«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

VERANOS EN «EL BURGO» DE VEDRA

Hay lugares que no se recuerdan: se sienten. Vedra, para mí, no es una aldea gallega, sino una emoción que se activa con el olor a tierra mojada, con el crujido de una puerta de madera, con el eco de una risa que ya no sé si fue mía o prestada. Y «El Burgo», esa finca que parecía contener todos los secretos del mundo, era nuestro escenario de aventuras, de pactos infantiles, de pequeñas rebeliones que aún hoy me hacen sonreír.

La bodega era nuestro refugio. Oscura, fresca, con ese aroma a vino dormido y piedra antigua. Allí nos escondíamos cuando llovía, que era casi siempre. Jugábamos a ser contrabandistas, alquimistas, monjes con capa de saco. Robábamos uvas con solemnidad, como si fueran hostias consagradas. Y cuando alguien nos pillaba, decíamos que era para ofrendar a la Virgen de las Ermitas, que nos vigilaba desde su capilla con una mezcla de paciencia y complicidad.

El hórreo era otra cosa. Era torre, nave, castillo. Subíamos a él como quien escala el poder. Desde allí se veía todo: los campos, el río, los adultos que no entendían nada. Nos creíamos invencibles, y quizás lo éramos. Al menos por unas horas.

La lluvia, siempre presente, no nos detenía. Al contrario: nos daba permiso. Mojados, descalzos, con las rodillas llenas de barro, corríamos como si el mundo fuera nuestro. Y lo era. Cada charco era un espejo donde nos veíamos eternos. Cada gota que caía sobre la capilla parecía bendecir nuestras travesuras.

Ahora, cuando llueve en Madrid y el asfalto huele a nada, cierro los ojos y vuelvo. A la bodega, al hórreo, a la capilla. A las risas que no pedían permiso. A las tardes que no tenían reloj. Y siento que algo en mí sigue corriendo por Vedra, con el alma limpia y las manos sucias de infancia. 

EL CAMPEONATO DE ZURRAPAS

(Esta narración es absolutamente verdadera. Tiene tintes literarios, ¡cómo es normal!, pero el fondo ocurrió hace ya unos cuantos años).

Jorge y yo, Camay, teníamos ocho años y una clara obsesión, en un principio secreta: las zurrapas.

No eran manchas de plastilina, muy utilizada en otras artes, ni mermelada de La Tejea, exquisita confitura al estilo de la abuela, ni restos de cocina sustraídos con habilidad encomiable.

Eran manchas de excremento adheridas al calzoncillo. Ya éramos independientes en la limpieza anal, pero en ocasiones ocurrían pequeñas desgracias en forma de pequeñas, palpables, traicioneras, a veces redondas, a veces alargadas, siempre inesperadas, manchas de color chocolate.

Y nosotros, cuando nos acostábamos, dormíamos en la misma habitación, en nuestra infinita sabiduría e inocencia infantiles, colocábamos los calzoncillos todas las noches en la madera que formaba el pie de la cama para que nuestras madres los vieran y así hacer un prelavado de carácter privado.

Una noche, Carlos, el mayor, que ya había entrado en los veinte, vio los calzoncillos y las susodichas manchas. Las observó con detenimiento y dedujo que podían ser clasificadas, comparadas, incluso premiadas. Nos retó a ver quién ofrecía al juez de la Audiencia Peregrina, al día siguiente, el mejor palomino.

―Cada uno de vosotros colocará mañana sus calzoncillos en el mismo sitio que hoy, y yo, con una lupa de coleccionista numismático y una cinta métrica de sastre, analizaré con todo detalle vuestras respectivas zurrapas, dijo con voz seria y rigurosa de ujier asistente del juez, después de colocarse en la cabeza a modo de birrete unos calzoncillos limpios. 

A continuación, señaló con suma claridad las bases del concurso: no vale mancharse a propósito, no vale ir a la cuadra de los Pereiro, no se aceptan zurrapas de días anteriores, y la exhibición debe hacerse con discreción después de cenar, en esta habitación y a la misma hora que hoy.

Mi primo Jorge y yo, iguales casi en edad, pero con distintos estilos a la hora de defecar, o «hacer de cuerpo», como decía el electricista que venía a casa a arreglar algún desperfecto del pleistoceno eléctrico que iluminaba nuestra finca, pasamos con una normalidad aplastante el día uno del campeonato. Éramos vigilados por Carlos en los momentos cruciales del día como si formara parte de una cadena de jueces del campeonato olímpico de marcha de cincuenta kilómetros.  

