«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

GALICIA Y YO

Galicia y yo, una historia que se escribe sola. No hay manera más auténtica de volver a mi tierra sin moverme de Madrid que a través de la escritura. Aquí, entre el caos de las calles y avenidas y el frío seco de esta ciudad incansable, cada palabra que sale de mí lleva impregnada el eco de la lluvia persistente gallega. Para mí, Galicia huele a la brisa marina de las rías, a eucaliptos y carballos empapados por la humedad, a esa lluvia constante que llena el aire de nostalgia, a los viñedos de albariño esperando la vendimia en silencio, a las huertas rebosantes de patacas da terra (patatas de la tierra) y a los mercados llenos de carne tierna, pescado fresco y mariscos deliciosos traídos desde el Atlántico. Aunque Galicia no esté presente físicamente aquí, en Madrid, vive intensamente en mi memoria. Es como un perfume de raíces, de naturaleza palpitante y de recuerdos que atesoro en el corazón.

Escribir sobre Galicia es resistir, es negarme a aceptar la distancia, es querer mantener viva mi tierra y hacer menos doloroso este exilio. Galicia huele a mí, a los veranos interminables en El Burgo de Vedra y La Peregrina de Bertamiráns, esas dos fincas que marcaron mi infancia, mi adolescencia y el inicio de mi vida adulta. Ese territorio imborrable que no se marchita con el tiempo, aunque los lugares cambien sin remedio y las personas más queridas se vayan. Basta una pequeña señal ―una canción, una comida, una foto― para que esos recuerdos resurjan con toda su fuerza y me permitan revivir lo que fui. Mi niñez, mi juventud y mis primeros años como adulto reviven cada vez que mi memoria se abre y me permite ser quien una vez fui.

De repente, siento la hierba húmeda entre mis pies descalzos, el sabor agridulce de la fruta recién arrancada del árbol, el aire fresco que me envolvía mientras mis risas se unían al canto de los grillos, el aroma de la madera vieja y de las cocinas donde todo se cocinaba a fuego lento, la lluvia impredecible que caía sobre la tierra, confirmándome que Galicia sigue viva dentro de mí. Galicia huele a mí, a mi memoria, a mis raíces, a la eternidad que aún llevo dentro y a esa morriña ―exagerada y oportunista, según una amiga― que me quita el sueño muchas noches.

Quiero compartir tres anécdotas ―triviales e insignificantes, según un madrileño con aires de grandeza― que guardo como tesoros y que ya es hora de contar.

Una tarde de compras cerca del Black Friday ―¡cómo no!―, buscando algo que realmente no necesitaba en una tienda enorme, escuché a un gallego negociando el precio de un reloj, como si fuera el entrañable Suso, el dueño del bar Mahía en Bertamiráns, al que llamaban o Barateiro en el mercado de Santiago por su habilidad para regatear. No fue el reloj en sí lo que me emocionó, sino el ritmo de su voz, su firmeza serena al defender su tiempo y la forma en que cada palabra transmitía la dignidad de un paisano acostumbrado a luchar por lo que quiere. En ese momento, rodeado de vitrinas brillantes y luces artificiales, supe que Galicia estaba allí conmigo, que no era el único que llevaba su tierra a cuestas, que incluso en Madrid la identidad se manifiesta como un río subterráneo que nunca deja de fluir.

La otra escena que guardo con cariño, como cuando de niño escondía en mi armario los filetes de carne que me daban en el colegio, ocurrió en un restaurante gallego aquí en Madrid. Estaba disfrutando de un pulpo á feira con un albariño, servido en un plato de madera, cuando el camarero, con una mirada entre cómplice y desafiante, me preguntó si eso me sabía a Galicia. Su pregunta me impactó, porque no se refería solo a mi gusto, sino también a mi memoria: ¿puede la tierra viajar en los sabores?, ¿puede la infancia volver en un bocado? ―Sí, me sabe a Galicia ―le respondí―. Al humo de las incontables ferias, al sonido de las olas en las terrazas de cualquier pueblo costero, al calor compartido con mis primos y amigos en las romerías, al eco de las voces que ya no escucho, pero sí oigo, y a ese regreso imposible que me atormenta.

