«A LA SOMBRA DEL VERBO»

ENTREVISTA A UN HOMBRE QUE SE CREE ESCRITOR EN ACTIVO, PERO QUE REALMENTE ES UN ESCRITOR EN DESCOMPOSICIÓN CREATIVA

FECHA DE LA ENTREVISTA:

DOMINGO 28 DE DICIEMBRE DE 2025 A LAS 02:18 DE LA MADRUGADA

LUGAR DE LA ENTREVISTA:

El nuevo despacho de José María ―más conocido como Camay, Chioleiro, Filoso, Xaovín, Suboebaixo o Tantometén― no es un despacho cualquiera. No tiene estanterías, ni plantas, ni una ventana con vistas inspiradoras. No. Su despacho es un ecosistema autónomo, un microclima, un santuario escatológico donde la creatividad se mezcla con el olor a ambientador barato y decisiones cuestionables.

El escritorio es una tabla improvisada apoyada sobre el bidé, el portátil descansa peligrosamente cerca del lavabo y la silla… bueno, la silla es la tapa del inodoro, que ha sido ascendida a «asiento ergonómico de alto rendimiento». El rollo de papel higiénico hace las veces de asistente personal, tomando apuntes invisibles mientras observa la escena con resignación. La cisterna, por su parte, actúa como supervisor creativo: cada vez que José María escribe algo mediocre, después de arrancárselos de las manos, descarga sola como un aplauso sarcástico hidráulico.

En una esquina, un ambientador con forma de pino lucha por su vida, intentando neutralizar el aroma existencial del lugar. En otra, un bote de gel mira fijamente a José María, como preguntándose en qué momento exacto su dueño perdió el rumbo, se le fue la olla o empezó a comportarse de modo irracional.

Este es el despacho donde ocurre la magia. O, más exactamente, donde la magia viene a morir.

RAZONES DE LA ENTREVISTA:

La entrevista se ha realizado por motivos estrictamente científicos, antropológicos y, sobre todo, por puro morbo, por atracción de lo prohibido. Los expertos del Instituto Internacional de Escritores en Crisis (una institución que no existe, pero que debería) han considerado que el caso de José María es tan extremo, tan fascinante y tan potencialmente contagioso, que merece ser documentado antes de que, dados los síntomas evidentes, él mismo se disuelva en una nube de frustración creativa.

Además, en huelga general indefinida, sus suscriptores —para los que el contenido de los textos de José María se convierte en un jardín secreto que pocos se atreven a explorar— exigieron una explicación oficial. No para volver a leerlos, claro, sino para tener material con el que alimentar sus piquetes imaginarios.

Y así, con un equipo de investigación equipado con mascarillas, guantes y una valentía cuestionable, el entrevistador se decidió a entrar en el baño―despacho de José María para registrar su testimonio. Lo que sigue es la transcripción íntegra de esa entrevista, realizada bajo condiciones extremas y con un riesgo para el transcriptor del 97%.

TRANSCRIPCIÓN COMPLETA DE LA ENTREVISTA:

ENTREVISTADOR.- José María, gracias por recibirnos. Aunque… debo decir que nunca había realizado una entrevista sentado en una de las múltiples tapas de inodoros que tiene en su baño. ¿Es este su nuevo despacho oficial?

JOSÉ MARÍA.- Hoy he alcanzado un nuevo hito en mi carrera literaria. He dejado de ser un escritor en crisis para convertirme oficialmente en un fósil creativo. Si alguien perforara mi cerebro ahora mismo, encontraría restos de ideas prehistóricas, un par de metáforas rotas y quizá un adverbio petrificado. Nada más. Ni rastro de vida inteligente.

ENTREVISTADOR.- ¿Y cómo se siente al intentar escribir desde este… entorno tan aromático?

JOSÉ MARÍA.- Me he sentado frente al ordenador con la esperanza de que, por algún milagro grotesco, una frase decente emergiera de entre los escombros. Pero lo único que ha emergido es un olor sospechoso, como si mi inspiración hubiera muerto hace días y nadie se hubiera molestado en avisarme. El cursor parpadea como un testigo del crimen, señalándome con su luz intermitente: «Fue él. Él mató la creatividad».

