«SONMEIGO» (JMMT)

EL LABORATORIO HUMANO

El metro de Madrid es un laboratorio humano fascinante: solidaridad, prisas, cansancio… y también pequeñas miserias cotidianas. Algunas escenas de mala educación son tan frecuentes que ya forman parte del paisaje urbano.

El clásico: el dueño de la barra

Probablemente el gesto más irritante para muchos viajeros. Personas que se apoyan completamente sobre las barras de agarre, impidiendo que otros puedan sujetarse. Metro de Madrid ha tenido que pedir públicamente civismo por esta práctica.

No creo que sea pura maldad; muchas veces es ensimismamiento absoluto. El móvil ha convertido a algunos pasajeros en estatuas apoyadas en el vagón. Pero sigue siendo una forma bastante egoísta de ocupar espacio compartido.

El móvil en altavoz: el villano moderno

Vídeos de TikTok, notas de voz eternas, música trap sonando como si el vagón fuera un chiringuito. Las quejas son constantes y el propio Metro ha recordado que estas conductas no están permitidas.

Es quizá la forma más representativa de la mala educación contemporánea: mi entretenimiento importa más que tu tranquilidad. Antes la gente invadía espacio físico; ahora invade espacio sonoro.

Los que bloquean la salida

Las puertas se abren y ahí están: pasajeros intentando entrar antes de dejar salir. Se produce una especie de scrum rugbístico absurdo.

Esto me parece especialmente irracional porque además perjudica al propio infractor. Retrasa todo y genera tensión innecesaria. Es el triunfo de la impaciencia de dos segundos.

Mochilas asesinas en hora punta

Mochilas gigantes golpeando caras y costillas mientras su propietario gira alegremente sin quitársela. Metro lleva años recomendando llevarlas delante o en el suelo.

Aquí influye mucho la desconexión social urbana: mucha gente actúa como si viajara sola dentro de una burbuja privada.

Los spreaders del asiento

El equivalente ferroviario del macho alfa territorial: piernas abiertas ocupando asiento y medio mientras los demás van encogidos.

Más que mala educación consciente, suele ser falta total de percepción del otro. Pero cuando el vagón va lleno, resulta bastante agresivo visualmente.

Escenas más desagradables

También aparecen episodios más serios: insultos, discusiones agresivas, xenofobia o amenazas entre viajeros. Algunos incidentes recientes se hicieron virales en redes.

Aquí ya no hablamos de descortesía sino de deterioro del clima social. El metro concentra estrés, anonimato y saturación; cuando alguien explota, el vagón entero se convierte en espectador incómodo.

El fenómeno curioso: nadie dice nada

Lo más llamativo del metro madrileño no es solo la mala educación, sino el silencio colectivo. Mucha gente se molesta, muy poca confronta.

Creo que el metro de Madrid sigue siendo relativamente funcional y seguro. No tiene el nivel de agresividad de algunos suburbanos internacionales. Pero sí refleja un problema muy moderno: la erosión de las normas mínimas de convivencia.
No hace falta heroísmo cívico; bastaría con pequeñas renuncias al egoísmo cotidiano: quitarse la mochila, usar auriculares, dejar salir, mirar alrededor…

La buena educación en el transporte público no consiste en ser amable; consiste en recordar que uno comparte espacio con cientos de desconocidos. Y eso, en una gran ciudad, es casi una forma de civilización.

VELETA DE PAPEL

La frase «¿Qué hay de nuevo, viejo?» es una expresión muy conocida del español que se usa de modo informal y humorístico para saludar, en este caso, a un público que está al otro lado del ordenador. Se popularizó gracias al personaje de Bugs Bunny en los dibujos animados de Looney Tunes, cuya frase original en inglés es: «What’s up, doc?» (¿Eh? Bilingüismo puro y duro). En español se adaptó como «¿Qué hay de nuevo, viejo?», y quedó como una forma divertida de saludar, de iniciar conversación o de establecer un contacto.

Bubka se me queda pequeño con los saltos de pértiga y Duplantis está ahí, ahí. Pero prefiero a Julio Iglesias cuando dice, lleno de orgullo, «soy un truhán, soy un señor»; por lo que confieso que, a la hora de escribir, no soy un hombre de palabra; es decir me arrimo al sol que más calienta con un desparpajo inimitable. Menos mal que tengo alergia al sol… Por eso, mi gente me llama Draculín.

