«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

LA PERRA DE SIETE VIDAS

Todo el mundo sabe que el perro simboliza la fidelidad y la lealtad y que en muy pocas ocasiones aparece con una significación malvada y envilecida.

―Alguna vez tenía que ser, dijo el tío Filoso. Además, eso es porque no conocieron a Milucha, ¡demonio de perra!

Cierto es que el tío Filoso no estaba muy de acuerdo con esa premisa. Contaba él que, cuando era más joven, en la casa de A Maía, había una perra pequerrechiña que tenía unas aviesas intenciones jamás conocidas en la aldea.

―Es una sinvergüenza, una desalmada. ¿Sabes lo que me hizo ayer? Se lanzó como una endemoniada desde el desván donde estaba escondida hacia mi tobillo izquierdo y me dio en él un mordisco del carajo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro.

Su sobrino mayor lo escuchaba sin apenas mudar el color, pues conocía muy bien sus artimañas.

―Eres peor que ella, Filoso. Como dice el rapsoda de A Maía, no es mala, es intensa. No muerde por odio, sino por exceso de entusiasmo. Su ladrido no es amenaza, es poesía en clave canina.

―No digas eso, Carlos; que yo sólo me defiendo de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón.

―¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el culo un cigarro encendido?

―¡Como no lo voy a recordar! Ese día me reí a carcajadas. ¡Dios, cómo corría la astuta por la era! Semejaba un cohete de feria. Y gruñía como un dragón medieval.

―No la juzgues por sus gruñidos. Escúchalos como quien escucha una canción en una aldea con un mensaje oculto.

―Sí. El otro día mantuve una conversación con Maximino. ¡No sabes cómo bailaba de joven la muiñeira! Y me dijo que los perros no hacen gamberradas, que son un escudo contra todo aquello que no les gusta.

―Y tú, Filoso, reconoce que no la dejas en paz.

Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie la compró. Apareció por allí como una peregrina sin destino y como había comprobado que allí había alimento de vez en cuando, una golosina, pues decidió quedarse. Pronto surgieron los problemas con los miembros más jóvenes de la familia. Al cabo de unos meses, tras mordiscos, arañazos en todos los tobillos, robo de calcetines y meadas en lugares intempestivos sólo se llevaba bien con doña María, la matriarca de la familia, que le daba siempre cobijo en su regazo como si fuera una niña.

Cuando veía a algún niño, salía a toda velocidad hacia un banco de piedra que había en la capilla y allí se escondía llena de miedo. Desde ese rincón, observaba con curiosidad a los niños y esperaba que llegara el momento justo en el que uno de esos niños se sentaba en el suelo a su lado, sin prisas, y le ofrecía una caricia sin exigencias. Porque incluso las perritas más gamberras como Milucha tienen su propio ritmo para confiar en los demás. Especialmente después de la última gamberrada.

Era una tarde tranquila, mientras la casa respiraba siesta y silencio después de comer. Milucha decidió que los cojines del sofá no estaban cumpliendo su función estética y con sigilo de ladrón de guante blanco y mirada de estratega, los arrastró hasta el pasillo. No contenta con eso, los desmenuzó como si estuviera limpiando una merluza: plumas por el aire, tela hecha jirones, y ella en medio del caos, con la lengua fuera y el pecho henchido de orgullo.

Cuando la familia se desperezó, ella se sentó sobre los restos como quien presentaba el último récor Guinness. Ni rastro de culpa. Solo la certeza de haber conseguido lo que ninguno de los pequeñajos del casero se había atrevido a hacer.

La tía María es la única que la defendió la «penúltima vez» cuando convirtió un jardín en círculo alrededor de la fuente de piedra de la era en una pateada plaza de toros.

―¡Pero, Cuca, que ha destrozado el jardín!

―¿Y qué? El jardín volverá. Pero esa chispa en los ojos… eso es vida. Y la tía María acariciaba a la perrita, que se escondía acobardada tras las cortinas del cuarto de estar.

―Yo también fui gamberra. Y mírame, aún me invitan a misa.

Una mañana bien temprano, cuando todavía la falta de luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover «la de Dios es Cristo» el tío Filoso se apostó sin decir ni hacer nada de ruido, detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo poder ver todos sus movimientos y… ¡Ya veríamos entonces! Para estas cosas las pocas fuerzas que tenía se insuflaban de energía como un joven militroncho haciendo guardia.

