventud tiene una fuerza maravillosa. Le señalé la silla de enfrente.

—Siéntese un minuto, ande. Que su café va a tardar un poco. ¿Tan deprimente le pareció?

Se sentó en el borde de la silla, como lista para salir corriendo por si el «carácter depresivo» resultaba contagioso.

—Es que parece que para usted el paso del tiempo es una condena a muerte —dijo, suavizando un poco el tono, pero sin perder firmeza—. Habla de la soledad como si fuera un pozo negro. Y de la añoranza de su tierra como si Galicia fuera un cementerio de recuerdos. ¡Un poco de por favor! Que la vida sigue.

La miré con la calma que dan los sesenta y siete años bien cumplidos. El camarero dejó su vaso de cartón sobre la barra, pero ella no se movió.

—Tiene toda la razón —le confesé, dándole un sorbo a mi café—. A veces, los que escribimos nos encerramos tanto en el caparazón que confundimos la niebla con la oscuridad. Pero le aseguro, dígaselo a su padre, que no estoy enfermo, ni soy un alma en pena. Solo era… un mal día en los dedos y un impulso más exigente que el 6,24 de Armand Duplantis.

—Pues me alegro —sonrió ella, sorprendida por la comparación, y su sonrisa iluminó la cafetería entera—. Porque a mí me gusta cómo escribe sobre el amor. Pero el amor de verdad, el que duele un poco, pero vale la pena. No esa catástrofe de ayer.

—Prometido queda —le respondí—. Hoy el texto saldrá diferente. Menos nubarrones y más luz de faro.

—Así me gusta. ¡Buen día, José María!

Se levantó, cogió su café y salió volando hacia el metro, dejando tras de sí un aroma a vainilla y una lección bien aprendida.

LA MIRADA LIMPIA

Me he quedado solo otra vez, pero la soledad ya no es la misma de ayer. Ahora tiene el eco de esa risa joven y de ese certero diagnóstico sobre la entrada de ayer.

Es verdad que los años van pasando y que uno empieza a contar el tiempo con otra velocidad. Las arrugas de las manos, de los brazos, de la cara, de… no engañan y la distancia con mi tierra gallega a veces duele en el pecho como una espina de merluza atravesada. Añoro el olor a tierra húmeda de verdad, el sonido del viento en los pinos, el sabor del pan de mollete de aldea. Pero esa añoranza no tiene por qué ser destructiva. Es, simplemente, el ancla que me recuerda de dónde vengo para saber hacia dónde camino.

El amor, a mi edad, ya no es un fuego de artificio que estalla y desaparece. Es más bien la brasa que queda toda la noche en la cocina de leña para poder cocinar un caldo gallego a las 6 de la mañana a fuego lento o esa que calienta la casa durante toda la noche sin armar ruido en los fríos inviernos de Galicia. Es el recuerdo de los que se amaron bien, de los que fracasaron, de la certeza de que el corazón sigue vivo y dispuesto a conmoverse, aunque sea con el espontáneo reproche de una exalumna en una cafetería madrugadora.

Escribir es esto. No es mirarse el ombligo y regodearse en la herida. Es abrir la ventana, dejar que entre el aire fresco del amanecer y entender que, mientras haya un café caliente y alguien al otro lado dispuesto a leernos (y a reñirnos), el viaje sigue valiendo la pena.

Hoy las teclas no pesan. Hoy tienen ganas de bailar. Buenos días a todos. A ver cuánto te dura, me dice mi hermana.

DIAGNÓSTICO CONFUSO, EXPLICACIÓN MÁS CONFUSA (CON IMÁGENES ACLARATORIAS)

Hace unas semanas, en Instagram, antes de cerrar la cuenta, colgué estas citas escritas por mí:

1.- A veces uno no quiere rendirse, sólo quisiera descansar de ese peso invisible que acompaña cada pensamiento, roba el entusiasmo y vuelve agotador incluso aquello que antes se sentía sencillo.

