BLACK FRIDAY

Sacar del cajón un texto que lleva años esperando es como darle aire fresco a una semilla que por fin puede crecer (¡Qué cursilada tenía escrito!). Lo guardé con cierto pudor, como quien teme que sus palabras no estuvieran listas para ver la luz. Cada noviembre lo releía y le añadía alguna otra metáfora que depuraban mis sentimientos mientras estaba en la cola de unos grandes almacenes. Pero hoy siento que ha llegado el momento.
El «Black Friday» es un tema jugoso, casi inevitable, porque en él se mezclan consumo y prisas, luces y ofertas, y también la ironía de verme arrastrado por la fiebre de las rebajas.
Al rematar este poema ―me he levantado hoy a las cinco de la mañana y no me he levantado de la silla― me descubro porque ayer caí y llegué a casa con la mirada atrapada por escaparates brillantes y anuncios que me prometían la felicidad casi eterna a cambio de un descuento.
Y me pregunto si no somos todos parte de un mismo ritual, una danza frenética que celebra lo efímero ―tema para otro poema―. Mi creación ―mejor, recreación― quiere ser testigo de mi total contradicción: la euforia del instante frente al vacío que queda después y el dolor emocional que no cede por no cumplir las promesas mil veces realizadas.
En caso de que haya algo que no te guste, lo siento muchísimo; pero creo que el tema ―soy yo el del poema― merece este tono histriónico y faltón.
BLACK FRIDAY
Soy un idiota reincidente,
un consumidor compulsivo,
un Vesubio de la vena compradora,
un bufón con tarjeta de crédito temblando,
un esclavo voluntario de las rebajas
que huelen a plástico herido,
un vientre hinchado de ansiedad,
que se infla con cada compra
y se desinfla en la cola de devolución.
Me arrastro entre pasillos iluminados
como quirófanos,
con la dignidad de un perro famélico
husmeando descuentos,
con la mirada turbia de quien confunde
necesidad con ansiedad.
Cada año me prometo cordura
y cada año me convierto en payaso sudoroso,
en mendigo de ofertas que no necesito,
en cadáver financiero
disfrazado de cliente satisfecho.
Me siento ridículo,
me siento patético,
me siento un saco de huesos
envuelto en bolsas negras,
con la autoestima rebajada al 20%.
Soy el hombre que se vende a sí mismo
por un ordenador,
que se alquila por un móvil,
que se prostituye por un televisor inteligente
que terminará siendo infrautilizado,
que se pasea, junto a mi estupidez,
por unos impúdicos grandes almacenes.
Me miro en el reflejo de los escaparates
y la imagen que veo es la de un Romeo enamorado
de un reloj aún no inventado,
la de un payaso que se arrastra con mil compras
colgando del cuello como órganos robados
en un mercado clandestino.
Me huelo a derrota fabricada por mí mismo,
a sudor rancio por estar infinitas horas
tras algo que no necesito,
a basura emocional con etiqueta de oferta limitada,
a intestinos retorcidos que mastican descuentos
y al despojo que nadie compraría ni en liquidación.
Soy el mismo imbécil de siempre,
el que cae cada año,
el que se jura cada noviembre no volver a caer,
el que compra otra vez
mientras se jura no comprar nada,
el que se pudre en la cola del banco
para obtener una nueva tarjeta,
el que se ríe de sí mismo con sarcasmo barato
porque ya no tiene un euro.
Y todo esto,
porque sé que volveré a reincidir
en una pena de la que no me puedo librar,
porque sé que nunca aprenderé la lección,
porque sé que el Black Friday
es mi doctrina maloliente
y mi credo sin religión.