«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

CUANDO LA NOCHE CALLA

Escribir en Galicia de noche es como abrir una ventana al silencio. La saudade, tan nuestra, respira con calma cuando el mundo duerme. Cada palabra es una luz pequeña que se enciende en la oscuridad, una estrella que dibuja constelaciones de identidad. Escribir en Galicia es abrazar la memoria, sembrar futuro con raíces profundas. En la noche, las voces ajenas callan y solo queda el latido del pensamiento. Entonces las ideas se vuelven más nítidas, como si la oscuridad fuera un lienzo puro donde pintar emociones. La noche regala tiempo sin prisas, y Galicia añade calor, esa música suave que nos une a la tierra y al mar.

Pero aquella noche no escribía para celebrar Galicia, sino para huir del dolor. La lluvia lavaba mi pecho mientras los ecos de risas y brindis resonaban en las tabernas. Nadie sabía por qué brindaban, solo querían ahogar las penas. Yo también. Salí muy tocado de una de ellas, buscando armonía entre las piedras benditas de Santiago, con su aroma a madera y sus tardes doradas en la Alameda. Sin embargo, mis ojos ya no te alcanzaban a ver, y nadie podía imaginar cuánto duelen las ausencias. Un fado y dos espíritus, y en mi pecho cien heridas. Así lo siente un gallego cuando marcha de su tierra… o cuando pierde el amor.

Ahora habito, por mi culpa siempre, una isla desierta y hambrienta. Los restos de un naufragio son testigos de un pasado glorioso que empezó a desvanecerse cuando tú me convertiste en una dorna sin ribera. Entonces, cuando aún creí reír, quise besar tus pechos para comprobar que no te habías ido, pero mis labios, llagas de sufrimiento, hicieron del beso un fantasma de orgasmos. Y así, entre sombras, la tierra florece… pero nosotros no. Porque escribir en Galicia es resistir y celebrar, y yo solo escribo para sobrevivir a tu memoria.

Entonces te busqué en cada palabra, en cada verso que la noche me regalaba. Creí que la escritura podía salvarnos, que la tinta era un puente sobre el abismo que nos separaba. Pero las palabras, esas luces pequeñas, no bastaron para iluminar tu silencio. Tú callabas, y yo gritaba en secreto, confiando en que el eco llegara a tu piel. No llegó. El tiempo, cruel y paciente, fue borrando tus huellas como la marea borra siempre las pisadas en la arena. Y yo, náufrago de tu ausencia, aprendí que hay abrazos que se rompen antes de nacer, que hay besos que se pudren en la memoria.

Hoy escribo para no morir del todo. Escribo porque cada frase es una raíz que se aferra al tiempo y a Galicia, aunque el futuro sea un horizonte vacío. Escribo porque la noche me ofrece un refugio, y Galicia, esa música suave, me recuerda que aún pertenezco a alguien, aunque ya no te pertenezca a ti. Escribo porque amar fue mi quimera, y perderte, mi condena. Y mientras las estrellas guardan su secreto, yo confieso el mío: que cada palabra que nace pensando en esta tierra es un intento desesperado de reconstruir la constelación rota que fuimos. 

PASEO MISTERIOSO POR EL BOSQUE

El tiempo avanza como una sombra que no pide permiso. Va dejando huellas invisibles en los muros, en los rostros, en los campos que un día fueron verdes y ahora respiran con dificultad. Camino entre las hierbas altas, ya quemadas por el sol y por el olvido, y siento que cada paso es una conversación antigua entre el viento y la tierra. El viento habla, la tierra calla, y yo quedo en medio, intentando comprender un lenguaje que se deshace entre los dedos.

Hay días en los que el mundo parece hecho de agua: todo fluye, todo escapa, todo se transforma. El agua arrastra consigo las historias que nadie contó, los nombres que ya no recordamos, los sueños que quedaron a medio abrir. Y me pregunto si la poesía no será también eso: una corriente que lleva lo que fuimos y lo que seremos, un espejo donde el hombre se mira y no reconoce su propio rostro.