2.- Nadie siempre nota cuando alguien empieza a desaparecer en sí mismo, porque muchas veces el derrumbe no ocurre de forma escandalosa, sino en pequeños silencios, en rutinas mecánicas y en una tristeza que aprende a esconderse bien.

3.- Existe una forma de agotamiento que no viene del esfuerzo físico, sino de sostenerse todos los días mientras por dentro algo se siente roto, distante o desconectado de todo lo que antes hacía sentir vivo.

4.- Hay un tipo de tristeza que no hace ruido, que no pide ayuda en voz alta, pero se instala en cada pensamiento, en cada mañana pesada y en cada noche insomne donde el cansancio del cuerpo no alcanza para descansar la mente.

5.- Lo más difícil no siempre es el dolor evidente, sino esa forma lenta y persistente de apagarse por dentro, en la que las cosas que antes encendían el alma dejan de tener color, sentido o impulso.

6.- A veces no se trata de llorar ni de romperse frente al mundo, sino de caminar entre la gente con una calma fingida, cargando un cansancio que no se quita con dormir y un silencio que nadie nota, aunque grite por dentro.

7.- Hay días en los que el peso de existir se vuelve tan denso que incluso las tareas más simples parecen montañas imposibles, y uno aprende a sonreír en automático mientras por dentro todo se siente detenido, gris y extrañamente vacío.

Últimamente fantaseo con tirar el ordenador por la ventana. Como cuando pequeño tiraba, desde un quinto piso y por la tarde, huevos crudos o bolsas de plástico de agua en el balcón de mi cuarto al concurrido Paseo de las Delicias. No como metáfora elegante ni como frase ingeniosa para empezar un texto. Lo digo de verdad. Hay días en los que miro la pantalla, escucho a mi otro yo, veo el cursor parpadear delante de una página en blanco y siento un impulso casi terapéutico de agarrar el portátil con las dos manos, abrir la ventana y verlo estrellarse contra el suelo. Debe ser tan placentero como una intensa guerra de harina en una cocina recién remodelada. Supongo que ese es mi pequeño desequilibrio actual. Volver a ser un niño, de Enrique Urquijo (https://www.youtube.com/watch?v=pNiERPFlTBs).

Porque he llegado a aborrecer el ordenador. Lola se extrañará porque estoy pegado a él casi todo el día. ¿Cómo aborrecer aquello que te ocupa tanto tiempo? ¡Qué curioso: paso el día entero quejándome de eso… y aun así no puedo dejar de volver a él! Y eso, para alguien que pasó media vida escribiendo, leyendo, enlazando ideas y creyendo todavía en internet, resulta bastante triste.

Esta es la entrada cuatrocientas setenta y siete en el blog oquintodotempo.com/. No sé todavía si voy a cerrarlo. Y esta vez no es un arreón destructivo del conocido bloguicida que habita en mí. No. Y esa duda, que parece pequeña, lleva meses persiguiéndome. A veces la terna de actuación es problemática: cerrarlo definitivamente para ser consciente del bloguicidio, dejarlo simplemente abandonado para que lo vea algún despistado o vaciarlo absolutamente y dejar oquintodotempo.com/ como si fuera un petroglifo.

Lo que si tengo claro es que tengo que bajar la persiana. Asumir que una etapa terminó y debo dejar de prolongarla artificialmente, como quien mantiene encendida una habitación vacía solo por miedo a admitir que ya nadie vive ahí. Otras veces creo que quizá sea mejor no decir nada. Quieto. Sin despedidas solemnes ni dramatismos innecesarios. Sin esta puñetera entrada. Dejarlo morir lentamente por inhalación, como mueren tantas cosas en internet: sin ruido, sin homenaje y sin que casi nadie se dé cuenta.

