«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

EL SUPOSITORIO DEL CARDENAL

En todos los tiempos de nuestra historia hay ingentes ejemplos que nos llevan a afirmar que no hay servilismo sin interés. Los que «fachandean» de poder siempre tienen en su alrededor a personas que los alaban de buen grado, en algunos casos hasta límites insospechados. Será porque ellos, antes de alcanzar las altas cumbres del mando, hicieron de una manera «cuspidiña» lo que otros están ahora teatralizando en su cara. La adulación es un arma de doble hilo. Paul Valéry decía que cuándo alguien te lame las suelas de los zapatos, le debes colocar el pie encima antes de que comience a morderte. Pues eso. Algún día ese meloso adulón que te mareó con elogios ocupará tu lugar porque el hombre que encaja sin protestar la adulación es un hombre indefenso. Dicen los más críticos y despiertos que cuando ven a un agobiante piropeador besando con flores el suelo de su jefe lo siguiente:

―Ya verás como dentro de poco tendrá un cargo en el que meter bien la mano o con el que cometer abusos blandiendo su imparable zarpa.

―Ese no echa elogios sin limosna, dirá otro.

Estos comentarios escuchados en cualquier lugar de trabajo reflejan la realidad de esos personajes que sólo piensan, como dije, en besar el suelo que acaba de pisar su amo o bien limpiarlo y darle brillo para que sus zapatos no se ensucien. Nadie hay más peligroso que ese tipo de personajes. Hacen la finta más prodigiosa cuando se ponen como objetivo un cargo al que aspirar a toda costa. También existen los «loanceiros» ignorantes que piensan que con su verbo y su común desfachatez lograrán en la vida todo lo que se pongan como objetivo. Unas veces, mantenerse en el cargo simplemente; otras, impedir que los justos aspirantes, porque tal vez ganaron unas elecciones, lo quiten de en medio.

―Esa entrepierna es mía, decía un procaz, desaprensivo y grosero analfabeto en el «furancho» de don José cuando veía a una mujer que le gustaba. Habituado a ver a su alrededor ese «mamoneo de tiralevitas» y obsequiosos pelotas entre las autoridades, él pensaba que «tenía derecho» y que con una cadena de elogios lograría su objetivo.

Eran unos hombres de principios del siglo XX que creían que con manifestar únicamente su deseo alcanzaban la meta sobradamente.

―«Pétame moito», carajo, «pétame moito», decía mientras bebía la penúltima taza de Barrantes, nunca la última, antes de caer en una profunda somnolencia vitivinícola.

―Es guapa, apuesta, rumbosa y gallarda. Nada que ver con las otras mujeres de la aldea. Y tornaba a su habitual modorra somnolienta.

Este es un claro ejemplo de la adulación mal entendida, porque el beodo era incapaz de lanzarle el más inocente de los elogios cuando veía a su novia sachando en la huerta que presidía su humilde casa.

Como podemos ver hay diferentes modelos de adulación, pero nosotros nos vamos a quedar con aquellos que sólo buscaban perpetuarse en el cargo elogiando la diestra y la siniestra a las cuatro o cinco caciques que, por entonces, se llamaban «fuerzas vivas de la aldea» y otorgaban los cargos a dedo.

Estos «lambecús o lambeconas» forman parte de la historia de nuestras ciudades, pueblos y aldeas de cualquier región de nuestra extensa geografía.

La ciudad de Santiago, desde hacía muchos años, era regida por un hombre al que llamaban, como dice el título de este cuento, «El supositorio del cardenal».

¿La razón? Muy sencilla. Estoy hablando de una época en la que en Santiago mandaban los curas «la de Dios». Todas las fuerzas políticas y sociales (el alcalde, el presidente del casino, el farmacéutico o el rector de la universidad) sólo deseaban una cosa: no escuchar los gritos de su eminencia. Cuando su eminencia chillaba, ¡ay!, ¡mi madre!, temblaba la Berenguela y les temblaban las piernas a los regidores de la ciudad como si fueran hojas sacudidas por un viento tempestuoso.

