En una aldea muy pequeña y muy apartada de las más lejana Galicia moraba hace unos años un cura muy viejiño él, pero con el aspecto físico de un roble, decían quienes lo atendían en sus labores caseras. De este hombre han hablado, y hablarán mucho las lenguas de la comarca. Tenía una afición que los hombres de la aldea no envidiaban en absoluto. Esta afición de la que voy a hablar consistía en darse un baño diario en una curva que hacía el río en las afueras de la aldea. Las aguas están heladas, según los que lo intentaron como avezados nadadores. Una vez y nada más, sentenciaron al unísono. El cura seguía con su costumbre y no lo frenaba nada. Disfrutaba tanto que olvidaba siempre que muy cerca se encontraba el pilón de lavado de la ropa de uso público. Las primeras habladurías fueron las de una mujer que debía de tener el teleobjetivo de las águilas: cuando este hombre nada para atrás parece un reloj de sol. Otras, las que le arreglaban sus prendas sacerdotales se quejaban de que tuvieron que hacer unas sotanas de talla extragrande porque, si las ajustaban demasiado al talle, la feligresía perdía en un instante la devoción cuando hablaban con él en el atrio de la iglesia. El más osado era el cantinero, hombre irreverente y ateo, hablaba de un verdadero diablo entre las piernas.
Este sacerdote tenía como afición la ornitología. Salía todos los viernes, nevara, lloviera o hiciera un sol del carallo, a escuchar, en expresión de Fray Luis de León, la música no aprendida de los pájaros.
Una vez le regalaron un canario que decían que lo proclamaron campeón de España en una prueba que se celebró en Valencia con más de cien participantes. Lo cuidaba, perdón por la blasfemia, como si fuera un santo más de su capilla. En uno de estos cuidados, un día, al levantarse de la cama, notó que no estaba Severino, ya que el silencio reinaba en la casa y se podía escuchar muy bien el sonido de los ratones que caminaban por el fayado de su casa. La jaula, vacía, no volvió a ser la casa de Severino.
Su disgusto y su preocupación fueron tan grandes que decidió preguntar a sus feligreses cuando finalizó la misa mayor del domingo. No quería que «la cosa» cayera en el olvido y se puso a hacer preguntas tipo Hércules Poirot en cualquiera de sus interesantes investigaciones.
De primeras, preguntó que quién tenía pájaro. En este punto se levantaron todos los hombres y alguno de ellos de un modo muy jactancioso. No he hecho la pregunta correcta, comentó muy avergonzado para sus adentros el cura.
―A ver, amigos, a ver. Yo quiero saber si ustedes en estos últimos días han visto en la aldea mi canario, un pájaro muy llamativo y gracioso.
En este punto se levantaron de sus bancos casi todas las mujeres, unas con el rostro colorado por la vergüenza, otras, las que se quedaron en sus asientos, con cierta tristeza y resignación. Tampoco funcionó, y manifestando una aparente ingenuidad, preguntó:
―¿Quién ha visto mi pájaro?
Y como cohetes de bomba triple todas las monjas se pusieron de pie llenas de alegría.
El templo «estalló» en carcajadas.

Buen pájaro estás tú hecho
Me ha gustado mucho. Así mismo es exactamente. 👏 👏