No lo sé. Lo único que sé con claridad es que estoy agotado. Muy agotado. Y no hablo solo de los blogs. Hablo del cansancio raro que aparece cuando algo que antes amabas empieza a producirte ansiedad. Hablo de sentarme delante del teclado y sentir rechazo antes incluso de escribir una palabra. Hablo de esa sensación de vacío mental donde antes había ideas, curiosidad o necesidad de contar cosas. Ahora solo hay cansancio.

Quizá la jubilación también tenga algo que ver. Imaginaba la jubilación como un tiempo luminoso. Más tiempo para leer, pensar, pasear, escribir sin prisas. Más libertad. Más calma. Y sin embargo me ha ocurrido algo extraño: cuanto más tiempo tengo, menos ideas encuentro.

Antes escribía casi sin darme cuenta. El trabajo, las correcciones, el estrés, la preparación de las clases, las discusiones, las entrevistas con familias, la rutina diaria, incluso el agotamiento, generaban un movimiento interior. Había fricción. Había cosas que pensar y cosas de las que decir algo.

Ahora el silencio es diferente. Más pesado. Y sospecho que no es que ya no tenga nada que decir. Es que ya no tengo fuerzas para transformar lo que pienso en texto. Todo me parece repetido. Todo me parece innecesario. Todo acaba convertido en un borrador a medias que abandono después de mirar la pantalla durante una hora. Después de escribir tres horas, todo lo elimino porque lo considero de nula calidad. Este mismo texto está en el borde de un pozo negro, el mismo de la nube negra: ¡Escribe, coño, escribe! Y me sale una cadena de cortes de manga tan gozosa que en ocasiones veo la luz a lo lejos cuando miro hacia arriba.

La pantalla en blanco se ha convertido en una forma de angustia. Y cuanto más tiempo paso delante del ordenador, más rechazo siento. Internet tampoco ayuda. Tal vez soy yo quien se quedó anticuado. Me siento como un teclado en una mesa llena de pantallas táctiles: todavía capaz de contar historias, pero todas ellas suenan a un pasado periclitado, casposo y velado. No lo niego. Pero echo de menos aquella red llena de blogs personales, imperfectos, escritos sin estrategia. Echo de menos entrar en páginas, y leerlas, donde alguien escribía simplemente porque necesitaba hacerlo y no porque estuviera alimentando algoritmos, buscando posicionamiento o fabricando una identidad digital rentable. Esta última frase se la debo a un internauta que malvive como yo. Ahora todo parece promoción personal. En este charco has caído tú, José María, me dice mi alter ego.

Incluso la tristeza. Veo decenas de poemas a medio escribir, de bocetos literarios, que no quiero colgarlos porque hablan de la tristeza como una casa en invierno: todo sigue en su sitio, pero ninguna habitación consigue entrar en calor. Y yo ya no sé jugar a eso. Ni quiero aprender a mentir, ni a adoptar un postureo insulso. Quiero ser sincero al precio que sea.

Me cansé de la obligación permanente de producir contenido. Me cansé de la idea absurda de que todo pensamiento tiene que convertirse en publicación. Me cansé, culpa mía de ello, de medir el valor de lo que escribo según visitas, estadísticas o reacciones efímeras que desaparecen al día siguiente.

He perdido la relación natural con la escritura. Antes escribir me ordenaba la cabeza. Ahora me la bloquea. Y quizá lo más difícil de admitir sea esto: ya no disfruto. No disfruto buscando temas. No disfruto preparando entradas. No disfruto corrigiendo párrafos. No disfruto actualizando nada. No disfruto entrando al panel del blog. No disfruto al encender el ordenador.

A veces incluso retraso el momento de abrirlo porque ya sé la sensación que me espera al otro lado de la pantalla: agotamiento, culpa y esa impresión constante de estar arrastrando algo que hace tiempo dejó de tener sentido para mí.

Y claro que me da pena. Porque un blog nunca es solo un blog.

Ahí quedan años de lecturas, obsesiones, estados de ánimo, entusiasmos, rabias, noches de insomnio, versiones distintas de uno mismo y textos que me han costado un huevo escribir y ya nacen trasnochados.