El bosque, que antes era un libro abierto, va perdiendo páginas. Los árboles, cansados de esperar, dejan caer hojas que ya no son mensajes, sino advertencias. El hombre pasa a su lado sin detenerse, como quien atraviesa una estancia ajena, y no escucha el rumor de las raíces pidiendo un poco de silencio, un poco de memoria. La destrucción no llega de repente: es una lluvia fina que cae durante años, hasta que un día descubrimos que ya no queda nada que pueda crecer.

Y aun así, el viento insiste. El viento siempre insiste. Se cuela por las rendijas de las casas abandonadas, levanta el polvo de las eras, empuja las nubes como quien empuja un destino. El viento es el único que recuerda el camino de regreso, el único que sabe que la vida es una sucesión de puertas que se abren y se cierran sin aviso. La poesía nace ahí, en ese instante en que el viento toca la piel y nos obliga a escuchar lo que no queríamos oír.

La vida, a veces, es solo una pregunta que nadie responde. Otras veces es una herida que no duele, pero tampoco cura. El hombre avanza, siempre avanza, como si tuviera miedo de detenerse y descubrir que el mundo sigue girando sin él. Pero hay momentos —raros, frágiles, luminosos— en los que todo se detiene: el viento suspende su canto, el agua deja de correr, el tiempo respira hondo. Y en ese silencio, el hombre comprende que no es dueño de nada, que solo es un caminante más entre miles de caminantes que pasaron antes y pasarán después.

Quizás por eso escribo. Para dejar constancia de lo que desaparece, para nombrar lo que ya no tiene nombre, para levantar una pequeña casa de palabras donde el viento y el agua puedan descansar un instante. La poesía es el único territorio que no puede ser destruido, porque vive en la memoria de quien la lee y de quien la escribe. Es un sendero que no se ve, pero que siempre está ahí, esperando.

Y mientras escribo, siento que el tiempo se abre como una flor tardía. El bosque, pese a todo, respira. El agua continúa su curso. El viento trae nuevas voces. Y yo sigo caminando, sabiendo que cada palabra es una piedra más en este sendero que no lleva a ninguna parte y, al mismo tiempo, me conduce a todas. 

INVITACIÓN MARINA

Yo te invito a pasear conmigo, a dejar que nuestros pasos se mezclen con el rumor de las olas y que el viento marino nos envuelva como un secreto compartido. Quiero que sea un paseo sin prisas, en el que cada instante se convierta en un recuerdo, en el que cada mirada sea una confesión silenciosa.

Cuando pienso en ti, te imagino caminando a mi lado, con una sonrisa que ilumina más que el sol reflejado en el agua. Veo cómo tus manos pueden rozar las mías, sin necesidad de palabras, porque hay silencios que dicen más que cualquier discurso. Yo te invito a que descubramos juntos esa complicidad que nace cuando dos almas se reconocen en el mismo horizonte.

Quiero que sientas conmigo la fuerza del mar golpeando contra los acantilados, esa energía que nos recuerda que la vida es intensa y breve, y que por eso merece la pena vivirla con pasión. Yo estoy aquí, ofreciéndote mi compañía, mi tiempo y mi mirada, porque sé que contigo cada detalle se transforma en poesía.

Cuando nos detenemos frente a un faro, quiero que sea como una promesa: su luz guiando nuestros pasos, igual que tu presencia da sentido a mi caminar. Cuando nos sentemos en una piedra a contemplar el atardecer, quiero que sea un instante eterno, en el que el mundo desaparezca y solo quedemos nosotros, tú y yo, respirando la misma calma.

Yo te invito a que dejes que la brisa acaricie tu rostro, que la sal del mar se mezcle con tus labios, que cada paso sea una celebración de la vida compartida. No te prometo grandes aventuras imposibles, solo te prometo la verdad de mi presencia, la sinceridad de un corazón que se abre sin miedo.

Quiero que camines conmigo por los senderos que bordean los acantilados, que descubramos juntos que cada día puede ser una fiesta si lo compartimos. Quiero que sientas que contigo deja de ser un lugar solitario y se convierte en un escenario íntimo, en el que cada piedra, cada ola, cada nube habla de nuestra historia.