La tercera anécdota me llegó desde lejos, desde Buenos Aires. Cuando experimentaba con mi primer blog ―ya saben que no tengo suerte con los blogs― con el correo chioleiro@outlook.es, allá por diciembre de 2012, y que borré porque descubrí que el nombre de Chioleiro era el de un asesino gallego conocido, recibí un correo de un hijo de gallegos que vivía en Buenos Aires, enviado desde el Centro Gallego. Me agradecía mantener viva a Galicia en mis escritos. Acá la tierra se queda callada, me escribió, pero tus palabras nos hacen hablar de nuevo. Ese mensaje fue como un espejo. Me di cuenta de que escribir no es solo algo personal, sino también un puente que une orillas, que conecta a los que viven lejos.

Escribir, para mí, es una necesidad que no se discute, aunque sepa que al otro lado de este blog solo hay silencio. Es mi manera de detener el tiempo, de celebrar lo que nos duele y lo que nos salva, de aceptar que vivo en Madrid sin renunciar a mi identidad gallega. Escribir es recuncar, como decimos en Galicia: volver a decir, volver a sentir, volver a empezar. Cada palabra es un acto de fe, con la esperanza de que lo escrito resuene en otro cuerpo, en otra voz, en otra vida.

Mi deseo, como en cada entrada, es pensar que los futuros suscriptores de mi blog ―¿los habrá alguna vez?― me lean, aunque se queden en un silencio incómodo que abre una herida que no sana.

Y sepa usted, como me dijo un antiguo alumno con toda sinceridad, que casi nunca llegamos al final del texto, profe.

Y ahora, mientras cierro estas páginas, quiero despedirme con la misma calma con la que un marinero se despide del puerto antes de zarpar por última vez. Gracias por acompañarme en esta nostalgia que no es solo mía, sino de todos los que amamos a Galicia, por haber entrado en estas páginas que no son solo palabras, sino también confesiones. Espero que estas frases te acompañen como la lluvia constante, que te estremezcan como el eco de una voz que regresa de la distancia, que te protejan en la noche como el fuego encendido en una casa de aldea o como en esas noches en las que hablábamos y discutíamos ―en tiempos en los que no existía Google para resolver nuestras dudas, por ejemplo, una fecha de nacimiento― después de cenar, bajo un cielo estrellado impresionante.

Y si alguna vez sientes que la morriña te invade, recuerda que no estás solo, que cada palabra mía es otro regreso compartido, otra prueba de que Galicia está viva, y nosotros con ella, dondequiera que estemos, haciendo lo que sea que estemos haciendo. Gracias por leerme, por escucharme, por compartir parte de mi amor por Galicia. Que estas palabras te acompañen más allá de esta entrada, más allá de esta despedida, que te sostengan en tu soledad, que te recuerden que, al final, las tierras no se olvidan, siempre regresan. Y si hoy regreso en forma de escritura es por ti, Galicia. Gracias. 

LA LOCA HISTORIA DE UN CONCURSO LITERARIO

(Esta es la traducción del gallego realizada por mí. El original lo publiqué en mi blog en gallego orballar.com)

Tengo una buena relación con Uxía Fontán Vilameán, la meiga de los cuentos olvidados, que es una mujer misteriosa y sabia y que irradia un aire mágico. Vive en una aldea llamada San Caculo de Abaixo, aldea que estuve todo un día buscando en Google Maps y nada, no la encontré.

Ella sabe que tengo cierta debilidad ―la voluntad humana es un castillo de arena construido en la orilla del mar― por los concursos literarios, especialmente por aquellos que no existen. Me encantan. Por eso, como trabaja en un periódico que está cerrado desde antes de nacer, me envió la historia de un premio literario que nadie creó, pero que tiene muchos participantes que no se presentan.

Lo que te cuento a continuación es el relato detallado de ese concurso inexistente, pero lleno de misterio y guasa.

Lo primero que me remitió es el recorte de la convocatoria del concurso:

El Diario de San Caculo y alrededores

Edición especial literaria de un diario que no existe

Noviembre de no se sabe qué año

Convocatoria del Premio Literario Piedra del Demonio del año que el participante quiera.

Se convoca a todos los escritores, poetas, narradores de cuentos y demás gente con tendencia a escribir tonterías con estilo a participar en la difunta edición del Premio Literario Piedra del Demonio, organizado por la Sociedad Cultural «La Hoja sin lectores».