Cerrar algo así no es simplemente apagar una página web. Es aceptar que cierta etapa de tu vida terminó. Y eso nunca resulta del todo fácil. Por eso sigo dudando. Porque me da vértigo desconocer lo que se me abrirá después de cerrar el blog. Pero no puedo colgar mierdas sólo por eso.

Cerrar el blog me produce tristeza. Mantenerlo vivo me genera ansiedad. Y dejarlo abandonado lentamente me provoca una mezcla muy rara de culpa, desprecio y descanso.

Supongo que en el fondo no estoy hablando únicamente de internet. Estoy hablando de mí. De una versión de mí mismo que antes escribía con facilidad, con curiosidad y hasta con cierta ilusión. Echo de menos a esa persona. Echo de menos sentarme delante del teclado y sentir ganas en lugar de agotamiento.

No sé si esa versión sigue aquí o si simplemente se cansó demasiado. Tal vez hay cosas que no terminan de golpe. Tal vez algunas etapas se van apagando lentamente hasta que un día descubres que llevaban mucho tiempo muertas y eras tú quien seguía negándose a aceptarlo.

Puede que este blog esté llegando a ese lugar. Y quizá lo más honesto que puedo hacer ahora mismo sea admitirlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo, pensar en dejarlo no me produce fracaso. Me produce alivio. No sé qué hacer. Hasta otro día, en la calle o aquí.

CINZAS

Esperto entre cinzas, coa sensación de que algo ardeu en min durante a noite. Érgome amodo, sacudo o po gris do corpo, como se cada movemento espertase recordos antigos. Houbo en min un lume intenso. Agora quedan só brasas ocultas. Tócome o peito e algo esperta: a memoria do teu corpo. Imaxino a túa boca. A túa respiración. O calor. Pero a sombra aparece e murmura: —Xa non volverá. E aínda así, algo queda. Non é lume. É unha brasa pequena… pero viva. 

INCÓMODO (O EL ARTE DE QUERER EXPLICAR LO QUE PARA MÍ ES INEXPLICABLE)

(Apunte inicial: En primer lugar, ya sabes que me gustaría que me leyeras en la web de www.recuncar.com porque se contabilizan las entradas y en los correos no. En segundo, perdona por tratar de nuevo un tema delicado e inflamable, pero en el territorio frágil en el que vivo lo siento necesario. Y, por último, prometo no volver a tocar ese tema, aunque autores reconocidos como Joan Didion, David Foster Wallace o Alejandra Pizarnik, han hecho de temas semejantes su verdad literaria. Además, las promesas están para no cumplirlas. Ja).

No quiero resultarte incómodo, espinoso, insoportable, agobiante, embarazoso, áspero, sofocante, espeso… No quiero.

Hay una cosa de la que se habla poco porque incomoda. Porque rompe el ritmo alegre que parece obligatorio en este mundo de risas enlatadas, sol prefabricado y bebidas euforizantes: la felicidad como norma social y casi una obligación moral. Porque la tristeza, cuando dura demasiado, cuando se excede de una hipertacañería exquisita, cuando no nos comportamos como Jim Carrey o Rowan Atkinson (Mr. Bean), acaba cansando a los demás. La tristeza en dosis homeopáticas, en lo imprescindible para demostrar que existe, sólo así es aceptada. Por eso, uno aprende a callarse. O a disfrazar lo que siente con ironías, con silencios, con frases breves dichas casi en broma para que nadie se asuste demasiado, no vayan a entristecerse más de lo establecido por la Corte de los Confetis y las Sonrisas Permanentes (tiene mayoría absoluta la bancada de la felicidad), la famosa CCSP. José María, deja en paz este decreto distópico con humor negro y abandona el cinismo contemporáneo. No eres ni Franz Kafka ni Enrique Jardiel Poncela. Magister dixit.