ENTREVISTADOR.- ¿Qué tipo de palabras le vienen a la mente en estos momentos de… iluminación intestinal?

JOSÉ MARÍA.- Las palabras que salen de mi cabeza parecen seleccionadas por un comité de criaturas subterráneas con muy mala leche: gibberish, lampoon, migrate… ¿Qué es esto? ¿Un texto o el menú degustación de un restaurante para diarreicos? Si sigo así, acabaré escribiendo en un idioma que solo entienden los insectos que viven dentro de mi monitor.

ENTREVISTADOR.- ¿Ha considerado cambiar de profesión? Algo menos… mental y odorífico.

JOSÉ MARÍA.- He llegado a ese punto glorioso en el que uno empieza a considerar profesiones alternativas que no requieran cerebro. Probador de colchones. Espantapájaros freelance. Modelo de radiografías… Cualquier cosa que no implique enfrentarse a un teclado que ya me mira como si fuera un experimento fallido. El universo, mientras tanto, me manda señales cada vez más claras: «José María, deja de escribir, por favor. Estás perturbando el equilibrio cósmico».

ENTREVISTADOR.- ¿Y qué hay de su autoestima como escritor? ¿Sigue viva?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡La hemos cagado con esa preguntita!!! Me siento como el último escritor de la fila, ese que llega cuando ya han repartido todas las musas y solo queda una criatura extraña, con tentáculos y olor a humedad, que te ofrece inspiración a cambio de tu cordura. Mientras que otros publican novelas brillantes, yo celebro si consigo juntar dos frases que no parezcan escritas por un calamar con migraña y piorrea en la dentadura.

ENTREVISTADOR.- Hablemos de su blog. ¿Cómo llevan sus suscriptores esta… caída libre en el descrédito?

JOSÉ MARÍA.- ¡¡¡De descrédito nada de nada!!! Mis suscriptores —esos seres silenciosos, invisibles, que jamás comentan nada— han decidido convocarme una huelga general indefinida. No escriben comentarios, no leen, no reaccionan… Se han organizado en sindicatos imaginarios, han redactado manifiestos que yo jamás veré y han colocado piquetes metafóricos en la entrada del blog. ¡¡¡Claro que podrían darse de baja!!! Pero no. Prefieren quedarse ahí, observando mi caída libre, esperando… ¿a qué? Nadie lo sabe. Quizá a que me derrumbe del todo. Quizá a que publique algo tan desastroso que se convierta en arte involuntario.

ENTREVISTADOR.- Volvamos al baño. ¿De verdad cree que este lugar puede devolverle la inspiración?

JOSÉ MARÍA.- He trasladado mi despacho al baño. Sí, al baño. Lo he ampliado. Este templo de lo escatológico donde, según algunos gurús de internet, la inspiración fluye mejor porque uno está «más conectado con lo esencial». Pues bien: lo esencial huele fatal. Aquí estoy, escribiendo mientras la cisterna me juzga y el rollo de papel higiénico me observa con una mezcla de compasión y asco. Pienso, ante mi bloqueo creativo de cierta calidad, que mis ideas se han ido por el desagüe, literalmente.

ENTREVISTADOR.- ¿Cree que esta crisis pasará?

JOSÉ MARÍA.- Lo mío no es una crisis, es una descomposición. Un proceso biológico. Un festival de bacterias devorando mis neuronas literarias. Si mi talento fuera un edificio, ahora mismo estaría siendo demolido, a causa de la aluminosis, por un ejército de pitufos siniestros armados con mazos de goma.

ENTREVISTADOR.- Y aun así… sigue escribiendo. ¿Por qué?

JOSÉ MARÍA.- Usted está mal informado. No escribo. Aunque, reconozco, que en esta decadencia tan grotesca, en esta ruina creativa tan absurda, todavía puedo producir un lamento digno de un escritor que ya ha perdido la cabeza… y no creo que la recupere.

