Tú no has visto nunca la luna llena, me dijiste una madrugada. Yo te contradije, y después de ver nuestros cuerpos desnudos a la luz de la guardiana de las estrellas, puse mi mano en tus senos, los acaricié con parsimonia, me acerqué a besarlos y tú sonreíste al ver erectos tus pezones. Me quedé con los labios congelados cuando me dijiste que no habría otra noche así, que ella no estaba de segundo plato. Y después de mirar con desprecio al disco de plata suspendido en el cielo te tumbaste encima de mí a merced de tus anhelos más íntimos.