Y llegó la hora del «juicio». Los mayores se sorprendieron de que Jorge y yo quisiéramos acostarnos tan pronto, pero es que el corazón se nos desbocaba por los nervios. La sorpresa fue mayor cuando vieron que Carlos, el primo mayor, no estaba sentado en el exterior de la casa fumándose un cigarro.

Nos metimos en la cama a la velocidad del rayo, como un tren que entra en la estación sin frenos ni protocolo. Tapados hasta la nariz porque el frío húmedo se apoderó de nosotros enseguida, mirábamos continuamente el reloj y echábamos pestes de una tardanza provocada con toda calculada intención.

La escalera de madera crujió repentinamente, prueba latente de que alguien subía. Carlos asomó la cabeza y soltó una sonora carcajada al vernos tapados como si fuéramos dos bocadillos de carne y sábana.

Se colocó a la altura de los pies de las camas marcando una imparcialidad que yo ponía en duda. Es su hermano pequeño, narices. Algo tiene que pesar, barruntaba yo.

Carlos comenzó con gesto muy serio el riguroso examen de las zurrapas, como quien evalúa obras de arte.

―Esta tiene buena forma, pero poco color. Esta otra, coño, parece la firma de Picasso. Volviendo a la primera, observo que tiene textura de yogur de chocolate, pero la segunda no se difumina en ningún momento, muestra un perfil grueso y continuado.  

Nosotros aguantábamos una risa nerviosa, una pudenda vergüenza y un mal entendido orgullo.

―Me ponéis en un verdadero dilema. Las dos coinciden en que son artísticas. La valoración de una viene de la forma, mientras que la otra es brutal.

Carlos, como si estuviera jugando al stop con dos columnas solamente, anotaba en su cuaderno con calificación numérica, las diferentes características de las zurrapas: estética, calidad de la fragancia, originalidad, condensación, persistencia…

Luego supimos que el galimatías de números que tenía en su cuaderno había sido un paripé muy estudiado durante el día.

Carlos fue a buscar a nuestra tía abuela para hiciera de Magistrada Ponente de la sentencia del juez. Todo formalismo. No podía caer en el olvido y debería formar parte de los anales de la finca. Cuca se negó con un rotundo:

―¡¡¡Estáis enfermos!!!

La final fue legendaria.

Carlos traslució sus elucubraciones. Afirmó que estaba todo muy igualado.

―Yo me decantaba por la firma de Picasso. Soy un artista y valoro la dificultad de dicho perfil. Pero el otro, formateado involuntariamente, tiene la forma de Galicia, nuestra tierra. 

―Después de este silencio necesario para poder lo más objetivo posible, he decidido ya la sentencia.

El primo mayor se quedó callado y pensativo unos segundos para crear un ambiente propio de un arbitro analizando una jugada con el VAR en una final europea. De pronto, nos sorprendió con la decisión:

―¡¡¡Empate!!! Pero el verdadero ganador es el intestino de cada uno de vosotros.

Los tres aplaudimos calurosamente, pero sin saber muy bien qué significaba lo que había dicho.

Y aquí estoy yo, muchos años después, narrando el primer combate de zurrapas lleno de vergüenza y nostalgia. De nostalgia, se puede entender; pero de vergüenza, no. Era una auténtica guarrada. ¿Justificación? Era nuestra infancia, nuestra complicidad, y el poder de convertir lo más bajo en lo más alto. Aunque fuera solo por un verano.

Los mayores fueron recibiendo noticias del «campeonato» con una cara de alucinante sorpresa.

Lo primero que escuchó Carlos cuando se sentó con los mayores ―nosotros estábamos acostados― fue un mandato de corte militar:

―¡¡¡Coge esos calzoncillos!!! ¿¿¿Lo has hecho??? Levanta de la cama a tu primo y a tu hermano e inmediatamente los tres laváis los calzoncillos en el pilón. ¡¡¡Ya es tarde!!!

Y cuando nuestros padres fueron informados de los detalles del campeonato, no faltaron las sentencias:

—¡¡¡Eso no son juegos, eso es una inmundicia elevada a categoría!!!

―¡¡¡Habéis denigrado a los jueces!!!

―¡¡¡La mierda no compite, se limpia!!!

―¡¡¡Niños!!! ¡¡¡A ver si os entra en la cabeza que la higiene no es opcional!!!

—¡¡¡Más vale culo limpio que medalla de zurrapa!!!