ENTREVISTADOR.- Última pregunta. ¿Qué le diría a quienes han llegado hasta el final de esta entrevista?

JOSÉ MARÍA.- Que acaban de leer el testimonio de un escritor que experimenta los estertores de este proceso de putrefacción creativa. El último de la fila. El que sigue escribiendo porque, sinceramente, ya es demasiado tarde para dedicarse a otra cosa.

PREGUNTAS ESPONTÁNEAS DE TRES JÓVENES ESPECTADORES QUE PASABAN POR ALLÍ:

ESPECTADOR 1.- Disculpe… ¿es usted estreñido a la hora de escribir?

JOSÉ MARÍA.- Me estriñe, perdón, extraña su pregunta. Ese proceso es muy íntimo y personal que nadie debería saber de él. Le contestaré. Sólo cuando intento sacar ideas. El resto fluye con más facilidad que mis metáforas.

ESPECTADOR 2.- ¿Y no teme que el portátil caiga al agua o se contamine?

JOSÉ MARÍA.- En absoluto. Le he puesto las vacunas pertinentes que la Dirección General de la Salud exige para hacer vida en un inodoro. A estas alturas, si el portátil decidiera independizarse, lo entendería perfectamente.

ESPECTADOR 3.- Corre el rumor entre los ocupantes de los inodoros públicos de que usted va a cerrar el blog. ¿Es cierto?

JOSÉ MARÍA.- Cerrar el blog sería un gesto demasiado digno para mi situación actual. ¡¡¡No puedo cerrarlo!!! Sería otorgarles a mis textos una calificación de Sobresaliente cum laude que no se merecen. Deben seguir dando la cara por mí. Además, los inodoros públicos, que forman un poderosísimo lobby, deberían saberlo mejor que nadie: lo mío no se cierra, lo mío se atasca. El blog no va a desaparecer. Eso pienso ahora mismo. ¿Mañana? No lo sé. Simplemente, según su médico de familia, está en un estado de fermentación creativa, como un queso olvidado en el fondo del frigorífico. Si algún día lo cierro, será porque la tapa del inodoro me lo pida formalmente por escrito o porque la cisterna convoque un referéndum. Hasta entonces, seguirá abierto, aunque huela raro y nadie quiera entrar.

MANIFIESTO OFICIAL DE LOS SUSCRIPTORES EN HUELGA:

«Nosotros, los suscriptores silenciosos, declaramos que no leeremos, no comentaremos y no reaccionaremos hasta que José María recupere la dignidad literaria o, en su defecto, nos proporcione un espectáculo aún más lamentable. Nos decantamos, por un 99%, por lo segundo. Ante esto, le exigimos: menos crisis creativas escribiendo textos de calidad, más caos y fomentar los textos que huelan, como las mofetas, a derrota». Firmado: El Sindicato de Lectores Fantasma

COMUNICADO OFICIAL DEL BAÑO:

«El baño, como espacio de trabajo, anuncia que ya no puede garantizar la estabilidad emocional del escritor. Se ruega no responsabilizar a la cisterna de los bloqueos creativos. Atentamente, La Dirección de Fontanería».

EPÍLOGO DELIRANTE ESCRITO POR EL PRIMER DISCÍPULO, ILOCALIZABLE POR EL ENTREVISTADOR, DE JOSÉ MARÍA:

Y así concluye la entrevista más escatológica, absurda y científicamente inútil jamás realizada. José María sigue en su despacho―baño, luchando contra el teclado, la humedad y su propia mente. Los suscriptores siguen en huelga. El baño sigue en pie. Y la creatividad… bueno, la creatividad está en paradero desconocido. Pero José continúa escribiendo nada. Y eso, aunque huela raro, es admirable. 