Soy, más bien, un vestidor ambulante de palabras, un probador de decisiones, un maniquí con ansiedad narrativa, un verdulero que se lee el Quijote un día sí y otro también o un taimado escritor que pretende convencerte sin que te des cuenta.

En mi casa no tengo un armario: tengo un catálogo de chaquetas de lo más variopinto para cada estado de ánimo, para cada giro argumental y, por supuesto, para cada contradicción pública. Ya conoces el dicho español: Donde dije digo, digo Diego… pero con una americana distinta. Puedo cambiarme a lo largo de un día una docena de veces. Y me quedo corto, seguro.

Otra vertiente más culta apunta a que yo utilizo una fórmula de corrección rápida. En la antigüedad, cuando alguien cometía un error en un discurso o en un documento legal, en lugar de tachar o admitir la mentira, utilizaba la rima para camuflar el cambio de versión como si fuera una simple aclaración fonética. Modelo habemus.

Hace exactamente tres días me enfundé la chaqueta negra del dramatismo elegante. Esa que huele a despedida definitiva, a cierre meditado, a «he venido aquí a decirte algo importante y, por favor, respeta mi silencio». Escribí un texto impecable. Sobrio. Con citas. Con ese tono ligeramente funerario que invita al lector a asentir con gravedad, como si estuviera en un velatorio literario. Dije que cerraba el blog, que bajaba la persiana, que apagaba la luz. Incluso diría que me fui dando un portazo suave, de esos que suenan a decisión madura. Hace tres días exactamente.

Y hoy… hoy aparezco con una chaqueta fosforita, haciendo palmas, diciendo: «¡Que no, que era broma, que me habéis entendido mal!».

Lo mío no es incoherencia, es cambio de vestuario. Rápido. Frenético. Casi coreografiado. Si alguien entrara en mi casa pensaría que convivo con quince versiones de mí mismo discutiendo frente al espejo: uno dramático, otro entusiasta, uno que dice que se despide, otro que encarga churros… Y todos compartiendo el mismo perchero.

He ejecutado una voltereta digna de Hugo Sánchez, sí, pero con cambio de chaqueta en el aire. Eso ya no es deporte: eso es circo. Y yo soy el payaso que primero anuncia su retirada del espectáculo… y a los diez minutos reaparece con nariz nueva y otro número aún mejor.

Porque esa es otra: me encanta anunciar finales. Me fascinan. Me ponen a cien. No me vienen grandes, me quedan estupendos. Me los pruebo como quien se prueba abrigos en rebajas: «Uy, este cierre definitivo me estiliza muchísimo». Y claro, luego pasa lo que pasa: que a las dos horas me veo en el espejo y digo: «Igual me he precipitado. Esto pica. Este no soy yo. ¿No tengo algo más… abierto?».

Balzac, en Papá Goriot, dibuja a Jacques Collin, alias Vautrin, como un genio de la manipulación. No es solo un criminal; es un camaleón que cambia de identidad, de valores y de amigos dependiendo de qué le convenga para ascender socialmente o escapar de la ley. Su lealtad es exclusivamente para consigo mismo.

También he pensado en ese político que dimite a las nueve de la mañana con gesto grave y a las nueve y cinco minutos ya está matizando. Ese que escribe «renuncio irrevocablemente» y, tres líneas después, añade «seguiré al frente hasta que se resuelva la situación». Situación que él ha creado. Ese equilibrio imposible entre irse y quedarse, entre cerrar y poner la puerta entornada. Yo no solo lo entiendo: lo admiro. Es más, lo estoy practicando con entusiasmo amateur.

Y si me pongo literario —porque claro, me pongo—, lo mío empieza a oler peligrosamente a Hamlet en versión bloguera: cerrar o no cerrar, esa es la cuestión… durante 72 horas exactas. Ni tragedia ni dilema existencial: lo mío es indecisión con wifi.