Después de comer, se despidió y justificó un gran cansancio para dar una vuelta por la finca y luego dormir la siesta en su dormitorio. Todo fue como él había planeado. La perra, también cansada por todas las carreras que se había dado por la finca, apareció en su habitación muy modosa, como queriendo hacer las paces, pero Filoso se lanzó sobre ella y cuando la tuvo bien asida por el rabo, salió zumbando hacia el mirador que había en la parte alta de la finca sin que nadie lo viera.

Llegado al mirador, la volvió a trincar bien por el rabo y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar fuerza y así poder lanzarla lo más lejos posible. La perra gruñía cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible no fueran a sorprenderlo en la más hiriente de sus venganzas. El vuelo libre de Milucha duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un tambullón, y acompañado de tres o cuatro descuidados gruñidos llenos de dolor.

Filoso pasó una tarde tranquila como pocas, ya que no había ni sombra del animal. Nadie preguntó por la perra. Feliz como un niño en su Primera Comunión cenó un buen plato de sopa y una muy bien hecha tortilla de patatas. Para sorpresa de todos, esa noche no hubo televisión ni nada. Todo el mundo en silencio. La perra no apareció por ningún lado. A la cama se fue Filoso, a seguir leyendo Los diez negritos. Subió las escaleras muy dinguilendeiro. Pero la alegría, como en la casa de los pobres, le duró muy poco. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y asqueroso cerollo de Milucha.

―¡Mierda! Ya lo dije yo, esta perra tiene siete vidas como los ghatos. ¡Carajo! La infravaloré. Bien, mañana vuelta a empezar. ¡Bueno es saber que sólo le quedan seis! ¡Qué mañana, esta misma noche! Y desde no se sabe qué escondite de la finca la perra Milucha parecía sonreír la muy festeiramente

ENCUENTRO CON LA REINA LUPA EN EL PICO SACRO

Subí solo, como quien busca una respuesta que no se puede formular. El Pico Sacro me esperaba con su silueta de tierra antigua, su aliento de leyenda. El viento soplaba como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Yo tampoco.

La noche había caído sin ruido, envolviendo el monte en una penumbra azulada. Entonces la vi. No sé si apareció o si siempre estuvo allí, esperándome. La Reina Lupa, vestida con un manto de niebla, con los ojos encendidos como brasas que no se apagan. No era joven ni vieja. No era humana ni bestia. Era ella, la que traicionó a los discípulos, la que custodia secretos bajo tierra, la que conoce el lenguaje de los lobos.

No dijo mi nombre, pero lo pronunció con la mirada. Me acerqué como quien se acerca a un fuego que no quema. Su piel tenía el olor de la tierra mojada, del musgo antiguo, del deseo que no se atreve a decirse. Me tocó la cara con una mano que parecía hecha de viento. Y entonces habló, no con palabras, sino con memoria:

—Has venido a buscar lo que no se puede encontrar. Has venido a amar lo que no se puede poseer.

No respondí. No podía. Ella se acercó más, y el monte entero pareció inclinarse hacia nosotros. Nos besamos como si el tiempo no existiera. Como si el mundo fuera solo ese instante. Su boca sabía a leyenda, a traición, a redención. Me abrazó con la fuerza de quien ha esperado siglos. Y yo me dejé llevar, como quien se entrega a un destino que ya estaba escrito en las piedras.

El Pico Sacro nos envolvió. El viento dejó de soplar. Los lobos callaron. Solo nosotros, en medio del monte, éramos reales. O quizás no. Quizás fue sueño. Quizás fue delirio. Pero desde entonces, cada vez que subo al Pico, siento su presencia. Y cada vez que cierro los ojos, vuelvo a besarla. 

LA PLAYA DE RODAS EN LAS ISLAS CÍES

La playa de Rodas, situada en las Islas Cíes, es una de las joyas naturales más impresionantes de Galicia y, según muchos, del mundo entero. Con una forma de media luna perfecta, esta playa se extiende a lo largo de más de un kilómetro, uniendo las islas de Monteagudo y del Faro en un abrazo de arena blanca y finísima que brilla al sol como si fuera nieve cálida. Sus aguas, de color turquesa y sorprendentemente transparentes, evocan paisajes caribeños, aunque con una frescura atlántica que despierta los sentidos.

Bañarse en una playa de aguas limpias y arena blanca fina es una experiencia transformadora. Al sumergirse en el agua cristalina, se siente la frescura que acaricia la piel, mientras las olas suaves invitan a jugar y relajarse. El sol brilla en el horizonte, creando un juego de luces sobre la superficie del mar. La sensación de la arena fina entre los dedos de los pies proporciona un confort especial, conectando cuerpo y tierra. El murmullo de las olas, el aroma salado del mar, el vuelo pausado de las gaviotas y la luz que rebota en las aguas crean una experiencia sensorial única.

