«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

VERANOS EN BERTAMIRÁNS: UNA EPOPEYA FAMILIAR

La epopeya familiar comenzaba en la estación del Norte de Madrid. Allí, entre el bullicio de los viajeros y el silbido de los trenes, se reunía nuestra pequeña caravana: los adultos ―no todos los de la familia porque algunos se libraban― y una tropa de primos que en ocasiones llegábamos a diez. El andén se convertía en un escenario de abrazos, regañinas, maletas imposibles de cerrar y niños, nosotros, que ya empezábamos a corretear como si el viaje fuera parte de nuestro juego.

El trayecto en tren, en el «famoso» TER, de casi diez horas, era una travesía heroica que no sé cómo soportaban los mayores, especialmente mi madre. Nosotros, los pequeños ―no sé si hiperactivos― lo vivíamos como una aventura: explorábamos los vagones, hacíamos alianzas secretas para que no nos pillaran, y recibíamos regañinas constantes de los revisores que intentaban mantener el orden. Los adultos, mi madre, con un maletín lleno de bocadillos, zumos y paciencia, eran los verdaderos capitanes de aquella expedición.

Al llegar a Santiago, el desembarco era digno de una película: los bultos y maletas se multiplicaban, el taxi―camioneta lo reventábamos y Bertamiráns nos esperaba como cada verano, con sus casas abiertas, sus olores familiares y esa sensación de que el tiempo allí transcurría de otra manera.

Durante dos meses cada verano, Bertamiráns se convertía en el epicentro de nuestra historia familiar. A escasos kilómetros de Santiago, este rincón gallego nos acogía como si supiera que allí se gestaban memorias que durarían toda una vida. En el mes cumbre, agosto, llegábamos a ser diecinueve personas: padres, tíos solteros o viudos, y nosotros, diez primos de todas las edades. Una constelación humana que orbitaba en torno a tres casas que parecían expandirse mágicamente para darnos cobijo a todos.

La convivencia era intensa, a veces caótica, pero siempre auténtica. Reíamos con fuerza, discutíamos con pasión, llorábamos sin pudor cuando había que bañarse. Cada día era una aventura compartida, un capítulo nuevo en una novela que escribíamos entre todos.

Las dificultades para ver la televisión de noche por culpa de una antena rebelde se convertían en una comedia dramática involuntaria. Nos reuníamos frente a un vetusto aparato como si fuera un altar, esperando que la imagen se estabilizara, mientras los mayores ajustaban de mil formas la antena con la única intención de poder ver el primer canal, el único que se podía programar.

Los juegos en torno a los diez años eran el alma de nuestras tardes y noches. El escondite se volvía épico, con estrategias dignas de una operación militar. Digamos que no faltaban los sustos morrocotudos, no sé si intencionados.

Los menores competíamos en concursos de zurrapas, una tradición inventada por un primo mayor que mezclaba creatividad «culinaria» con valentía estomacal.

Al cabo de los años, los cigarros furtivos en el bosque, o en el triángulo, eran rituales de iniciación, compartidos entre susurros y miradas cómplices. A los 14 años, muchos sentimos esa mezcla de curiosidad, inseguridad y deseo de pertenecer, y en ese intento por crecer rápido, imitábamos gestos, palabras o actitudes que veíamos en nuestros primos mayores y que nos servían como modelos. La aldea te daba esa libertad.

Las peticiones a última hora siempre para ir a la verbena de La Peregrina ―la virgen que se veneraba en nuestra finca y que celebrábamos todo el pueblo su día mayor el segundo domingo de agosto― eran negociaciones diplomáticas que involucraban promesas de buen comportamiento y el acatamiento de un estricto horario. Nunca se respetaban.

Las galletas de nata, hechas por las manos expertas de Pepa, la cocinera, eran el manjar más esperado, y su aroma anunciaba que algo especial estaba por suceder. Nos inventamos que había que proteger como un fortín la alacena de las galletas de nata. Sarcasmo puro y duro porque éramos nosotros los que acometíamos las únicas incursiones.