Te invito a sumergirte conmigo en la música de las olas, en el silencio de las mañanas serenas, en la complicidad de un gesto pequeño que se convierte en infinito. Yo estoy contigo, y contigo quiero estar, porque la vida es hermosa, pero contigo es aún más hermosa.

Y te digo con toda claridad y con toda emoción: quiero que vengas conmigo, que descubramos juntos este camino, que dejemos que la vida se mezcle entre nosotros como la espuma que se pierde en el mar. Quiero que sea un paseo que no termine nunca, porque cada paso contigo es un capítulo nuevo, cada mirada es una confesión, cada sonrisa es una promesa.

Yo te invito, con toda mi alma, a que camines conmigo, porque sé que allí, entre el mar y el cielo, entre la luz y la sombra, entre el silencio y la palabra, puede nacer algo tan íntimo y tan verdadero como lo que ahora te estoy diciendo. 

A COSTA DA MORTE

El mar respira con fuerza frente a los acantilados. Las olas llegan como animales desbocados, golpean contra la piedra y levantan un aliento blanco que se esparce por el aire húmedo. El viento sopla sin descanso, arrastra la lluvia en hilos oblicuos que golpean la tierra y hacen que todo se vuelva líquido, que todo se mezcle en una misma materia de sal, agua y memoria. A Costa da Morte vive en el presente, y cada instante es una lucha entre la belleza y la herida.

Los acantilados alzan su frente oscura, como si fueran muros levantados contra el mundo. La piedra resiste, pero también se quiebra, y cada grieta cuenta una historia de siglos. El invierno es duro, la lluvia cae sin tregua, el viento arranca hojas, arrastra ramas, abre caminos invisibles sobre el mar. La gente que habita estas tierras sabe que aquí todo se sufre: el frío que cala en los huesos, la humedad que nunca se seca, el rumor constante de las tormentas que amenazan cada noche.

Pero también hay belleza. El verde de los prados brilla incluso bajo la niebla, como si la tierra quisiera recordar que la vida persiste. Las aldeas, pequeñas y recogidas, encienden luces cálidas que se ven desde lejos, como estrellas bajas que guían a quienes regresan. El mar, cuando se calma, muestra un azul profundo que parece infinito, y los rayos del sol, cuando se abren paso entre las nubes, dibujan caminos dorados sobre la superficie.

La memoria de los marineros está presente en cada puerto, en cada piedra mojada. Los nombres de quienes murieron en naufragios resuenan en el viento, y sus historias pasan de generación en generación. Hay quien dice que las almas de los ahogados siguen caminando por las playas, que su canto se mezcla con el bramido de las olas. A Costa da Morte es un cementerio invisible, un lugar donde el mar guarda los cuerpos y la tierra guarda el recuerdo.

Y aun así, la gente sigue viviendo aquí. Planta, cosecha, pesca, construye. El invierno duro no detiene la vida, solo la hace más consciente. Cada día es una batalla contra la fuerza de la naturaleza, pero también una celebración de su belleza. El verde de los montes, el blanco de la espuma, el gris de las nubes, el negro de las piedras: todo compone un cuadro que es al mismo tiempo terrible y hermoso.

Quien escribe esto observa en presente: el mar golpea, el viento sopla, la lluvia cae. A Costa da Morte no es un recuerdo, es una realidad que se renueva a cada segundo. Aquí el tiempo no se mide en horas, sino en mareas. Aquí la vida es frágil, pero también intensa. Y quien contempla este lugar entiende que el dolor y la belleza pueden convivir, que la muerte y la esperanza pueden formar parte de un mismo horizonte. 

LA PEREGRINA Y EL BURGO

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alza una pequeña capilla que es mucho más que piedra y cal. Como se deduce, hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino nos llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable, apreciada y muy valiosa espiritualmente. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también muy íntimo y muy familiar. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre ha estado en manos privadas, circunstancia que me ha dificultado, y me dificulta, teniendo en cuenta mi gran timidez, una minuciosa visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en lugar de celebración de actos públicos, y privados, sede de la concellería de cultura y en un ajardinado espacio abierto para los ciudadanos de Bertamiráns. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario. 

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