Este entorno natural es un refugio para el alma, donde el sonido del mar y la brisa suave ofrecen una serenidad incomparable, convirtiendo cada baño en un momento de puro gozo. El entorno, protegido, garantiza la conservación de su biodiversidad y belleza virgen. La playa está rodeada de naturaleza casi intacta, con rutas de senderismo que llevan a miradores espectaculares y calas escondidas, perfectas para la contemplación o el descanso.

Este paraíso gallego ha sido reconocido como la mejor playa del mundo, destacando su belleza salvaje y el equilibrio entre acceso y conservación. Rodas no es solo un lugar para tomar el sol o bañarse: es un espacio de encuentro con la naturaleza, con la memoria del mar y con la identidad atlántica que define Galicia. 

LA MÚSICA BAJA DE ARANJUEZ

Ya me había hablado alguien de mi familia hace tiempo de Rafael Rodríguez, el Peideiro. Aquel hombre que vivía en la villa de Aranjuez en una casita conocida como La pedorreta, y que se casó con una mujer sorda, pero que sabía muy bien cómo hablaba su hombre tirando por lo bajo.

―Seré sorda, pero los otros sentidos, y se tocaba la nariz, los tengo más que desarrollados, especialmente el olfato, comentaba ella después de veinte años de vida en común.

Este hombre era un gran aficionado al fútbol, y siempre que viajaba a Galicia a saludar a la familia no dejaba de acercarse al campo de As Pateiras de Bertamiráns a ver algún partido.

En esta ocasión coincidió con la final del trofeo de La Peregrina y en las repletas gradas había unos quinientos seguidores, que cantaban, silbaban y abucheaban a los jugadores que, ya fueran los de casa o los del equipo rival, rumiaban un resacón de órdago. Unos, los más jóvenes, profiriendo cualquier insulto que se les pasaba por la cabeza; otros, los más veteranos, preferían centrar todos sus insultos en la figura del árbitro, que, según ellos, olía a vino que aturdía.

―No suda agua, carallo, suda vino y aguardiente, decía el seguidor más «experimentado» de la grada principal; y que, por tal motivo, exigía que se le permitiera decir cualquier cosa.

―Tengo más antigüedad que tu abuela, le decía al presidente del club, que peinaba unas alborotadas canas, reflejo de una noche de farra y esmorga.

El presidente, conocido como Ventolín, porque no hacía nada más que soplar de una petaca que tenía escondida en una chaqueta multicolor, habló antes del partido con el árbitro y los linieres para que no hicieran ninguna barrabasada.

―¿O no te acuerdas del penalti que pitaste cuando el delantero rival se tiró en el área como Mark Spitz, el nadador que ganó en Múnich 72? Si hay caghada, para nosotros y le regaló una botella del orujo que fermentaba en su casa.

―Aviñado, esponja, trinqueteiro, borrachuzas, carpanta, chiqueteiro… Le chillaban. Todos ellos sinónimos populares de borracho.

―Cuando corres das más bandazos que el arado del demonio cuando huye de la Virgen Peregrina.

―Duerme la mona, carallo, duerme la mona antes de venir a arbitrar.

Decían los amigos que Rafael, con los años de matrimonio y la alegría conyugal, engordó muchísimo. Algunos insinuaban que llevaba el colchón antibalas incorporado para evitar las agresiones. Tenía una barriga muy generosa, como un depósito estratégico de provisiones, que se movía rítmicamente cuando caminaba por la calle.

―Rafaeliño, tienes que adelgazar, que ya no puedes abrochar los cordones de los zapatos, le decían con un hablar amistoso. Pareces un museo andante de recuerdos gastronómicos.

Rafael, «apisonadora de las fiestas», rezaba un cartel en la puerta de la casa de sus parientes.

Aún no se olvida en la aldea lo que aconteció hace unos pocos años. Fue una anécdota que nadie ha olvidado. Algún blasfemo dijo que había que pedir la santidad para Rafael.