A veces, los vecinos nos invitaban de noche a ver cómo ordeñaban a las vacas, y ese gesto sencillo, pero trascendental para el campo, nos conectaba con una vida rural que nos fascinaba y que desconocíamos absolutamente.

Las bicicletas eran nuestras aliadas. Con ellas recorríamos caminos, descubríamos rincones secretos, íbamos a la piscina y sentíamos que el mundo era nuestro.

En una de esas tardes eternas, yo, con quince años y una energía «gamberruna» desbordante, me rompí gravemente el brazo derecho en una fractura abierta de cúbito y radio por hacer el animal con un patinete que era para cualquier uso menos el que fabulamos los chicos en esa ocasión. Tal vez quisimos emular ―yo, el primero― a Francisco Fernández Ochoa cuando ganó la medalla de oro en las olimpiadas de invierno de Sapporo en 1972 en la prueba de eslalon. Fue un tremendo susto que se prolongó durante diez meses ―junto a la fastidiosa mononucleosis, esto merece otra entrada― y que resolvió por fin en Madrid el reconocido doctor Ladreda en La Paz con un injerto de hueso de la cresta ilíaca. Lo que debería haber sido una rectificadora lección se convirtió en una anécdota que me valió para presumir durante los años siguientes.

La habitación destinada al estudio tenía un nombre que nos hacía reír: Calabacines’s Club. Allí, los que habíamos suspendido alguna asignatura intentábamos recuperar el tiempo perdido, mientras los demás entraban a molestarnos, a charlar, o simplemente a compartir el frescor, o la lluvia, de las mañanas de verano. Era un espacio de redención y camaradería. Recuerdo que el mayor de los primos, ya fuera del colegio, con una escalera de madera tambaleante pretendía sorprendernos en un renuncio escalando por una de las ventanas del estudio.

El sábado víspera del segundo domingo de agosto, día de la Virgen Peregrina, los mayores, ayudados por las fuerzas vivas de la aldea, se volcaban en los preparativos de la misa mayor que se oficiaba ese domingo a las 11 de la mañana y su posterior procesión por diferentes carreteras que bordeaban nuestra finca. Todos nos vestíamos de gala. Nosotros, los más jóvenes, por la sequedad de la boca, hacíamos frecuentes viajes a la fuente natural de agua que había en el patio de la cocina, mientras observábamos y participábamos en la ceremonia con respeto y algo de impaciencia.

En algún momento, Jorge y yo nos propusimos hacer un periódico para sacar algo de dinero. Quizá influenciados por Jesús Hermida, que fue el narrador de la llegada del hombre a la luna para la televisión española el 20 de julio de 1969, cubriendo el evento desde Houston. La idea de nuestro periódico era buena, la ejecución caótica, pero el entusiasmo era real. Aunque no prosperó, nos dejó frases memorables y portadas imaginarias que aún recordamos.

Las excursiones a la playa de Las Gaviotas en Noia eran otro ritual. Un adulto nos llevaba en su SEAT 1500 por la mañana para pasar allí un par de horas. El agua, gélida como pocas, nos recibía con bofetadas de frío que nos dejaban las piernas amoratadas, pero felices y contentos. Jugábamos con castillos de arena, nos enterrábamos y soñábamos con aventuras marinas que eran propias de los mayores.

Ya en la adolescencia tardía, las noches configuraron otro universo. Santiago nos ofrecía su movida, había que romper tabúes, y las verbenas de aldeas cercanas a la nuestra eran el espacio propicio para divertirnos hasta altas horas de la mañana. Bailábamos, reíamos, y descubríamos que la juventud tiene su propio lenguaje, hecho de música, luces y promesas. Fue allí donde comenzaron los primeros tonteos, las miradas tímidas, los silencios que decían más que las palabras y las frustraciones por la «brevedad» del verano.