Las bases son las siguientes:

Lugar: San Caculo de Abaixo, parroquia sin wifi, pero con mucha alma.

Plazo: Hasta que el cura diga «Amén» o se acabe el vino de la fiesta.

Temática: Libre, pero no cualquier cosa. No. Se prefieren textos que incluyan afiladores, vacas con nombre o declaraciones de amor en bares de carretera. Debe estar escrito en gallego.

Participantes: Cualquier persona que sepa leer y escribir, para garantizar que lo haya creado la susodicha. Porque, si no sabe escribir, ¿cómo puede hacer una historia? Nadie me responde esta pregunta.

Premio: Lote de chorizos, diploma plastificado y noche en la pensión «La Cama Caliente» (desayuno incluido si no se escapa el gallo). Ni un euro porque no tenemos dinero.

Nota importante: No se aceptan de ningún modo textos escritos por inteligencias artificiales, por humanos que fingen ser inteligentes, ni por vecinos de San Caculo de Arriba, por motivos históricos que no vienen al caso.

JURADO

Está formado por los siguientes egregios hombres y mujeres:

Maruxa Castromil, la del Lomo de Vaca. Presidenta honoraria y experta en empanadas de aire. Siempre lleva un sombrero con antenas para captar ideas brillantes.

Xurxo Figueiras Loureiro, el Zorro de Montebaixo. Encargado de las puntuaciones misteriosas. Nunca revela sus criterios, pero siempre acierta.

Antón Reboiras Castiñeiro, el Hablador de las palabras retorcidas. Crítico de estilo y poesía espontánea. Habla en prosa rimada y solo bebe infusiones de tojo.

Sabela Caride Meixide, la Paspaniña de las siete lunas. Secretaria y responsable de la estética cósmica. Decide según el movimiento de las estrellas y su péndulo de madera.

NOTA ACLARATORIA: Los miembros del jurado no trabajan. Su dedicación a este gran concurso que no existe es exclusiva.

A continuación, después de muchas dudas, hago público en este blog el relato que envié al concurso.

Ourense, martes sin día de cualquier mes del año de la niebla y del pan caliente.

Recuerde el jurado que tengo 67 años y que mi abuelo murió hace ya muchas décadas.

Querido avoíño, hoy me ha pasado una cosa de esas que solo pueden ocurrir en esta nuestra tierra, donde lo real y lo mágico se juntan como la gaseosa y el vino en las fiestas de la parroquia. Estas no son palabras mías, no, son de don Armindo, párroco de pocos años que llegó, según mi parecer, antes de ser ordenado sacerdote. Ya sabes, la Iglesia y sus «cousas».

Sin saber qué decisión tomar, iba al súper pensando si comprar chorizo o seguir con la dieta que me recomendó la prima Maruxa, que hoy está tan delgada que si se colocara detrás de una escoba no se vería ni su sombra.

De repente, después de doblar una esquina, me encuentro de bruces con un afilador. Era un afilador de los de toda la vida. Llevaba un chifre que, como me contaste tú en más de una ocasión, su inconfundible melodía avisaba a los vecinos de que el afilador estaba en el barrio. El silbido se convertía en una llamada ancestral al metal y al hierro, como si las cuchillas lo reconocieran. Él me dijo que era el oficio de la sirena del afilador, que consistía, había sido contratada para ello, primero de todo, en despertar a los cuchillos dormidos.

Por su memoria y aspecto, me parecía que había vivido tres vidas y media, y la bicicleta que llevaba como mesa de trabajo parecía comprada entre los desechos de una película sobre la guerra.

Me preguntó si tenía algo que afilar, y yo, con las llaves del coche y un paquete de tabaco en el bolsillo, le respondí que no, pero que a lo mejor me podía afilar la paciencia, que la tengo puntiaguda desde que Carmiña me mandó a buscar a su gato, que se había escondido en el tejado, y me quedé sin pantalones y con medio barrio riéndose de mí.

Mientras la rueda del afilador bailaba y las chispas con ella, me fue contando que los afiladores de antaño eran unos reyes de la carretera, que tenían novia en cada pueblo y que sabían más de amor que todos los libros de literatura erótica juntos. Y, como experiencia personal, concluyó contándome que, en Xinzo, una viuda le llevó a afilar todos sus cuchillos. Le comentó que los quería muy bien preparados para lonchear a sus hijos, que no paraban de pedirle cosas. Es broma, «home». «Pouca corda tes», le comentó. La historia remata casándose con ella, que regentaba una taberna que servía el mejor vino sin molienda de la comarca.