En el último minuto del partido, por tradición festiva, el árbitro volvió a pitar penalti cuando el equipo de casa ganaba por uno a cero. El campo quedó en silencio absoluto. Mientras el delantero rival esperaba la señal del colegiado para tirar la falta máxima, nadie hablaba en las gradas. El silencio y la tensión se podían palpar y cortar con un cuchillo. Mas en el momento en el que el nueve foráneo fue a golpear el balón, en ese mismo instante, bramó, mejor dicho, rebramó, en las gradas una ventosidad tan descomunal como «la música» de un huracán. Y claro, el delantero falló y mandó el balón a un pinar próximo al campo.

La gente comenzó a hablar aturdida y llena de un gracioso alelamiento que no podía controlar:

―¡Dios! ¿Qué fue eso?

―¡Han liberado al preso!

―¡Confesión, es el fin del mundo!

―¡Libertad!

―¡Generoso!

―¡Vaya firma sonora!

―¡Qué viene el lobo!

―¡Un médico!

―¡Este hombre va a morir!

―¡Viva la homeopatía!

―¡Ya tenemos himno!

―¡Hiroshima! ¡Nagasaki!

―¡Monja y cura juntos, carallo!

―¡Ya tenemos gas natural!

―¡Qué nos bajen el recibo!

―¡Ya tenemos orquesta!

―¡Y dicen que no había cultura!

―¡Qué viene el cambio climático!

―¡Presidente, notificación inalámbrica!

―¡Vaya contraseña!

Y no sé cuántas caralladas más.

Hasta un hombre comentó que este pedo superó claramente, y con grandísima diferencia, al que se había tirado en el Senado el señor Cela, amante de lo escatológico, en la época de la Transición y seguidor de Quevedo que dijo: «el pedo es vida, porque hasta el Papa se lo tira». Cela lo negó argumentando que él era, como todos los españoles, pedorro domiciliario y no pedorro transeúnte.

Rafael sonrió con doble satisfacción. Por un lado, liberó el gas retenido en su barriga, y, por otro, ayudó al Bertamiráns a ganar el trofeo de La Peregrina.

Los más niños reían de la sonoridad de este hooligan de la música baja, y algunos chicos intentaron valientemente llevarlo a hombros hasta el palco de la fiesta para que allí lo homenajeara la aldea. Alguien con muy buen tino lo evitó porque, dijo, como se le escape otro, manda a los chavales a Cuba.

El caso es que este trofeo pasó a llamarse, según los más acérrimos futboleros, O Cheirosiño; y la primera peña que tuvo el Bertamiráns, con motivo de esta generosa acción, se bautizó con el nombre de La música baja de Aranjuez. No hay constancia escrita de este hecho. Que yo sepa, este es el único sonoro trofeo que muestra el club en sus vitrinas. 

DOÑA ERNESTINA «LA GENERALA»

No hay familia que no presuma, si quiere hacerlo, de que alguno de sus antepasados participara en determinados conflictos religioso―políticos o paraculturales. Todos, cuando miramos hacia nuestros ancestros, imaginamos a alguno de ellos, para eso están las leyendas familiares, bien conspirando en algún cenáculo de corte libertario, bien sabiéndose privilegiado observador de las intrigas más eminentes de la vida cultural de la ciudad o pueblo en el cual le tocó en gracia vivir. En estas circunstancias, yo tengo que hablar de doña Ernestina «la Generala», mujer de armas tomar, que fue, durante unos cuantos años, el figurón más destacado de la provinciana, por entonces, Compostela. Para hablar de esta mujer nos tenemos que situar en los últimos años de Isabel II y en los conocidos tiempos de la Gloriosa. (Isabel II, reina de España (Madrid, 1830―París, 1904), hija de Fernando VII. Bajo su reinado sufrió el 18 de septiembre de 1868, por sus veleidades con los poderes más reaccionarios, la revolución denominada la Gloriosa, por lo que tuvo que instalarse en París. Después de varios intentos para forzar su restauración, abdicó en su hijo Alfonso el 25 de junio de 1870).

Esta mujer nació, vivió y murió en la casa más bonita y hermosa de la rúa Nova compostelana: soportal de tres arcos, cuatro luces, una fachada de una piedra labrada primorosamente y, para finalizar, una escalera majestuosa y señorial. En el frente de la casa, cuatro imponentes escudos entallados en el siglo XVIII, tiempo en el que se erigió la aristocrática casa. Doña Ernestina resumía en su sangre todas las vicisitudes de la nobleza gallega: rivalidades feudales, rencores familiares, odios heredados e incomprensiones de cualquier clase, que se resolvieron cuando sus padres se casaron, dicen que para hacer las paces de un pleito secular que afectaba a las dos familias.