Aquellos veranos en Bertamiráns fueron más que vacaciones. Fueron una escuela de vida, un laboratorio de emociones, un refugio donde aprendimos a convivir, a compartir, a crecer. Hoy, al recordarlos, no puedo evitar sonreír. Porque en cada rincón de esas casas y en cada rincón de la era que las reunía, en cada sendero del bosque, en cada ola helada de la playa, quedó grabada una parte de nosotros. 

ENTREVISTA SURREALISTA ENTRE UN EMPRESARIO Y UN TRABAJADOR

Empresario.- Buenas tardes, caballero. Usted es el candidato número 27. Los anteriores ya se marcharon corriendo. ¿Trae algo especial para convencerme?

Trabajador.- Traigo un saco de patatas y una gaita. Las patatas son para negociar el salario y la gaita para animar las reuniones.

Empresario.- Excelente. Aquí valoramos la innovación. ¿Sabe usted hacer informes?

Trabajador.- Informes no, pero sé inventar palabras raras y ponerlas en un PowerPoint con colores llamativos. Eso siempre impresiona.

Empresario.- Eso es exactamente lo que necesitamos. Aquí nadie lee los informes, pero si tienen gráficos y palabras como «sinergia disruptiva» ya parece que trabajamos.

Trabajador.- Pues yo también puedo añadir frases en latín inventado. Por ejemplo: «Pataticus maximus». Queda muy profesional.

Empresario.- Maravilloso. El puesto es de director de nada. Tiene que mandar sobre todo el mundo sin hacer absolutamente nada. ¿Cree que puede?

Trabajador.- Hombre, yo ya mando en casa sin pagar facturas. Esto sería un ascenso natural.

Empresario.- El salario es simbólico: dos monedas de chocolate al mes y acceso ilimitado a la máquina de café, siempre que traiga el azúcar de casa.

Trabajador.- Perfecto. Yo ya estoy acostumbrado a cobrar en especie. En mi último trabajo me pagaban con entradas para la verbena y vales de churrasco.

Empresario.- Aquí también tenemos beneficios sociales: puede llevarse a casa los clips, las grapas e incluso los post-it usados. Eso sí, tiene que firmarlos como si fueran patrimonio histórico.

Trabajador.- Me encanta. Además, quizá monte un museo de material de oficina robado. Ya veo a la gente pagando entrada para ver un boli Bic medio mordido.

Empresario.- Usted tiene visión empresarial. Dígame, ¿cómo se ve dentro de cinco años?

Trabajador.- Dentro de cinco años me veo sentado en la misma silla, pero con una manta encima, porque seguro que no ponen calefacción. Y con más patatas, claro.

Empresario.- Esa ambición es la que buscamos. La empresa necesita gente que no quiera progresar, para que no nos dé trabajo despedirla. Bienvenido al equipo.

Trabajador.- Gracias. Eso sí, mañana no vengo, que tengo que ir a la feria. Pero pasado mañana igual paso a tomar un café y ya vemos.

Empresario.- Perfecto. Aquí la puntualidad es opcional. Lo importante es que parezca que trabajamos cuando vienen los inspectores. Si no viene, mejor, que así no ocupa sitio.

Trabajador.- Pues ya está. Contratado sin trabajar. Este es el mejor empleo de mi vida. Voy a celebrarlo con una tapa de pulpo.

Empresario.- Y yo con un vino. La empresa queda cerrada hasta nuevo aviso. ¡Productividad gallega en su máximo esplendor! 

EL POTE GALLEGO

El pote, en Galicia, es mucho más que un simple recipiente de barro o hierro. Es símbolo de hogar, de comunidad, de tradición y de memoria compartida. En el centro de la cocina, con el fuego a sus pies, el pote es donde se mezclan los sabores de la tierra y los afectos de la familia. En él se cuecen los caldos, los guisos, las historias y los silencios. Cada ingrediente que se añade tiene un significado, cada aroma que se eleva es parte de la identidad familiar.