MI VOZ EN SILENCIO

No quiero ser un grito, ni un canto, y mucho menos un murmullo que apenas se atreve a romper el aire. Quiero ser presencia callada, sombra que se ofrece sin imponerse, como quien abre una herida y deja que otro se acerque a contemplarla. Así nace este texto, no como un libro, sino como una historia que se desliza entre las paredes de una casa antigua, donde cada habitación guarda un secreto.

El protagonista, un hombre marcado por la soledad, ama sin retorno. En los ojos de una mujer fascinante busca respuestas que nunca llegan. La mirada que se cruza y luego se aparta, el silencio que pesa más que cualquier palabra, la ausencia que se instala como sombra permanente: todo eso se convierte en su vida, en su misterio.

Cada noche recorre las estancias de su casa como si fueran poemas cerrados. En cada rincón se acumulan los restos de un amor imposible: un encuentro truncado, una esperanza apagada sin ruido. El eco de sus pasos es la única voz que responde, y sin embargo, esa voz callada sigue vibrando, reclamando un espacio.

El silencio no es vacío. Es resistencia, es memoria, es dolor. En él se esconde la dignidad de quien se niega a desaparecer. Porque escribir —o narrar— sobre el desamor es su forma de sobrevivir, de afirmar que la herida merece ser contada.

Mientras la lluvia golpea los cristales, cree escuchar un susurro en la habitación más oscura. No es un ruido cualquiera: es como si una mujer ausente deja allí su sombra, un eco de palabras nunca dichas. El misterio se vuelve palpable. ¿Es la memoria la que habla, o acaso la ausencia tiene rostro y voz propia?

El hombre comprende entonces que el silencio puede ser compartido. Que su dolor no es solo suyo, sino universal, porque todos alguna vez amamos sin retorno, esperamos un gesto que nunca llega. Y en esa revelación, la soledad se transforma en compañía inesperada: la certeza de que no está solo en su vacío.

La casa, con sus habitaciones cerradas, se convierte en un espejo. Cada puerta que abre es un poema, cada sombra un recuerdo, cada silencio un latido contra el muro de la indiferencia. Y, aunque nunca obtiene respuesta de la mujer que lo marca a diario, aprende que el misterio del amor no correspondido es también el misterio de la vida: un secreto que nos iguala, que nos hace vulnerables, que nos obliga a mirar hacia dentro.

Al final, mi voz en silencio no es un título, sino una declaración. Una historia necesaria, porque da nombre a lo que tantas veces se calla, porque transforma la ausencia en literatura y la herida en relato. Y quien la escucha —o la lee— se reconoce en ella, como si ese silencio compartido fuera también suyo. 

YO

A mis lectores suele molestarles cuando hablo demasiado de mí mismo ―para mí, nunca es demasiado― porque los textos, sin remedio, se vuelven unilaterales, porque perciben una evidente falta de interés por mi parte por el mundo y por los demás; y porque puede transmitir rasgos de narcisismo o inseguridad ―en mi caso, mucho más de lo segundo que de lo primero―. Hablando el otro día, con una cerveza Estrella de Galicia por medio, con un experto en comportamientos sociales, me dijo que hablar en exceso de uno mismo ―yo no lo percibo así― me define por cinco rasgos en un principio incorregibles: búsqueda incesante de la validación emocional, temor a pasar desapercibido, sensación positiva de autocontrol, rasgo de aire de superioridad e impacto negativo en la interacción social. Le dije que estaba de acuerdo en los dos primeros ―diches na diana, cabrón― y en total desacuerdo con los tres restantes. Le di la dirección de mi blog y que leyera este texto que estoy escribiendo.

Después de mil lecturas en internet y en diversos libros de psicología que pululan por la biblioteca municipal, he llegado a la conclusión de que en mi vida cotidiana convivo con tres distintivos que influyen de manera profunda, constante y «muy dañina» en cómo me relaciono con el mundo: la atiquifobia, una introversión muy marcada y una dificultad significativa en la sociabilidad.