Los cuatro mandamases de la ciudad nombrados anteriormente escuchaban plácidamente el doblar de las dos campanas compostelanas mientras temían el bufido del cardenal cuando «explotaba» en su despacho. Bien por leer en el periódico del día un artículo anticlerical, por una información hiriente sobre sus famosos almuerzos o por no saber sus acólitos exprimir bien a los feligreses de la villa cuando recibía en una hoja la pequeña suma de las limosnas recogidas en la semana.

De este modo, y para evitar los bruñidos de su eminencia, el Sr. Alcalde, un pseudoliberal con ciertos zarpazos anticlericales, decidió acompañarlo a todos los actos oficiales de la villa, ya fueran civiles o religiosos. Él, en persona, le explicaría detalladamente todos los entresijos del acto correspondiente, y así desharía cualquier percance que le sorprendiera (eufemismo de enfadar) al purpurado. Sudaba los siete mares el regidor civil de la villa corriendo de un almuerzo de damas viudas en un restaurante tras San Martiño Pinario a una misa funeral en la iglesia de la carballeira de Santa Susana. Devoró más credos, salves y padrenuestros que la más devotas de las feligresas que hacían guardia en la capilla del Santísimo. Cada vez más delgado el alcalde, como un chincho (jurel pequeño) y cada vez más obeso y «atouciñado» su eminencia. Los dos hombres no eran proporcionales, eran como el punto y la i, eran una antítesis quevedesca hiperbolizada. Las risas eran abundantes entre los restantes comensales o asistentes a cualquier acto porque le crecía la barriga como la de un mastodonte a uno y se encogía como una lombriz el otro. Las fotos de las ceremonias siempre eran iguales: detrás del voraz comilón y coloradote cardenal iba un pequerrechiño y falto de vida alcalde que, para no enfadarlo, se ponía incluso en el culo de su eminencia.

Cuentan, aún siguen hablando de eso, en el furancho de don José, que de tanta empanada de bonito, de tantas sardiñas con cachelos, de tanta tarta de Santiago, de tanto dulce de chocolate y de tanto opíparo almuerzo alcanzó la memorable cifra de quince días sin obrar el señor cardenal.

Esa misma lengua anónima, entre carcajadas, juró que su mujer vio escondidos en un maizal al cardenal abierto en canal y al señor alcalde, camuflado con un oscuro paño. Jura la mujer que estaba el señor alcalde introduciéndole un supositorio de glicerina que habían elaborado de modo artesanal, por el tamaño que precisaba el prelado, en la botica de la villa. El regidor estaba sentado un tanto apartado para no ser manchado por lo que sería la brutal liberación purpúrea. A su vez rezaba el alcalde, no podía enterarse nadie en el casino de sus oraciones, para que no tuviera que repetir la operación. Ya llevaba embutidas cual morcilla burgalesa tres «inyecciones» en los últimos dos meses.

―Allá va, decía el arzobispo. Y los fuegos artificiales del Apóstol, por su sonoridad y por su «lucerío» se adelantaban varios meses.

―Este hombre podría «praticar» el tiro al plato en las fiestas. Ganaba el primer premio seguro, decía el regidor mientras asistía en primera fila al más bajo y desaseado espectáculo de la condición humana.

El farmacéutico contaba, entre copas de orujo, a su público fiel del casino, cuál era el tamaño del supositorio, al tiempo que ponía erecto el dedo corazón de carallada. Decían los más anticlericales, en ausencia del dicho ciscador, que todos los asistentes echaron a reír a carcajadas, mientras sobaban el mentiroso (de este modo bautizaron hace años al periódico de la villa), donde un anónimo había dibujado una caricatura ad hoc titulada: «El supositorio del cardenal». Y el maledicente maestro, próximo a la jubilación, al que llamaban los alumnos «o trespés», lanzó al aire una pregunta que nadie contestó:

―¿Se refieren al milagroso medicamento en sí, competente creación de nuestro boticario, que va camino de la beatificación, o al diestro y eficiente alcalde que supe masajear la zona manualmente y que provocó el nauseabundo y esplendoroso diluvio casi universal de nuestro rollizo prelado? 