―De nacer hombre, sería un glorioso militar, afirmaba ella misma extrañando el «bigotazo» que tendría en la dicha circunstancia.

Pero como no fue así, tuvo que conformarse con montar unas terribles y descomunales peleas en su entorno. Cierto es que de todas siempre salía ella como gran triunfadora. Estaba en una edad en la cual disfrutaba de cada éxito obtenido y se burlaba con obscenidad de la persona que había sufrido la humillación. Por desgracia para ella, aunque muchos lo dudaron en Santiago, su marido y su hija murieron muy pronto. El vacío que dejaban en casa era significativo, pero, como las dotes de mando eran inagotables, conservó en su casa los mismos sirvientes que cuando eran tres los habitantes de la misma.

―Yugo y vara, es mi lema con esta chusma; arengaba a su hija cuando era muy pequeña y veía en ciernes una excelente generala. Su intención era preclara: no debía alejarse lo más mínimo del camino recto y derecho de la estricta rectitud moral y emocional. Como en un principio sus dotes dictatoriales no salían del ámbito doméstico, el servicio, como decía ella, estaba harto de sus amonestaciones y sermones, pronto se convenció, para alegría de sus sirvientas, de que debía proyectar sus decretos de limpieza ética en alguna otra faceta de la vida de su ciudad.

―¡No se puede tirar por la borda una capacidad como la mía! Si me dejaran, yo los metería en cintura a la voz de ya y les pondría unas buenas y rígidas cinchas a esta manada de ateos oportunistas y librepensadores. Pensó que el terreno religioso―social era el más apropiado. De ahí que fundó y, ¡cómo no!, presidió durante años la «Asociación de damas carlistas». No conforme con esto, se hizo cargo de la dirección de las siete cofradías más importantes de la ciudad; por lo cual su poder iba desde la provisión de una canonjía vacante hasta colocar cuando ella quería a las jóvenes de la zona de Ribadavia en casas conocidas y de buena fama. (Ribadavia: localidad a 25 kilómetros de Santiago, en la provincia de Ourense. Capital de la región vinícola del Ribeiro. El último sábado de agosto se celebra en esta localidad la Fiesta de la Historia. Declarada de Interés Turístico Nacional. Por un día, la localidad se sumerge en la Edad Media vistiendo cómo se vestía en la época y representando la historia de la localidad, antigua capital del Reino de Galicia por un día. La moneda oficial utilizada es el marabedí. Es de visita obligada el castillo de los Condes de Sarmiento, construido en el siglo XV). De esta forma tan humana, se garantizaba disfrutar de la información más secreta y pudorosa de sus convecinos, que tantos golpes de pecho se daban en la próxima iglesia de Santa María Salomé. Esos conocimientos de la vida personal eran un punzante y letal aguijón que clavaba ella en la reputación del paisano que osara mancillar su limpio nombre o poner en entredicho su autoridad. Con un sólo gesto, ella confirmaba o bien tiraba por tierra cualquier «runrún» que se expandiera por la ciudad sin su sagrado consentimiento.

―¡Quien controla la intimidad del vecino, tiene la sartén por el mango! Si sabes cómo se comporta en lo personal, lo podrás desnudar sin piedad en público y mostraba una sucia dentadura, penitencia que debía soportar, decía ella, por un liviano y irreflexivo error de juventud. No quería pisar ni por asomo la consulta del doctor Mendes, porque decía que podría poner en práctica algún rito oculto para disolver su proverbial poderío, ya que lo vieron ―sic― procesionando con la nocturna Santa Compaña, leyenda que consiste en la aparición de una fila de encapuchados fantasmales cuya función no es otra que la de visitar o poner en aviso de una futura defunción. 

La asistencia o no invitación a sus bailes anuales suponían el empellón definitivo o la postergación más absoluta de una familia en sus claros deseos de integración social. Tenía la potestad de hacer y deshacer noviazgos, siempre pensando en el buen decoro de la respetuosa ciudad. Muchas jóvenes que, por su culpa, quedaron para vestir santos, la detestaban con asco y desprecio. Eso sí, siempre en silencio.