Durante muchos años he intentado explicar —a quien me quiso escuchar y a mí mismo— estas características sin éxito, en parte porque desde fuera resultan contradictorias con algunos aspectos visibles de mi trayectoria vital, especialmente mi desempeño profesional como docente.

La atiquifobia, o miedo intenso al error y al fracaso, atraviesa gran parte de mis decisiones y comportamientos. No se trata de una sana prudencia ni de una simple exigencia personal, sino de un temor profundísimo a equivocarme, a quedar expuesto o a no cumplir las expectativas que en mí habían recaído. Ante situaciones nuevas, social y cruelmente evaluables, mi mente se adelanta al acontecimiento y construye escenarios de fallo, rechazo o incomodidad. Esta anticipación no me prepara, me paraliza. El resultado suele ser el bloqueo, la evitación o una inmovilidad que se vive con frustración, culpa y un insano remordimiento.

Mi introversión, que considero aguda e inevitable para mí, ha sido sistemáticamente cuestionada por mí durante gran parte de mi etapa profesional. Durante casi 38 años he trabajado en el aula, Lengua y Literatura, con alumnos de entre 14 y 18 años, y allí he sido capaz de realizar actuaciones que muchos interpretan como una prueba inequívoca de que no soy tímido. He hablado de todo en público, he improvisado, he exagerado gestos, he utilizado el humor, incluso he hecho puerilidades y gansadas con la sana deliberación de captar la atención o de crear un clima favorable para una explicación teórica. Sin embargo, esta superficial interpretación ignora un aspecto esencial de mi vivencia interna.

El aula ha sido para mí un espacio escénico estructurado, con reglas claras, un rol definido y un objetivo concreto. En ese contexto, he podido funcionar como un sincero actor que ha interpretado un papel cuidadosamente construido a lo largo de los años. Ese papel notaba yo que me protegía: sabía quién era yo allí, qué se esperaba de mí y cómo responder. La energía emocional y física que invertía era grande, pero estaba dirigida y tenía sentido: que el alumno captara mi atención y que pudiera explicar con cierta comodidad temas que eran auténticos ladrillos para ellos. Al terminar la función, la clase, sin embargo, el desgaste era notable, y la necesidad de retirada y silencio, imperiosa. ¿Por qué? Porque daba paso a una hiriente incertidumbre: la imprevisibilidad en la reacción de alumnos, compañeros o padres. De ahí que «mi contracción a cerrarme como una concha» fuera una nítida forma de regularme ante esa incomodidad. En el aula, mi histrionismo era una manera de brillar dentro de un marco seguro. Fuera de él, mi misma energía me bloqueaba porque no encontraba el cauce oportuno.

Fuera de ese marco profesional, en contextos sociales informales o no estructurados, esa «máscara» desaparecía/desaparece. No había/hay guion que seguir, no había/hay rol que me ayudara/ayude a «actuar», no había/hay objetivo pedagógico que justificara/justifique una exposición de mis sentimientos o de mi realidad personal. Es ahí donde emergía/emerge con fuerza titánica mi profundísima timidez, mi incomodidad ante la interacción espontánea y mi dificultad para sentirme seguro siendo simplemente yo. El hecho de haber sido competente —incluso brillante en muchas ocasiones— en el aula no solo no invalida mi actual introversión en otros ámbitos de la vida, sino que la confirma: demuestra mi incapacidad para la socialización.

La dificultad para la sociabilidad se manifiesta ahora con cruda realidad en contextos no profesionales. Me cuesta mogollón iniciar conversaciones de tipo social, mantenerlas sin otro propósito que socializar con personas a las que tengo un excelso afecto y mantener con soltura una charla sobre sentimientos personales.

A menudo quiero participar en grupos, pero el miedo a decir algo inapropiado, irrelevante o mal interpretado activa de nuevo la atiquifobia y me retiro a mi casa, que es la zona de confort que me da una seguridad aplastante. Se puede manifiestar incluso en conversaciones telefónicas. Esto genera un círculo vicioso: cuanto más intento controlar el error social, más rígido me vuelvo, más artificial me siento y mayor es la sensación posterior de aislamiento.

