No me molestaba que ella brillara, me molestaba no ser su luz. Aplaudía sus logros con una sonrisa tan perfecta que parecía cortesía aprendida, pero por detrás me rechinaban los dientes como si cada triunfo suyo fuese una factura pendiente que la vida me había pasado otra vez a mí. Mis felicitaciones sonaban a protocolo y mis ojos, apenas disimulados, llevaban la cuenta fría de sus aciertos. Nunca quise superarla; no buscaba kilómetros por delante, sino que ella diera un paso en falso. No deseaba verla mejor, sino herida, porque así recuperaba, aunque fuera por un instante, la posición que me negaban sus pequeños espejos de éxito. Otra vez destrocé su victoria.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
MAREA
Vuelvo a nuestro viejo escritor, que está empeñado en recordar. Incapaz de mirar su tétrico futuro, se enzarza en una imagen del pasado que le reporta un placer efímero, pero glorioso. Lleno de un placer emocional, visualiza el momento en el que conoció a Asunción, una estudiante de Filología que lo abordó cuando él iba ejercitándose en rimas y estrofas camino de la susodicha facultad. Como siempre, los nervios lo bloquearon, y un éxito amoroso se trocó en una escena patética e infantil. El fracaso vivido fue como un castillo de arena de un niño en una playa desierta antes de un certero y repentino golpe de marea.
DESPEDIDA DEFINITIVA
Se despidió por última vez. En esta ocasión, por su parte, sin dramas, sin lágrimas, sin promesas, sin acariciarme la piel; por la mía, como siempre, con mil ruegos, con los ojos llenos de recuerdos, con una insoportable tristeza ―según ella― y con un futuro de soledades. Como quien apaga la luz y se va sin cerrar la puerta, sabía de la certeza de nuestro adiós. No volverá, me dijo mi alter ego. No hubo despedidas, no, solo la convicción de que ya no era su lugar, ni su historia, ni su dolor, ni mi piel. Y en ese silencio, ella encontró la paz.
ENVIDIA
No le molestaba que yo brillara, le molestaba no ser la luz. Aplaudía mis logros con una sonrisa tan perfecta que parecía fingida, pero le rechinaban los dientes como si cada éxito mío fuera una deuda suya con la vida. Nunca quiso superarme, solo quería que me cayera y que jamás pudiera levantarme. Mis fracasos eran su alimento. Y yo, lleno de heridas otra vez, la esperaba desnudo en nuestra cama de aquel viejo hotel.
OBRA DE ARTE
Ella, recostada desnuda en un diván. Él la miraba como si fuera una obra de arte: una pintura que no entendía, pero que lo conmovía y excitaba profundamente. Se quedaba horas contemplando su cuerpo, sus gestos, sus pechos, sus palabras, su sexo, sus silencios. Pero ella, desinhibida ante él, solo quería que la vieran sin marco, sin interpretación, sin pedestal. Solo como mujer. Y él, atrapado en su admiración y arrebato, nunca la tocó de verdad.
