Personajillo, como un servidor, que se toma varios cafés al día y todos ellos, especialmente el primero y el último como si fueran el único refresco del desierto, prostituyendo de ese modo la sabrosa labor de los catadores de ese oro negro líquido. El cafetero, yo, cuando estoy frente a un excelente café ―que no «pasilla», que es la denominación del mal café en Colombia―, salivo como un perro ante una chuche y no encuentro el momento para darle un sorbito. Miro a izquierda y derecha, como prófugo de la justicia que está escondido tras el perfil de un cafeto, y me bebo de un trago el contenido de mi taza. ¿Saborear? Nada. Desastre de cafetero, seguro que piensa el camarero. Sin café soy básicamente un wifi sin señal, le digo al camarero, que me mira como cuando yo era niño y observaba fumar a los murciélagos en una oscura esquina del techo de la capilla. Es el que acaba siendo nombrado y reconocido para presidir el Alto Comisionado para los Asuntos Cafeteros, Protector de las Tazas Sagradas, Defensor del Espresso y Mártir del Insomnio Voluntario. Además de ser presidente vitalicio del Comité Internacional de ‘Solo Uno Más y Empiezo el Día’ ¿Por qué ha sido condecorado? Por sus servicios prestados a la humanidad en forma de aroma tostado y mirada temblorosa, y ser ejemplo viviente de que el sistema nervioso puede sobrevivir a niveles ilegales de cafeína y aún fingir cordura en reuniones de trabajo.