Situaciones concretas ―bodas, funerales, inauguraciones, presentaciones de libros, comidas o reuniones familiares o de todo tipo― como el aperitivo o copas del próximo viernes para celebrar el inicio de las vacaciones de Navidad condensan de manera muy clara, como el bovril, ese extracto concentrado de carne de vacuno, mi problemática y me genera un doloroso insomnio. Aunque objetivamente pueda tratarse de un encuentro sencillo, subjetivamente se convierte en un escenario de alta amenaza para mí.

Anticipo silencios incómodos, expectativas implícitas, errores sociales irreparables, charlas descompensadas, síes y noes vacíos… Mi cuerpo, en esa paisajística tesitura, reacciona con ansiedad, mi mente se bloquea, soy incapaz de ver lo positivo de cualquier reunión y aparece un fuerte impulso de evitar la situación como forma de aliviar el malestar inmediato que me cierra el estómago y me produce una sudoración anormal en pleno mes de diciembre, a 20 grados de temperatura en mi casa y sin moverme de mi silla.

Todo ello ha tenido un impacto acumulativo en mi autoestima, que la jubilación ha destapado como una fuerza imposible de ignorar y reprimir, que arrasa con todo mi yo y expone mi realidad que, por estar oculta, parecía normalizada para mantener una relación con los demás.

En estos días he sentido que debía justificarme o demostrar por qué, en encuentros de dos o tres personas, no soy tímido. Lo cierto es que puedo ser simultáneamente un profesional eficaz en un rol sistematizado y una persona tímida e introvertida incapaz de afrontar determinadas situaciones en otros ámbitos. Reconocer esta complejidad no me debilita, no me justifica. Al contrario, me permite comprenderme con mayor precisión y menos autoexigencia. Espero que tú me comprendas igualmente.

Escribir este texto forma parte de ese proceso: poner palabras a lo que durante años ha sido malinterpretado y distorsionado, minimizar el juicio externo e interno y empezar a mirarme desde un lugar más honesto, realista y compasivo.

El breve ejemplo que te expongo a continuación no es mentira. Es cierto desde la primera palabra a la última. Lo he tenido guardado desde entonces porque no he sido capaz de sacarlo a la luz hasta ahora. Puede parecer ñoño, pero yo soy así.

Tenía yo 8 años y estaba en el teatro escolar, en Navidad, con mi papel preparado: una frase corta, pero clave para que la obra avanzara. Cuando llegó mi turno, las luces se encendieron sobre mí y todos los ojos se clavaron en mi figura. Noté con claridad los pinchazos.

El silencio se hizo eterno. Abrí la boca, pero las palabras no salieron. La timidez me atrapó por completo: miré al suelo infinitas veces, apreté con fuerza las manos y cada segundo de silencio se multiplicó por mil. Finalmente, otro compañero tuvo que improvisar para que la escena continuara.

No hubo aplausos en ese momento, solo un murmullo de incomodidad en la sala. Sentí una mezcla de vergüenza y frustración, como si hubiera fallado. Y es que había fallado con estrépito. Ahí empezó mi estrecha e íntima relación con la timidez.

Lo mismo estoy equivocado en el contexto. La última vez que mis compañeros de entonces organizaron en Jesús-María un Festival de Primavera con una estructura determinada en la que intervenían alumnos y profesores, yo preparé durante días, en horario nocturno, un monólogo que mostrara la realidad de nuestro colegio en aquel curso ―hoy estaría del todo descontextuado―. Disfruté con la elaboración, lo leí mil veces y me preparé con plena conciencia para proponerlo al equipo organizador. Al final, llegado el momento, me callé y lo eliminé. La maldita timidez me bloqueó porque me imaginé un escenario de fracaso y ruina emocional ante decenas de alumnos y profesores.