El pote es un contenedor emocional: todo cabe en él, desde los recuerdos de la infancia hasta los relatos de los antepasados. Es metáfora de la vida misma, donde se mezclan momentos dulces y amargos, tiempos de abundancia y de escasez, encuentros y despedidas. Este simbolismo sirve de hilo conductor para explorar Galicia a través de sus paisajes, monumentos, personajes y sentimientos. Porque todo, incluso lo que parece pequeño u olvidado, tiene cabida en el pote de la memoria gallega.

El pote es un espacio de memoria viva, un cuaderno de viaje emocional que recorre los rincones más íntimos y hermosos de Galicia. Aquí, las palabras son semillas que crecen entre los caminos de piedra, los bosques húmedos y las brumas que envuelven las aldeas.

En torno al pote toda la familia escucha relatos que mezclan lo personal con lo colectivo, donde los monumentos no son solo piedras sino testigos del tiempo: castros olvidados, iglesias románicas que guardan secretos de siglos, pazos que cuentan leyendas de hidalgos o cruceiros que guardan miles de sueños. También, en su interior, hay espacios naturales que quitan el aliento: cascadas escondidas, playas que parecen sueños y fragas que laten con vida propia.

El pote es un espejo donde se reflejan los sentimientos que despierta en mí Galicia: la morriña por una tierra que no quiero olvidar, el arraigo familiar casi perdido, el orgullo de un origen inigualable, la espiritualidad que me transforma sin remedio, la ternura de una lluvia menuda que acaricia, la fuerza de una identidad nunca perdida y una reconfortante melancolía por las viejas costumbres. Es un diario de experiencias vividas y soñadas, de caminatas por el Camino de Santiago, de fiestas populares llenas de música y fuego y de cenas compartidas junto a una chimenea.

Los personajes que salen del pote son reales e imaginarios, vecinos de carne y hueso o figuras que la tradición mantiene vivas: el anciano que relata cuentos en la taberna, la mujer que recoge hierbas de San Juan, el marinero que habla con el mar como con un hermano, el emigrante que vuelve de la nada o del todo, la meiga satánica o la bruxa que cura el mal de ojo. Todos ellos forman parte de este universo que es Galicia.

El pote simboliza a quien ama la palabra, a quien recuerda aquella Galicia, a quien busca reconocerse en el paisaje y en la memoria, para quien entiende que cada piedra, cada camino y cada recuerdo tienen algo que decir. Porque todo, incluso lo más pequeño, incluso lo que parece olvidado, cabe en el pote de la vida gallega. Sólo queda que lo abramos todos para compartirlo. 

WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

La vida de Fernández Flórez fue una constante paradoja.

Fue un destacado y atentísimo cronista parlamentario, sucedió a Azorín en ABC, y un pionero del cine en España.

Era un dandi conservador que, en sus obras, cuestionaba con ironía la milicia, la iglesia, el caciquismo, la patria.

Empezó a escribir, tras la muerte de su padre, en periódicos de pequeña difusión a los quince años unos artículos muy elogiados por la crítica de entonces. A los dieciocho ya dirigía un diario, lo que muestra su determinación y talento precoz. En este punto, hace muchos años, en un viaje que hice a Ferrol, «un ferrolítico» ―dícese del ferrolano de pro que es capaz de sobrevivir a los vaivenes de la historia naval, industrial y política de la ciudad― me contó que dirigió durante año y medio el Diario Ferrolano, pero como legalmente no podía ejercer ese cargo siendo menor de veintitrés, falseó su fecha de nacimiento para poder asumirlo. Este gesto muestra tanto su determinación como su precoz talento periodístico.

Rechazó las vanguardias literarias, prefiriendo una narrativa clara, directa y eficaz, sin perder profundidad ni frescura.

Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad. «La humanidad trabaja por horror al trabajo, por un afán tenaz y esperanzado de librarse de él».

Su estilo se caracteriza por una ironía aguda, que recuerda a autores como Anatole France o incluso Charles Dickens en su cordialidad humana. En obras como Volvoreta o El bosque animado, se percibe una sensibilidad nostálgica hacia el mundo rural gallego, que contrasta con su visión urbana más desencantada. En 1913, pasó el verano en San Salvador de Cecebre, y quedó tan fascinado por el entorno que volvió cada año hasta el final de sus días. Allí se inspiró para escribir El bosque animado, y hoy su casa en la calle apeadero 14 se ha convertido en museo y centro de interpretación.