No sé si era verdad o no todo lo que me contó el afilador, pero, carallo, aquí, ya sabes, la mentira bien contada vale más que la verdad aburrida.

Escribiéndote esto recuerdo aquellas tardes que pasábamos en tu casa, cuando tú me contabas lo de los afiladores que cruzaban montes, ríos, que sabían hablar con las piedras y que tenían un pacto con el diablo para que el chifre sonara de un modo diferente. Por el elevado número de veces que lo he intentado, mi fracaso ha sido redondo. No debo de tener voz «co demo». Todos mis intentos siempre me recordaban al «bruído» ―bramido en gallego― de una vaca al parir.

Sin embargo, después de todo soy tu nieto, y recuerdo muchas veces todas las aventuras que pasaste en la guerra. Y siempre te ponías muy triste. Aunque en esta ocasión me he acordado de aquella vez en la que me dejaste afilar el cuchillo de matar y casi le corto una oreja al tío Severino, que por suerte ya la tenía medio caída. O aquella vez que me enviaste a buscar la navaja que tenías detrás del retrato de Castelao y, como soy un cotilla, acabé abriendo el cajón de la ropa interior de la abuela para descubrir que tenía más encajes que una tienda de novias.

Tú decías que los afiladores eran como las monjas, que salían cuando menos lo esperabas, sabían mucho y cobraban muy poco. Siempre que tenías ocasión me contabas con suma picardía de la tía Circuncisión, que era monja en un pueblo de Andalucía, que ser monja era el único trabajo donde el uniforme nunca pasa de moda, el jefe siempre está mirando, y los ascensos… bueno, dependen de los rezos acumulados, y no de los correos respondidos.

Este afilador era de los monjiles. Se fue como vino. Se despidió con una bendición, sin cobrar y deseándonos salud y éxitos. En mí, como las buenas amantes, ha dejado una profunda huella por su simpatía y por su retranca.

Si lo ves por ahí, dale un saludo de mi parte y pregúntale a ver si afila recuerdos, que tengo un montón de ellos que se me están oxidando.

Cuídate mucho, no dejes que te afilen la lengua, que siempre la tuviste muy afilada y a buen recaudo. Tu lengua, según el tabernero, es como una navaja pequeña, no mata, pero puede cortar muy hondo. Y si oyes un cuerno con un sonido diferente por allá arriba, no te asustes, no es el final, es simplemente que Ourense sigue siendo Ourense.

Un abrazo grande de tu nieto ya hombre y que bien te quiere, Carliños

Jamás envié esta carta al jurado porque entonces pensé que era una mierda. Y lo sigo pensando. Por eso mismo, escribí un texto en el que le contaba al jurado mi decisión. Los amigos de la taberna me dicen que eso es una tontería, pero, como yo soy más terco que una piedra firme que jamás se ha movido, allá fue.

La carta es la siguiente:

Estimado, respetado y reconocido jurado del inexistente Premio Literario Piedra del Demonio de San Caculo de Abaixo:

Agradezco profundamente vuestra consideración y el honor de invitarme a participar en este certamen tan prestigioso como surrealista. No obstante, me veo en la obligación de rechazar cualquier tipo de galardón, aunque no haya enviado mi carta, y hago esta renuncia con toda la elegancia que me permite el café de máquina que me acabo de tomar.

Las razones son claras, aunque absolutamente inexplicables:

1.- Mi texto fue escrito bajo los efectos de una empanada de pulpo que me provocó visiones del difunto Fraga bailando reguetón.

2.- La musa que me inspiró es alérgica al éxito y cada vez que gano algo —aunque nunca haya ocurrido— se esconde detrás del microondas durante semanas.

3.- El bolígrafo con el que escribí tenía envidia de otro bolígrafo y no quiero fomentar rivalidades literarias entre el inútil material de oficina.