La copita del próximo viernes ―volvemos al escenario desestructurado― me invita a una escena de miedo y fracaso. Me tiene ya bloqueado ―y estamos a martes― y sufro porque se ponga en cuestión mi valor personal. Sé que no es un examen, que no es una prueba de competencia social ni una situación en la que tenga que demostrar nada. Mi afecto hacia vosotros es claro, diáfano y manifestado por mí en muchas ocasiones. Eso no ha variado un ápice. Creo que se ha incrementado y lo acuno con mimo todos los días en mi mente. Mi único objetivo es que entiendas que, si no estoy presente, no es por indiferencia o porque esté de vuelta de todo, no. Mi silencio, mi ausencia y mi imparticipación ―perdona el repugnante neologismo creado por mí― solo es una consecuencia de lo expuesto hasta aquí. Si ahora está presente la ansiedad ―que lo está―, no es un fracaso, es una reacción conocida, pasajera, pero inmanejable para mí. Quiero que me entiendas, y si no lo haces, lo lamento sincera y llanamente. Mi afecto por ti es rotundo y terminante.

A cada uno de mis 383 suscriptores ―incluso a los que no me leen y esperando que en 2026 aumente la cifra y no disminuya, como está ocurriendo en este 2025― le/te deseo una Feliz Navidad y que 2026 venga repleto de dicha y felicidad.

LECTURA

Dicen que leer es un milagro. Y lo es: convertir manchas negras en latidos no deja de ser brujería civilizada. Abres un libro y, de pronto, el mundo deja de ser este barrio con goteras y facturas; se vuelve desierto, palacio, naufragio o cama revuelta.

Cada libro es una ventana. Algunas dan a jardines; otras, a precipicios. Pero todas obligan a asomarse. Leer es viajar sin mover los pies, lo cual resulta ideal para espíritus aventureros con miedo a perder el autobús.

Los cuentos nos enseñan a soñar. Y también a sospechar que la vida real tiene peor redacción y demasiadas erratas. Nos enseñan que hay finales, aunque los nuestros suelan quedar en puntos suspensivos.

Leer alimenta la mente, dicen. Y es verdad. Lo que no añaden es que, cuanto más lees, menos toleras la estupidez en estado puro. La lectura no te hace superior, pero sí te vuelve menos paciente con la mediocridad orgullosa.

Un libro no te salva. Pero te acompaña mientras te hundes con estilo. 

EL TIEMPO PASA

El tiempo no pasa, nos pasa: cruza por nosotros como una brisa que reacomoda los papeles de la mesa y deja, sin hacer ruido, una esquina doblada en cada cosa. A la luz le toma medidas nuevas cada tarde; mueve los contornos, afina una sombra, estira las mangas de la memoria. En los cristales flotan partículas que antes fueron harina, tiza, lluvia: archipiélagos minúsculos que nos recuerdan que todo viaja, incluso cuando parece quieto. Los relojes laten por costumbre, pero es en lo inmóvil —el cuenco, el marco, la silla que conoce nuestro peso— donde el tiempo escribe más hondo.

A veces, al abrir un cajón, vuelve un olor antiguo, pan y bicicleta, una voz que nombra lo que ya no está en su sitio. Las calles cambiaron de nombre sin consultarnos, y, sin embargo, al pasar por la esquina de siempre el cuerpo saluda como si volviera de un viaje. Los retratos guardan miradas que aprendieron a vivir en silencio, y el mantel tiene una cartografía de manchas que sería difícil llamar manchas: son islas donde aquel verano descansa, todavía tibio.

Con los años, uno aprende a dejar que el día haga su trabajo: pulir, deshilachar, pulir. Nos volvemos anfitriones de ausencias pequeñas, de hábitos que ya no hacen ruido, de promesas que se cumplieron por otros caminos. No es tristeza, o no solamente: es una gratitud extraña por lo que se queda sin quedarse, por lo que nos acompaña cambiando de forma. Al final de la tarde, cuando el color se afloja y la ventana se vuelve un espejo, el tiempo nos acerca una taza y nos invita a nombrar lo que aún es cálido. Y lo nombramos luz, aunque ya esté anocheciendo.