Yo llevo tiempo bordeando algo oscuro, pero lo hago en mi blog, según un «caducado» conocido mío, como el último y patético Curro Romero, «el viejo señor del tiempo»: alternando «tardes irrepetibles» con «sublimes fracasos».

No sé si llamarlo depresión, melancolía antigua o simplemente, creo que he acertado en la expresión, una manera torcida de estar en el mundo. Tampoco me gustan las etiquetas. Las palabras médicas, cuando se pegan a una persona, a veces parecen quitarle matices. Pero sí sé que desde hace años vivo acompañado por una especie de nube negra. No una tormenta espectacular. No un drama permanente. Algo más silencioso y constante. Una sombra que distorsiona la luz de las cosas corrientes.

Hay días en que todo parece ligeramente más gris de lo que debería. Las noticias, las conversaciones, el futuro, las relaciones, incluso los recuerdos buenos. Como si el cerebro tuviera una tendencia natural a inclinarse hacia el lado oscuro de las cosas. Y no es cuestión de voluntad. Esto es lo más difícil de explicar. La gente cree que uno decide mirar mal el mundo, como quien elige ponerse unas gafas oscuras en pleno verano. «Anímate», dicen. «No pienses tanto». «Sal más». Y esa conocida frase que no hay «antiemético» que la reprima: «Hay gente que está muchísimo peor que tú, así que deberías dejar de quejarte un poco y aprender a valorar lo que tienes en vez de estar siempre con esa cara de ajo siberiano». Como si todo dependiera de un pequeño gesto de actitud y la nube negra me impidiera conocer las terribles enfermedades y las precarias situaciones que habitan en el mundo. La última vez que un familiar le dijo a mi madre esta linda frase: «No sé de qué te quejas; tu marido te da todo lo que quieres» —volvemos al mercantilismo de los sentimientos—, mi madre, muy serena, le soltó a la cara, entre indignación, ironía y dramatización, esta contestación lorquiana: «Métete en un pozo negro de veinte metros de profundidad y, sin cuerdas ni escaleras, intenta salir de él. Venga, valiente, sal; venga, valiente… ¿Por qué no sales? ¡Eres un vago!».

Yo mismo me he preguntado muchas veces si esto viene de lejos. Mi madre tuvo ciclos depresivos muy graves. La información, completa. No quiero caer en la media verdad. Entre ciclo y ciclo depresivo, era una mujer atenta, divertida, sociable y excelente cocinera. Entonces se denominaban «depresiones endógenas» a las depresiones de origen interno, biológico, y «depresiones exógenas», las que eran las causadas por alguna circunstancia externa. Una expresión y clasificación antiguas que hoy suena a consulta médica de los años sesenta.

Yo crecí viendo aquello sin entenderlo del todo. Pienso que, tal vez, ciertas tristezas también se heredan. No como una condena exacta, pero sí como una forma de mirar, una inclinación secreta del carácter. Igual que otros heredan la facilidad para la risa o el entusiasmo.

Durante treinta y siete años me he dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza. Y creo que bien o muy bien. En algunas ocasiones no me quedó más remedio que ejercer mi vocación frustrada: la actuación teatral. Pocos compañeros lo percibieron, por lo que, en varias ocasiones, sin éxito alguno, me rondó el «Óscar educativo». Sospecho ahora que el trabajo me sostuvo más de lo que yo mismo sabía. Tener horarios, explicaciones, responsabilidades, alumnos, exámenes, reuniones, clases que preparar, correcciones, entrevistas… fueron mi «bálsamo de Fierabrás». La vida ultraorganizada alrededor de una tarea constante me salvó de caer en ese pozo negro. Quizá esa estructura actuaba como un dique. Ahora estoy jubilado y el silencio interior tiene más espacio. Demasiado espacio a veces. Uno descubre entonces que el ruido de la vida diaria también servía para tapar ciertas voces interiores.