Con todo el respeto y un poco de arrogancia, creo que bien merecida,

Carliños (el único que hay en la aldea)

El jurado, que valoró muchísimo mi carta, respondió de este modo:

San Caculo de Abaixo, tierra de letras y de sospechas

Estimado señor Carliños:

Recibimos su carta de renuncia al premio con estupefacción, carcajadas y un leve dolor de cabeza. Agradecemos, cómo no, el esfuerzo creativo, pero nos vemos en la obligación de rechazar su renuncia. Y no por cortesía, sino por principios, por honor y porque, francamente, no le corresponde ningún premio. Como bien sabe usted, todavía no se ha premiado en el mundo entero a un no-concursante.

Tras una exhaustiva investigación —que ha incluido diversas y furtivas consultas a IA, interrogatorios durísimos, y sin abogado, a bolígrafos, un profundísimo análisis de las empanadas sospechosas y la correspondiente consulta a una pitonisa de Verín— llegamos a tres conclusiones irrefutables:

1.- Su texto, que no ha enviado, es un plagio descarado, y no escrito, de una conversación entre dos loros jamaicanos que viven en la Plaza Mayor desde que don Restituto llegó muerto de hambre de su viaje por tierras del Caribe. Tenemos grabaciones.

2.- Detectamos el uso de una inteligencia artificial que aún está por crearse, con desvergüenza y descaro, como quien va a misa con el móvil en el bolsillo y le pide selfis al cura en el campanario.

3.- El bolígrafo envidioso que menciona en su carta fue identificado como cómplice. Ya está en manos de la policía literaria de San Caculo y enseguida se pondrán en contacto con usted para ver cómo se apoderó de arma tan letal.

Por todo esto, creo que están debidamente expuestas las razones, le comunicamos que queda oficialmente «desgalardonado», «desinspirado» y «desconvocado» del certamen. Eso sí, reconocemos que tiene estilo, que tiene chispa, y que, si algún día escribe algo sin ayuda de máquinas ni de otras personas de fantasía, igual le dejamos entrar «de extranjis» por la puerta de atrás.

Sin más, y con toda la arrogancia que nos da ser jurado de un premio que no existe, un abrazo que no se merece.

Atentamente,

Doña Sabela Caride Meixide, secretaria vitalicia (y algo rencorosa) del Premio Piedra del Demonio.

Querido lector de mi blog, esta es la loca historia de un concurso literario inexistente. Me gustaría que te rieras a carcajadas al leerla. Ese es mi deseo.

La secretaria del jurado del concurso literario leyó ante los habitantes del pueblo el texto que Carliños no envió y que todo el mundo rechazó. Lástima que no se pudieran escuchar los aplausos —que no abucheos— que sonaron como si fuera el público asistente al Concierto de Año Nuevo de Viena aplaudiendo la conocida Marcha Radetzky. 

EL PESO DE MADRID

Hay días en los que Madrid pesa más de lo que debería. No por los edificios que son como jaulas que aprisionan la memoria de una ciudad que olvida su alma. No por los coches que se han apoderado de las arterias de Madrid, convirtiendo sus calles en ríos de humo y ruido donde la vida camina a contracorriente, ni por sus habitantes que andan por la calle sin mirar, como fantasmas con prisa, esquivando recuerdos que ya han expulsado de su memoria por ese afán capitalino de llegar antes de salir.

Me pesa porque no es Galicia. Porque no huele a eucalipto mojado, ni suena una gaita a lo lejos, ni se escucha el mar golpeando contra el malecón como un corazón que nunca se cansa, ni el susurro que brota entre la niebla, como si la hierba contara historias en voz baja.

Escribo desde esta ciudad que me acoge desde que nací, pero que, por tal motivo, sueño con Galicia y con aquellos veranos «pantagruélicos» que se han esfumado ―utilizo el pretérito perfecto compuesto por su valor de acción finalizada en un tiempo aún no acabado―, pero que bullen y se revuelven en mis recuerdos.

Aquí llevo viviendo tantos años que, por la inercia del ritmo de esta ciudad, debería tener vacía la mochila de los deseos; pero no, no, está aún repleta porque un instante en el recuerdo es una caricia de tiempo indefinido.

Mi intimidad, esa que se construye con silencios compartidos y recuerdos que no necesitan palabras, está cincelada con caminos y atajos de tojos, de tardes de lluvia mansa, de conversaciones al relente de noches estrelladas y de fiestas con una música ya evaporada.