DULCINEA

―Rapaz, las sábanas, rapaz. Se me han pegado las sábanas. Me acosté ayer muy tarde. Pasaban las horas y no conseguía conciliar el sueño. Al final, logré quedarme dormido en torno a las tres de la madrugada. Veo que ya has desayunado.

Su lentitud en la realización de las acciones propias del desayuno contrastaba con la energía que reflejaba Rafo, que estaba intrigadísimo con su tío porque no había cenado en casa el día anterior y que había llegado cerca de las once de la noche. Era inapelable ver las noticias en la pequeña televisión que tenían en el cuarto de estar. Era un apiñamiento, que no conciliábulo, de los miembros adultos de la familia para escuchar y ver las noticias de las nueve en la voz de Pedro Macía, entre otros, más conocido por «telebombón».

Rafo hizo el ademán de levantarse para ir a «troulear» (correr y saltar) por la finca en compañía de su primo Jorge.

―Quieto, rapaz, quieto. Te tengo que contar un secreto. Bajó la voz tanto que se hizo inaudible para Rafo.

―Ayer estuve con Dulcinea. Sí, sí, sí, no pongas esa cara de parvo. Ocurrió ayer por la tarde. Rafo se quedó aturdido, pues desde que le contó los amores de don Quijote y Dulcinea no tenía en la cabeza otra cosa que no fuera conocerla.

―¿Y hablaste con ella? ¿Le dijiste algo?, preguntó muy inquieto. ¿Es tan guapa como en el libro de Cervantes?

―Vamos por partes, filliño (hijo de modo cariñoso en gallego), vamos por partes. Tú bien sabes bien que yo no tengo prisa alguna. Me apremias, rapaz, y tú sabes que a fuego lento se cocina mejor.

Partió el sobao pasiego con sumo cuidado y lo echó con generosidad en una taza de café con leche.

―Tú bien sabes que yo he soñado más de una vez con una joven garrida y guapa como pocas. Y que esa mujer, que algún día sería tangible, se convirtió en mi Dulcinea particular.

―Tío, tú me contaste que don Quijote nunca logró ver a Dulcinea.

―Si yo te dijera cómo es físicamente, en un segundo sabrías el quién y el dónde. Y de este modo quebrantaría el más sagrado de los secretos. Cuando pasen las fiestas, si pasan, ya te hablaré más de ella.

Pero claro está que decirle esto a un chico de doce años, curioso como pocos, no podía quedar sólo en palabras.

―Bien, tío, así será, como tú quieras. Y se fue a jugar con Jorge, que había preparado un fabuloso circuito en la era para recorrerlo con el patín que le habían regalado a sus hermanos mayores.

Rafo quería dar la imagen de olvidadizo y, para no levantar sospechas en él, se puso a jugar frenéticamente con su primo Jorge, que le guiñó un ojo para confabularse en la treta de la amnesia de las historias filosescas.

De soslayo vieron cómo su tío se puso a liar un cigarro y a canturrear un tango de Carlos Gardel: el día que me quieras

―Lo conseguimos, pensaron los dos primos.

De anochecida, como le gustaba decir a Filoso, se despidió alegando que iba a dar un breve paseo.

Se encaminó hacia Ortoño. Lo siguieron a cierta distancia Rafo y Jorge. Vieron cómo cruzaba el río y tomaba un atajo a través del manzanal de Xosé Regal, el sobrino del cura de Trasmonte.

―¿No irá a casa de Marica da Panocha?, le dijo Jorge a Rafo. Los dos coincidían en la predicción.

La llamaban así porque desde muy pequeña le gustaba muchísimo jugar con las mazorcas de maíz.

―Por aquí no hay otra casa.

Mientras, Filoso iba silbando la canción de la película El puente sobre el río Kwai. Llevaba una cara de pícaro enamorador. ¡Carajo cómo caminaba! Iba como jamás lo vieron. Parecía un ratón de sacristía huyendo del sacristán.

Y allí llegó, a la casa de Marica da Panocha. Estaba en la huerta, sachando la tierra para sembrar. Apenas erguía la cabeza, sudaba como un galeote y blasfemaba de continuo.