Pero volvamos a las chaquetas, que es donde está la verdad. Tengo la chaqueta del «hasta aquí hemos llegado», la del «necesito parar», la del «esto se acaba con dignidad», la del «como no se enteran»… y justo al lado, colgada, planchadita, la del «bueno, tampoco era para tanto», la del «igual sigo un poco más», la del «¿y si escribo algo cortito como este texto?». Soy capaz de cambiarme tres veces antes del desayuno y otras cuatro antes de publicar.

Lo más fascinante es que con cada una me creo completamente mi verbo. Cuando escribí el cierre, era verdad. No estaba actuando (bueno, un poco sí, pero con método). Sentía cada palabra, cada cita, cada punto final. Y ahora, escribiendo esto, también es verdad. Igual de verdad. Igual de sentido. Solo que con otra chaqueta. Si esto no es talento, al menos es versatilidad.

En Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, Scarlett O’Hara es una experta en cambiar de criterio según la necesidad del momento. Puede pasar de despreciar a los yanquis a casarse con uno por dinero, o de jurar amor eterno a Ashley a perseguir a Rhett, todo en función de qué le garantice no volver a pasar hambre. Su brújula no es el honor, sino la supervivencia.

Y por supuesto, yo me río de mí mismo. ¿Cómo no hacerlo? Soy el único capaz de escribir un epitafio para su propio blog… y luego aparecer tres días después quitándole el polvo a la lápida diciendo: «Perdón… ¿Esto sigue libre?».

Soy ese tipo que se despide en la puerta, baja un tramo de escaleras, vuelve a subirlas porque se ha olvidado las llaves… y ya se queda a tomar un café. Piensa que soy gallego y aquello de la escalera lo llevo a sangra y tinta.

Mi credibilidad, por cierto, está en la lavadora, junto con varias chaquetas que ya no sé si combinan con algo. Pero tampoco pasa nada. Nunca aspiré a ser coherente; aspiro a escribir bien y con xeito mis incoherencias. Y en eso, modestamente, creo que mantengo el nivel.

En una obra de Shakespeare, el personaje colectivo de «La Multitud» (especialmente en Julio César) es el mejor ejemplo de cambio de criterio récord. En el funeral de César, pasan de vitorear a Bruto por asesinar al «tirano» a querer quemar su casa tras escuchar el discurso de Marco Antonio, todo en un lapso de tiempo asombrosamente corto.

«La fortuna es como el cristal: cuanto más brilla, más frágil es». Proverbio latino que estos personajes parecen llevar tatuado.

Así que no, el blog no se cierra. O sí. O bueno, hoy no. Hoy no toca. Hoy toca esta versión de mí, con esta chaqueta, con este ánimo, con esta risa medio avergonzada. Mañana ya veremos qué me pongo.

No prometo estabilidad. Prometo vestuario.

Y si en unos días vuelvo a despedirme, no lo dudéis: será con otra chaqueta, otro tono solemne y probablemente otra cita bien escogida. Y, con un poco de suerte, también volveré a desdecirme.  Porque al final, yo no cambio de opinión. Cambio de chaqueta. Constantemente. ¿Os gusta esta? 

¿QUÉ ES LA ENVIDIA?

Dicen que la envidia es tristeza por el bien ajeno, pero en mi caso parece una profesión a tiempo completo. No me duele mi mala suerte, me duele que no sea la mía. Te miro como quien mira un error del universo. Tranquilo, si pudiera, también te daría algo… aunque solo fuera un motivo menos para odiarte. 

REDES

Publiqué mi tristeza en redes, esperando «megustas» como quien lanza botellas al mar con mensajes de auxilio. Cada reacción era una esperanza, cada comentario, una posible cuerda. Pero nadie me rescató. El mar digital no tiene costas, solo olas que arrastran sin mirar. Y mi dolor, aunque viral, seguía sin respuesta, flotando entre algoritmos y pantallas. 

EXAMEN DEL PASADO

El cansado escritor reflexiona. Examina su pasado. Busca culpables a sus fracasos amorosos. Se obceca en una educación que no le impulsó a formar una familia, sino a permanecer, con plena libertad de acción, en la intocable casa-refugio paterna. Un ser pusilánime es imposible que emprenda una aventura en solitario. Teme la intemperie. Confunde cobijo con destino. Heredó la obediencia como una forma de quietud. Y convirtió la renuncia en carácter. Aprendió a llamar prudencia al miedo.