Aquí, en Madrid, todo es ruido, prisa, ausencias, aislamiento ―en mi caso buscado motu proprio porque me ha derrotado el avispero capitalino― y la imposibilidad de volver, por la vida, por los compromisos que nos atan sin saberlo y por la soledad que allí puedo encontrarme. Todo esto es una herida que no sangra, aunque duele sistémicamente. Y duele cada vez que veo una foto de la aldea que ya no es, cada vez que consumo un mollete de pan gallego, cada vez que escucho el acento galaico en la calle o cada vez que leo un libro ambientado en el rural de mi tierra. Todo confluye en una punzada de alegría y tristeza. Alegría porque me satisface su memoria, pero también es un recordatorio de que estoy lejos.

La ceguera por la tierra es un amor que no necesita razones, es un amor que se siente en el estómago, que se manifiesta en la morriña y en la saudade por estar lejos. Es un afecto íntimo que me hace escribir, que me obliga a buscar palabras que me lleven de regreso, aunque sólo sea por un instante como la niebla entre los eucaliptos: breve, húmedo y lleno de misterio.

Hay noches en las que cierro los ojos y estoy allí. En la casa vieja, en la casa nueva, en la capilla, en el son de los grillos y en el frío de la piedra bajo los pies descalzos.

Hablo con mis padres, que ya no están, pero que viven en mí cada vez que mi hermana cocina caldo gallego o le echa sal a las patatas como hacía mi madre o me encuentro a alguna persona en un recóndito lugar que aún recuerda el buenhacer de mi padre como persona y como médico.

Esas noches son las que me salvan porque me dibujan quién soy, de dónde vengo y hacia dónde quiero ir yo. Es una puerta de niebla que da a un bosque de recuerdos, donde el tiempo se detiene y el alma se moja de saudade.

Esta entrada es eso: un intento de volver, de reconstruir el puente entre lo que fui y lo que soy, de compartir mi intimidad con la esperanza de que alguien, en algún lugar, se reconozca en estas palabras y que sepa que no está solo. La morriña es común y la saudade es compartida y la inclinación casi lasciva por la tierra es un lazo que no se deshace.

Si estás lejos, también sientes esa punzada en el pecho cuando piensas en Galicia, esta entrada es para ti. En ella hablamos de nosotros, de los que soñamos con la niebla, de los que llevamos la lluvia dentro, de los que sabemos que la tierra llama, aunque sea en silencio. 

EL PAPEL

Brais —San Brais empieza a hacerse famoso cuando le saca a un niño una espina que tiene clavada en la garganta muchos siglos atrás— nace en un rincón donde la lluvia no pregunta y el viento siempre tiene algo que decir. No es valiente por elección, sino por necesidad. Su carácter, prisionero de su propio pensamiento, se caracteriza por ser el fantasma de sí mismo y por andar con los pies atados con hilos invisibles.

Aprende a callar antes que a mentir, a mirar antes que a pedir y a discutir antes que a perder a un amigo.

Lleva siempre en los bolsillos recuerdos que no caben en palabras, y a la espalda una historia que nadie conoce entera.

Cada mañana, Brais se sienta en la misma mesa del bar de la esquina, justo al lado de la ventana empañada. Pide café solo, sin azúcar, y escribe en papeles frases inconexas. No son poemas ni cartas. Son fragmentos. Pedazos de algo que nunca termina de entender.

Los vecinos lo saludan con un gesto leve, como si supieran que cualquier palabra puede romper algo dentro de él. Nadie sabe dónde vive. Nadie sabe a quién espera.

—¿Por qué escribes siempre en papeles desparejados y no en un cuaderno?, le pregunta la camarera.

Brais la mira como si le hubieran tocado una cicatriz aún reciente.

—Porque el papel suelto aguanta muy bien mi locura, le responde como si fuera una sentencia.

En un papel escribe: «Hay lugares que no se olvidan porque nunca fueron visitados». Lo deja sobre la mesa y se marcha sin pagar. Piensa que su «arte» es suficiente pago.

Al día siguiente vuelve como siempre. La camarera no sabe cómo actuar. Es la primera vez que se encuentra con un tipo así.

Esa misma tarde aparece una joven con zapatos negros y una mochila a la espalda. Se sienta a su lado, sin pedir permiso, en el banco público donde Brais está fumando un cigarro.

—¿Eres tú el que escribe triste?, le pregunta.

Brais sonríe por primera vez en años.

La joven recoge con cierta alegría todos los papeles y le pide que le cuente el origen de esa afición. Brais escucha como quien recoge piedras raras en la playa.