―Y se me detestáis, hacedlo con la palabra del mudo, guardando vuestra ira en vuestras entrañas y en absoluto silencio, como hago yo con mis almorroides, nombre inventado por ella para designar la majestuosa y solemne dolencia que sufría desde la adolescencia. Mis tías cuentan que sus intervenciones en las fiestas del casino de Santiago, rompiendo parejas de baile, hicieron época. También se empleó a fondo en la censura de estrenos teatrales, pues ella pensaba que era la persona idónea para decidir qué obra se ponía en cartel y cuál no. Por ejemplo, Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas no se representó en Compostela gracias a ella. (Don Álvaro o la fuerza del sino de Ángel Saavedra, duque de Rivas (1835), el gran drama romántico español. En relación a Don Juan Tenorio de José Zorrilla se podría aplicar el siguiente dicho gallego: el río Sil lleva el agua y el Miño, la fama). Había que verla cómo alardeó de su gran hazaña durante meses en los múltiples confesionarios de la catedral hasta que un sacerdote recién llegado le dijo que mostrara algo de humildad, calidad que no conocía en absoluto.

Hasta que un día se equivocó gravemente. Intentó censurar la ópera La Traviata de Guiseppe Verdi basada, según ella, en la inmoral y licenciosa La dama de las camelias de Alejandro Dumas. (Alejandro Dumas (hijo) narra en su novela La dama de las camelias (1848) la historia de Margarita Gautier, una cortesana del París decimonónico, que se siente redimida de su pasado por el verdadero amor que le profesa Armando Duval, un nuevo miembro de la alta burguesía provinciana, y decide retirarse con este último al campo. Gautier espera disfrutar del amor verdadero durante los últimos días de su vida, ya que no considera la posibilidad de poder superar la terrible tuberculosis que la afecta). En esta ocasión lanzó todos sus poderosos e influyentes tentáculos sobre el empresario del teatro, los actores, el arzobispo y demás autoridades y fuerzas vivas de la villa. Pero nada. La obra se representó varias veces y siempre a teatro lleno. No consiguió prohibirla. Fracasó estrepitosamente. Sumergida en una vergonzosa humillación, decidió alejarse del ambiente social a su pazo de Ribadavia, en una especie de mal entendido exilio interior voluntario.

―Así me lo pagan estos cafres incultos e ignorantes, devotos del más perverso de los dioses del cenáculo romano. Ya me echarán de menos y me vendrán a llorar. Entonces, los pondré la cada uno de ellos en su sitio. ¡Por estas y por Dios bendito!, blasfemaba a cada vez más repoluda mujer.

Pero nada de eso ocurrió. Todo el contrario. La villa creció en muy valorada libertad y caralludo jolgorio. Débil y muy enferma, regresó poco antes de morir a su casa de la rúa Nova. Quería morir como una señora, en la ciudad que la vio nacer, y no en un pueblito de mala muerte, como denominaba ella a la histórica Ribadavia. O sería, lo más lógico según ella, para que todos los estómagos agradecidos de Compostela asistieran a su entierro y la reconfortaran en su muerte, hecho que no supieron hacer en vida.

Durante muchos años se habló en la ciudad de la fastuosidad del cortejo que recorrió el trayecto que separa la antigua rúa do Bico Novo del cementerio del Rosario. Llevó mucha gente de Dios. Así manifestaban algunos compostelanos de pro el tumulto congregado. Las lenguas venenosas, que, como las meigas, haberlas las hay, decían y contaban que la mayoría de los asistentes se acercó al camposanto para comprobar in situ que esta mujer estaba muerta y bien muerta. Mis tías hablan de que cómo les contaron detenidamente que uno de los concurrentes a su inhumación lo hizo por tal motivo, así lo certificó públicamente en el casino cuando fue requerido para tal hecho. Las dudas sobre su verdadera desaparición latían en los pechos de los más incrédulos y blasfemos agnósticos. Hasta, aseveran, que se lo hicieron jurar por la fe de los pecadores ―sic―.

―Bicho malo nunca muere, murmuraba muy bajo uno de los vecinos más beligerantes en la juventud de la Generala.

―Al muerto que no está presente, la vela no se le enciende; sentenció un buen hombre que portaba un grano cirio en su mano derecha para que lo pusiera al pie de la sepultura por orden expresa de su devota y correligionaria esposa y de ese modo certificar su muerte ¡Qué por mí…!

―No hay cosa peor que un muerto vivo, culminó el más experto y aguerrido de los enterradores del cementerio, mientras echaba sin descanso palas y palas de tierra sobre el féretro de doña Ernestina. La incrédula gente abandonó el lugar cuando los sepultureros dieron por finalizado su «santo trabajo» y pudieron comprobar que allí, sobre el féretro de la Generala, había más tierra que la extraída de las minas de Almadén. A muller que morrera onte / deixou moito caldo na pota, / comamos, amigos, comamos, / non sexa o demo que volva.