—¡¡¡Esto no puede salir de aquí!!! ¡¡¡Nadie se puede enterar de esta guarrada!!!

Mientras Carlos, Jorge y yo frotábamos con energía las zurrapas de los calzoncillos, oímos una cadena de carcajadas, que fueron in crescendo hasta alcanzar los parámetros de un ruidoso recreo de adolescentes.

Cuando estábamos comiendo al día siguiente una riquísima tortilla de patatas, nos sermonearon contundentemente los mayores. Después de unas miradas cómplices, negaron terminantemente la explosión de carcajadas que se escuchó la noche anterior tras el campeonato. Jorge y yo, mirando al plato, fingimos un sincero arrepentimiento, pero sabíamos que, en el fondo, aunque no lo dijeran, admiraban nuestra capacidad de convertir lo innombrable en un ritual festivo. 

TU VOZ

(A Compostela, esa mujer que entonces me hablaba muy bajito al oído cada vez que nos encontrábamos en las calles de mi ciudad.)

Deseo escuchar tu voz cada nueva mañana, cada despertar claro, como si mi sangre acariciara con impulso diáfano tu cuerpo mientras nuestros sexos se despedían a los pies de un manantial cálido.

Sumergido en una noche de desmayos e hipnosis, mis manos desnudas tocaban tu cuerpo en el placer de un sueño colmado de fantasmas y realidades falsas.

Me aguijonea desde hace tiempo el verdadero deseo de un posible regreso a tu lado.

Y mi alma, anegada y adornada por la larga ausencia de nuestro último beso, casi sin fuerza y despojada de vida carnal, comienza lentamente en el regazo de la soledad a imaginar. 

EL PÁJARO

En una aldea muy pequeña y muy apartada de las más lejana Galicia moraba hace unos años un cura muy viejiño él, pero con el aspecto físico de un roble, decían quienes lo atendían en sus labores caseras. De este hombre han hablado, y hablarán mucho las lenguas de la comarca. Tenía una afición que los hombres de la aldea no envidiaban en absoluto. Esta afición de la que voy a hablar consistía en darse un baño diario en una curva que hacía el río en las afueras de la aldea. Las aguas están heladas, según los que lo intentaron como avezados nadadores. Una vez y nada más, sentenciaron al unísono. El cura seguía con su costumbre y no lo frenaba nada. Disfrutaba tanto que olvidaba siempre que muy cerca se encontraba el pilón de lavado de la ropa de uso público. Las primeras habladurías fueron las de una mujer que debía de tener el teleobjetivo de las águilas: cuando este hombre nada para atrás parece un reloj de sol. Otras, las que le arreglaban sus prendas sacerdotales se quejaban de que tuvieron que hacer unas sotanas de talla extragrande porque, si las ajustaban demasiado al talle, la feligresía perdía en un instante la devoción cuando hablaban con él en el atrio de la iglesia. El más osado era el cantinero, hombre irreverente y ateo, hablaba de un verdadero diablo entre las piernas.

Este sacerdote tenía como afición la ornitología. Salía todos los viernes, nevara, lloviera o hiciera un sol del carallo, a escuchar, en expresión de Fray Luis de León, la música no aprendida de los pájaros.

Una vez le regalaron un canario que decían que lo proclamaron campeón de España en una prueba que se celebró en Valencia con más de cien participantes. Lo cuidaba, perdón por la blasfemia, como si fuera un santo más de su capilla. En uno de estos cuidados, un día, al levantarse de la cama, notó que no estaba Severino, ya que el silencio reinaba en la casa y se podía escuchar muy bien el sonido de los ratones que caminaban por el fayado de su casa. La jaula, vacía, no volvió a ser la casa de Severino.

Su disgusto y su preocupación fueron tan grandes que decidió preguntar a sus feligreses cuando finalizó la misa mayor del domingo. No quería que «la cosa» cayera en el olvido y se puso a hacer preguntas tipo Hércules Poirot en cualquiera de sus interesantes investigaciones.

De primeras, preguntó que quién tenía pájaro. En este punto se levantaron todos los hombres y alguno de ellos de un modo muy jactancioso. No he hecho la pregunta correcta, comentó muy avergonzado para sus adentros el cura.

―A ver, amigos, a ver. Yo quiero saber si ustedes en estos últimos días han visto en la aldea mi canario, un pájaro muy llamativo y gracioso.