La joven se marcha sin despedirse con un «ahora vengo».

Brais espera, pero la joven no vuelve y escribe de nuevo una frase en un papel que saca del bolsillo: «Hay ausencias que pesan más que los recuerdos». Lo deja en el banco.

Cuando Brais abre el portal y mira en el buzón, encuentra un papel que dice: «Búscame porque aún tengo muchas preguntas».

Esa noche nadie más ve a Brais, pero un testigo cuenta que esa noche deja en diferentes bancos de la ciudad papeles con frases escritas por él. Todos al mismo tiempo. Y nadie sabe lo que dicen. Solo alguien afirma que una joven se dedica todas las noches a recogerlos y a guardarlos en una desordenada buhardilla. 

DISCUSIÓN PSEUDOFILOSÓFICA SOBRE GALICIA

GUSTAVO.- ¿Verano en Galicia? ¿Eso qué es? ¿Una broma climática? ¿Un simulacro de estación? Llevas tres días en chanclas y ya tienes hongos. No hay sol, hay humedad. No hay calor, hay moho. Esto no es verano, es una primavera deprimida con complejo de otoño.

RAMIRO.- Qué bruto eres. El verano gallego es un regalo para los que no soportamos el infierno de Madrid. Aquí respiras. Aquí duermes sin sudar como un cerdo. Aquí puedes caminar sin que el asfalto te derrita las suelas. Es un verano para el alma, no para Instagram.

GUSTAVO.- ¿Para el alma? ¿Y qué hace el alma cuando lleva cinco días sin ver el sol? ¿Se alimenta de niebla? ¿Se ilumina con el gris? No me jodas, Ramiro. Esto es perfecto si eres un helecho. Pero los humanos necesitamos vitamina D, no poesía húmeda.

RAMIRO.- La lluvia limpia, Gustavo. Purifica. Te obliga a parar, a mirar, a escuchar. ¿Has oído cómo suena el agua en los tejados de piedra? ¿Has sentido el frescor de una mañana en Lugo, con el cielo encapotado y el café humeando? Eso es vida. Eso es verano.

GUSTAVO.- Eso es humedad en los huesos, eso es reuma precoz, eso es tener que llevar chaqueta en julio como si fueras el abuelo de Heidi. ¿Y el café? El café humea igual en Almería, pero allí no tienes que secarte los calcetines con el secador.

RAMIRO.- Pero en Almería te fríes. Te cueces. Te conviertes en una croqueta humana. Aquí puedes leer, pensar, escribir. Aquí el verano no te obliga a estar en una piscina rodeado de niños chillando y adultos borrachos. Aquí hay silencio. Aquí hay niebla. Aquí hay alma.

GUSTAVO.- Aquí hay hongos, Ramiro. Hongos en las paredes, hongos en los pies, hongos en el alma. Y silencio, sí, porque nadie quiere salir. Porque está lloviendo. Porque el cielo parece una sábana sucia. Porque el verano gallego es una estafa emocional.

RAMIRO.- Pues prefiero esta estafa a la tiranía del sol. Prefiero un paseo por la playa de Carnota con chubasquero que una barbacoa en Córdoba con 42 grados y moscas suicidas. Prefiero el verde que se riega solo, que el marrón que se quema sin piedad.

GUSTAVO.- Prefieres el verde porque no tienes que tender la ropa. Porque no tienes hijos que se aburren. Porque no tienes que explicar a tus amigos que sí, que es verano, aunque parezca noviembre. Porque vives en una fantasía climática que solo funciona si eres tú.

RAMIRO.- Y tú vives en una dictadura térmica. En un culto al sol que te ha dejado seco por dentro. Galicia no es para todos, Gustavo. Galicia es para los que saben mirar más allá del cielo. Para los que entienden que el verano no tiene que gritar para existir.

GUSTAVO.- Pues que se lo quede Galicia. Que se lo quede con su lluvia, su fresco, su niebla y sus poetas empapados. Yo me voy donde el verano se nota. Donde el sol no se esconde. Donde la estación no tiene complejo de otoño.

RAMIRO.- Y yo me quedo donde el verano no me obliga a fingir que soy feliz solo porque hay sol. Me quedo en Galicia, con mi chubasquero, mi café, mi alma mojada y mi paz.