Aunque sea tirarme piedras sobre mi propio tejado, le recuerdo una frase que soy incapaz de olvidar por lo que a mí toca: «No debe leerse nunca a un mal escritor, ni aun para desdeñarlo. Siempre hay un grumo de tontería que se pega».

Álvaro Cunqueiro, maestro de la narrativa fantástica y fundidor de lo mítico con lo cotidiano, habló elogiosamente de él. «Es humano, irónico, sencillo y camina con la nostalgia a la espalda. Nos vacuna contra el puritanismo y el intelectualismo, y atiende especialmente a la creación y desarrollo de un espíritu libre, humano e ilusionado. Pero nada ni nadie le librará de su melancolía, su escepticismo y su fantasía».

Llevó con seriedad la etiqueta de humorista, que le abrió las puertas de la Real Academia Española. Se caracterizó siempre por evitar el chiste fácil: «El humorista no es un clown», recordaba con frecuencia. «El humorismo ha de ser la comprensión, un poco bondadosa, del alma humana, con todo lo que hay en ella de dolor y de placer, de virtud y de malicia». Cuando llama al humorismo «la sonrisa de una desilusión», acierta plenamente. Su obra está impregnada de un humor que no busca la risa fácil, sino que revela las contradicciones y absurdos de la sociedad.

De este hombre hay muchísimas anécdotas. En su longeva vida acumuló una ingente cantidad de ellas. La que voy a narrar no es nada nuevo, pero que refleja su humor cáustico y ácido, y que nunca se calló estuviera delante de él quien estuviera.

Detestaba cualquier tipo de festejo o celebración, pero había algunos irrechazables.

En una ocasión lo invitaron a una fiesta de sociedad y no tuvo más remedio que asistir. «Estos compromisos me hacen llorar de risa», sentenciaba él.

La anfitriona, a espaldas de Flórez, para atraer a los dudosos, les dijo que iba a asistir un conocidísimo humorista.

Nuestro escritor se sentó en una silla que había en una de las esquinas de la sala con la intención de pasar inadvertido.

Las señoras, que estaban expectantes, a la par que decepcionadas por su silencio, le espetaron a la cara varias veces que no se le notaba que era humorista.

―¡Venga, hombre! ¡Cuéntenos algo gracioso!

Los desconocidos de la fiesta lo cercaron y clavaron los ojos en su rostro, aguardando que con un chiste rompiera su silencio y su actitud displicente. Con gran timidez, dijo que no, que de ningún modo y que rompiera el silencio otra persona más dispuesta a la broma y al chiste. 

―Es que en la fiesta no hay más humorista que usted, le respondieron con enorme ansiedad.

Entonces Fernández Flórez se puso en pie y dirigiéndose a la mujer «más beligerante» le espetó a la cara con los nervios muy bien templados:

―Señora, ¿cuál es la profesión de su marido?

―Cirujano, y con un prestigio intachable.

―Envidiable profesión, señora. Pues que comience él.

―Mi marido no tiene ninguna gracia, ¡cáspita!

―Es que no le hace ninguna falta. ¿No es cirujano? Pues que le extirpe el apéndice a alguien que aún lo tenga, y después yo haré lo que ustedes quieran. ¿Cómo es eso de que ustedes quieran que sea yo el único que ejerza aquí su profesión? No. No. No. Que empiece otro, ¡rayos!

Flórez volvió a su silla con una gran solemnidad. Nadie lo pudo convencer. Lo que sí consiguió es que lo dejaran en paz. Genio y figura hasta la sepultura. 