En este punto se levantaron de sus bancos casi todas las mujeres, unas con el rostro colorado por la vergüenza, otras, las que se quedaron en sus asientos, con cierta tristeza y resignación. Tampoco funcionó, y manifestando una aparente ingenuidad, preguntó:

―¿Quién ha visto mi pájaro?

Y como cohetes de bomba triple todas las monjas se pusieron de pie llenas de alegría.

El templo «estalló» en carcajadas.

LA PEREGRINA Y EL BURGO: RECUERDOS DE UNA VIDA

Cuando pienso en mi infancia y en mi adolescencia —la tardía también—, el corazón me lleva inevitablemente a dos aldeas que marcaron mi vida y la memoria de mi familia.

En Bertamiráns, en la finca de la familia de mi madre llamada La Peregrina, se alzaba una pequeña capilla que era mucho más que piedra y cal. Hoy sigue en pie, pero sin culto. Era nuestro rincón sagrado, el lugar donde la Virgen Peregrina nos acogía bajo su manto protector.

Cada agosto, la fiesta llenaba el aire de música, de risas y de devoción. Las campanas repicaban con alegría, y nosotros, niños y mayores, nos vestíamos de gala para honrar a nuestra Virgen. Aquel día era un encuentro de almas, un instante en el que la familia y los vecinos nos fundíamos en una misma emoción, entre el olor a rosquillas y el sonido de las gaitas que hacían vibrar el corazón.

Luego, en septiembre, el camino me llevaba a Vedra, a la finca de la familia de mi padre llamada El Burgo, donde la Virgen de las Ermitas era la protagonista. Allí la fiesta tenía otro sabor, distinto, pero igualmente entrañable. Era como si el calendario nos regalase dos citas imprescindibles, dos paradas obligadas en el camino de la vida. En Vedra, la devoción tenía un tono más desconocido para mí, pero también más íntimo. Recuerdo las procesiones, los cantos, y esa sensación de que cada piedra del lugar guardaba la huella de nuestros antepasados. Era como si el tiempo se detuviese, y nosotros, pequeños y grandes, nos sintiéramos parte de una tradición que nos trascendía.

Estas dos fiestas, la de Bertamiráns y la de Vedra, eran mucho más que celebraciones religiosas. Eran la expresión viva de nuestra identidad, de la unión familiar, de la alegría compartida y de la fe heredada. Cada vez que cierro los ojos, veo las luces de las fiestas, escucho las gaitas y siento el latido de las campanas. Y en el fondo de mi pecho, una gratitud inmensa crece, porque sé que esos recuerdos son el tesoro más valioso que me dejaron mis padres y mis abuelos.

Hoy, cuando regreso de vez en cuando a esos lugares, siento que las capillas siguen hablándome, aunque no tengan culto, que las Vírgenes siguen mirándome con esa ternura antigua, y que cada agosto y cada septiembre son un puente entre el pasado y el presente. Son la memoria viva de mi familia, el recuerdo que me hace sonreír con nostalgia y que me llena de orgullo. Porque allí, entre Bertamiráns y Vedra, aprendí que la fe y la fiesta, la tradición y la alegría, pueden convivir en un mismo latido, y que ese latido es el que nos mantiene unidos, generación tras generación.

Pero hoy, cuando vuelvo a esos lugares, me siento también atravesado por una herida silenciosa: sé que aquellos tiempos no se pueden recuperar, que las risas compartidas y el calor humano que llenaba cada rincón ya no regresarán. Ahora veo cómo la impersonalidad y la indiferencia crecen, cómo mucha gente, sobre todo en la segunda finca, parece ajena a mi presencia, como si la memoria que yo guardo con tanto amor no tuviese ya reflejo en sus ojos. Esa distancia duele, porque contrasta con la intensidad del recuerdo, y me deja con una profunda saudade, con una melancolía que me acompaña y que, al mismo tiempo, da sentido a mi fidelidad a esas raíces que nunca quiero olvidar.

ADDENDA.- El Burgo lo vendimos cuando yo tenía 22 años y, desde entonces, siempre estuvo en manos privadas, circunstancia que me dificultó mucho, teniendo en cuenta además mi gran timidez, su visita; mientras que La Peregrina la vendimos con 33 años y con la noticia de que fue el Ayuntamiento de Ames quien la compró y la convirtió en un espacio abierto a la gente de Bertamiráns para visitarla y realizar actos públicos. A cien metros se construyó una nueva capilla con la «vieja» Virgen Peregrina, que está siempre abierta y tiene culto diario.