No estoy diciendo que viva hundido. Eso sería exagerar. Y mentir. Sigo leyendo, escribiendo, paseando, hablando con gente. Me interesan todavía muchas cosas. Pero debajo de todo eso hay una corriente subterránea de tristeza que no desaparece nunca del todo. Y lo más cansado no es sentirla, sino tener que justificarla continuamente ante los demás. Es agotador.

Porque además existe otro problema: la incomprensión. Cuando uno intenta explicar estas cosas, muchas personas sonríen con una mezcla de cariño, condescendencia, compasión paternalista y desconcierto. Como si yo estuviera exagerando un poco y a punto de romperme con un cristal de duralex: en mil pedazos. Como si yo hablara desde un capricho. O desde una rareza literaria. Hay quien piensa que uno dramatiza porque escribe o por mi vocación actoral. Como si poner palabras al malestar le quitara verdad.

Y no. Hay personas que somos más sombrías por naturaleza. Igual que existen los optimistas espontáneos, también existen quienes sentimos el peso del mundo con más intensidad. Somos personas que nos rompemos en reuniones llenas de gente. Personas que necesitamos soledad para respirar. Personas que nos sentimos observadas incluso cuando nadie nos mira. Personas que salen de ciertas actividades agotadas en lugar de animadas. Personas que parecemos tranquilas mientras por dentro estamos huyendo. Personas a las que el bullicio no nos alimenta, sino que nos vacía. Personas que escuchamos a todos y casi nunca somos escuchadas por esa tristeza que no es tendencia hoy…

Eso no significa despreciar a los demás. Ni sentirse superior. Ni vivir enfadado con el mundo. Significa simplemente que hay temperamentos distintos. Pero como vivimos en una época que parece obligatoria la exhibición permanente de felicidad, hay que estar motivado, sonriente, sociable, disponible. Y quien no encaja en esa música acaba pareciendo sospechoso.

A veces pienso que muchas personas alegres tienen la enorme fortuna de no estar demasiado tiempo dentro de sí mismas. Yo, en cambio, paso demasiado tiempo ahí dentro. Observando. Dándole vueltas a cosas pequeñas. Recordando frases antiguas. Imaginando futuros sombríos. Cansándome de pensamientos que otros ni siquiera notarían.

Lo curioso es que esta manera de ser también tiene algo de lucidez. La tristeza vuelve a algunas personas más observadoras. Más conscientes del paso del tiempo. Más sensibles al dolor ajeno. Más capaces de detectar la fragilidad que se esconde bajo las apariencias normales de la vida. Pero claro, nadie me felicita por eso. La sociedad premia la energía, no la introspección.

No escribo todo esto para pedir compasión. Sería, como mínimo, un indecente por ello. Ni siquiera comprensión absoluta. Sé que cada persona carga con sus propios fantasmas y sus propias enfermedades. Solo me gustaría que se aceptara que hay quienes vivimos con una cierta tristeza de fondo. Una música baja que nunca termina de apagarse. Y que eso no siempre tiene arreglo, ni explicación clara, ni solución inmediata.

Quizá lo único que necesitamos es que no se nos sonría con sobreprotección ni que nos digan con un tono plañidero ―es en la única circunstancia que no lo soporto― pobriño. Que no se nos trate como exagerados o ingratos. Que alguien escuche sin corregir, sin recetar optimismo rápido, sin convertir cada confesión en un problema que hay que arreglar enseguida, como cuando yo hacía en la postadolescencia frente al espejo y explotaba con inmediatez de fibra óptica ese «vesúbico» grano que rebosaba pus y un asqueroso líquido blanco. Hay nubes negras que, en estos momentos, no me anuncian una tormenta tropical; simplemente me acompañan en un solitario deambular. 