LA TRISTE HISTORIA DE ROSALINDA Y EL CHOURIZO DE BASTAVALES

Rosalinda era una mujer gallega que llevaba años intentando aprobar el carné de conducir. Tras 45 intentos, otros tantos suspensos y mil lágrimas, descubrió por fin un método infalible que le permitió aprobar á primeira. El propio director general de Tráfico, desde su despacho de Madrid, la felicitó con un noraboa, muller, y ella sintió que por fin la vida le sonreía, como si estuviera en el Monte do Gozo.

Pero su desconocimiento era grandísimo en el tema de los inventos y no registró el invento, y su marido —conocido como o Chourizo de Bastavales, experto en pufos y demás engaños varios, le robó con todo el descaro del mundo la idea.

A él nunca se le conoció preparación nin trabal/o algún. Vivía de lo que le sacaba a Rosalinda, que se ganaba la vida limpiando escaleras en Compostela. Con lo que le robaba, se iba derechito a la taberna, a gastar en viños, chourizos ao albariño y retranca barata, mientras su mujer sudaba la gota gorda cada día por unas pocas monedas.

El sinvergüenza del marido forrouse vendiendo el método, salió en la TVG y en mil cadenas internacionales, mientras se presentaba como el gran descubridor.

Rosalinda, en cambio, cayó en el olvido más absoluto y se tuvo que poner a pedir limosna en un soportal junto al Obradoiro, pues el dinero de las escaleras no le llegaba, por culpa de las sisas de su marido. Esto lo hacía con la mano extendida y el corazón roto. El mundo entero hablaba del método, pero nadie recordaba que había sido ella quien lo había creado.

Un día, paseando por las rúas de Compostela, Rosalinda se cruzó con su marido. Él, el Chourizo de Bastavales, se hizo o tolo, fingiendo no reconocerla, desviando la mirada como si nunca hubiera compartido vida con ella. Ese gesto fue más doloroso que todos los suspensos juntos.

Pero la historia dio un giro inesperado. Una abogada, apenada por la mala suerte de Rosalinda, llevó el caso de esta mujer ante Estrasburgo, y el Tribunal de Dereitos Cívicos da Terra Galega, con sede en Bruselas, y presidido por el honorable Pepiño do Carallo, dictó sentencia: detención inmediata do Chourizo de Bastavales.

Solo que, para entonces, o Chourizo ya estaba bailando la samba en las playas de Copacabana, con gafas de sol, caipiriña en mano y sin rastro de culpa.

Una periodista de Compostela experta en trapalladas, traiciones e impunidades, se prendió de la historia de una mujer humilde que inventó la llave del éxito y acabó en la miseria, mientras el ladrón de sueños se escapaba entre palmeiras y ritmos brasileiros. Le hizo una entrevista en la radio y el teléfono se bloqueó con relatos de las chourizadas do seu home.

Pero esta periodista se empeñó en que la verdadera historia de Rosalinda se hiciera famosa en toda Galicia y gastó parte de sus ahorros en hacer carteles que colgó por todos los lugares que ella conocía. Estaba empeñada en que el destino de esta mujer diera un giro copernicano.

La injusticia sufrida por la mujer corrió de boca en boca, desde Muxía ata A Guarda, y pronto se convirtió en símbolo de resistencia. Las alfombradoras de Ponteareas, los gaiteros de Ortigueira, los mariscadores de Cambados y hasta los peregrinos que cruzaban o Cebreiro hablaban de ella como «a muller que loitou contra o mundo e non perdeu a alma».

El Concello de Santiago le concedió la Medalla da Terra, y en el Obradoiro, donde antes pedía limosna, se erigió una placa que dice:

Recibió homenajes en la TVG, en la Festa da Dorna, y hasta en el Festival de Cans, donde se proyectó un documental titulado «Rosalinda: a que nunca se rendeu».

Mientras tanto, o Chourizo de Bastavales, bailando samba en Copacabana, se enteró por la prensa de que su nombre había sido borrado de todos los registros. En Galicia, ya nadie lo recordaba. Solo se hablaba de Rosalinda, a nosa heroína, que con escoba en mano y dignidad no peito, había vencido a la traición con la fuerza de su verdad.