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS DE UN ESCRITOR QUE NO HA VENDIDO UN LIBRO EN SU VIDA Y QUE NO SABE QUÉ DEMONIOS HACE ESCRIBIENDO EN UN BLOG

  1. Escribo para entender qué demonios pienso antes de convertirme definitivamente en ese señor insoportable que opina con seguridad de todo en cenas donde nadie le ha preguntado nada. La escritura es el único sitio donde mis contradicciones, mis neurosis y mis delirios de grandeza todavía parecen tener cierta dignidad intelectual. En la vida cotidiana solo parecen síntomas preocupantes.
  2. Ningún silencio editorial invalida una frase verdadera. El problema es que encontrar una frase verdadera entre quinientas páginas de divagaciones solemnes no siempre resulta sencillo, ni siquiera para mí. Que un libro no encuentre editor quizá no signifique que el sistema esté podrido; a veces significa simplemente que soy un analfabeto comercial con el carisma de un archivador gris.
  3. Publicar no es la medida definitiva del valor literario; muchas veces es apenas una alineación entre talento, oportunidad y una capacidad mínima para no parecer un ermitaño socialmente disfuncional. La literatura existía antes de la industria y seguirá existiendo después, aunque probablemente yo siga enviando manuscritos como un monje medieval lanzando botellas al mar desde una cueva emocional.
  4. Prefiero una página honesta, aunque imperfecta, a cien páginas fabricadas únicamente para agradar al mercado. Claro que esa decisión moral tan noble tiene consecuencias: mientras otros venden novelas sobre panaderos escandinavos con traumas sentimentales, yo sigo escribiendo párrafos densos que parecen redactados por un funcionario deprimido durante una tormenta eléctrica.
  5. No rivalizo con otros escritores ni con esos premios literarios que parecen diseñados por un joyero barroco bajo los efectos del coñac. Mi verdadera aspiración es más humilde y más ridícula: que alguien lea mi blog entero sin abandonar a mitad para ponerse a ver vídeos de fontanería en YouTube. Mi lucha no es contra otros autores, sino contra mi tendencia natural a escribir con miedo, resentimiento y hambre de aprobación disfrazada de superioridad intelectual.
  6. Un manuscrito rechazado no es un cadáver. Es más bien un paciente en coma inducido al que sigo visitando con una mezcla de esperanza absurda y vergüenza clínica. Cada rechazo editorial me recuerda que el mundo quizá no estaba esperando exactamente una novela filosófica escrita por alguien que corrige adjetivos a las tres de la mañana como si estuviera desactivando explosivos.
  7. La literatura no me debe lectores, contratos ni prestigio. Y visto lo visto, parece decidida a no darme absolutamente nada de eso. Yo, en cambio, sí le debo disciplina, paciencia y respeto por cada palabra escrita, aunque algunas de ellas merecieran claramente haber sido detenidas por la policía lingüística antes de llegar al papel.
  8. Acepto que quizá nunca viva económicamente de escribir. De hecho, las probabilidades de hacerme rico parecen similares a las de convertirme en duque austrohúngaro por accidente administrativo. Pero también acepto que dejar de escribir me convertiría en algo todavía peor: una persona que habla de la novela que «podría haber escrito» mientras bebe café frío y culpa al algoritmo de todos sus fracasos.
  9. Cada libro invisible contiene una vida entera detrás: noches robadas al cansancio, dudas interminables y una obstinación que desde fuera se parece muchísimo a un trastorno obsesivo elegantemente vestido. Nadie ve las horas perdidas corrigiendo una coma como si la estabilidad de Occidente dependiera de ella. Y sinceramente, a estas alturas, ni yo mismo sé si eso es admirable o médicamente inquietante.
  10. Mientras siga escribiendo con verdad, todavía no puedo llamarme fracasado. Un fracasado auténtico probablemente tendría hobbies más saludables y una autoestima menos vinculada a párrafos subordinados. El fracaso real sería abandonar esta necesidad ridícula y persistente de decir algo auténtico, aunque luego lo lean exactamente cuatro personas y dos de ellas sean familiares obligados por compromiso genético.