Mi tío abrió una silla portátil y se sentó cerca de ella. Comenzó a hablarle del amor y de no sé qué cosas que decía un tal Petrarca.

―«Bendito sea el año, el punto, el día, la estación, el lugar, el mes, la hora y el país, en el cual tu encantadora mirada se encadenó al alma mía». Y Filoso entraba en un profundo silencio mientras contemplaba a «su amada».

Ella cada vez que se reía lo hacía con tono hombruno, y, cuando lo hacía más rudamente, echaba las manos al pecho para que no se moviera como un saco de harina.

―Señorito, perdone, déjese de tolerías, que yo tengo mucho que hacer. No estoy para locuras que no entiende ni el demo. ¡No teño a cona para lambetadas!

Y mi tío le sonreía como un imbécil enamorado. Después de recitarle no sé cuántos versos más («Tus ojos que canté amorosamente, tu cuerpo hermoso que adoré constante, y que vivir me hiciera tan distante de mí mismo, y huyendo de la gente… ¡Y sin embargo vivo todavía!»), se irguió de pronto y se despidió de ella.

―Mujer, tengo que marchar. Estoy agotado de mirarte, mas no saciado. Adiós, mi amada Dulcinea. Marica no levantó la cabeza, pero blasfemó cual preso medieval atado a la piedra de la vergüenza.

Cuando llegó a la finca, ya noche cerrada, les contó a los mayores que había estado con un buen amigo de la guerra, y que se entretuvo más de la cuenta porque estuvieron hablando de los tiempos de la huida juventud. 

COLÁS

Los años sesenta fueron años de mucha emigración a centroeuropa. Allí se instalaron miles de gallegos que desde muy diferentes lugares y aldeas marcharon camino de una vida mejor. La vuelta de algunos de ellos era un variado arco iris de actitudes y comportamientos. El que venía callado y con una mirada triste, pensando que aquello no era lo que le prometieron. El que venía presumiendo de sus éxitos en la Alemania más moderna. O el que contaba mil conquistas conduciendo un cochazo jamás visto en la aldea. Luis Roxo regresó un verano fanfarrón e hinchado como un engreído de capital.

Lo primero que hizo fue a ir a la taberna del Bauprés, hombre sensato y respetuoso que había hecho la mili en Ferrol, donde era conocido entre los quintos peludos como O Trespés, por su gran virilidad.

―Sois unos ignorantes y unos iletrados. No tenéis ni idea de la realidad europea. A ver, tú, que presumes tanto, ¿quién es Charles de Gaulle? Un silencio espeso se hizo en la taberna. Cada uno con su taza de vino en la mano y mirando al infinito.

―El nuevo presidente de la República francesa. Sois unos analfabetos, unos rebozados de merda. Como dice mi vecino, alemán de pura cepa, que sólo os interesan las  vacaciones, el sol, la buena comida y una vida de taberna. ¡Nada de traballar!

El amigo Luis, animado por la exhibición, quiso finalizar la faena con otra pregunta:

―Y el Willy Brandt? Silencio más espeso aún. Veis. Sois la escoria de Europa. Comprad libros, ved las noticias de televisión y dejaos de caralladas. Pues es el mejor alcalde de Europa. Es un gobernante serio y muy preparado, que llegará a presidente de Alemania.

Farruquiño se hartó de tanta lección y le hizo, animado por el vino, la pregunta que tenían todos en la cabeza.

―¿Y tú sabes quién es el Colás, cona da vaca? Ante lo silencio de Luis Roxo, era el nombre del emigrante, Farruquiño continuó:

―Pues el Colás es el que habla con tu mujer y le seca las lágrimas todas las noches mientras tú aprendes esas chuminadas en Europa.

La taberna rompió a reír con unas carcajadas que escuchó todo el mundo en la aldea y Luis, sin finalizar la taza, marchó en silencio absoluto y con la cabeza baja para no batir los cuernos con el marco superior de la puerta. 

SANTA MARÍA SALOMÉ

Desde hace siglos —qué digo siglos, desde que Compostela tiene nombre y piedra— ella vive entre nosotros. No como reliquia, ni como estatua fría, sino como vecina de toda la vida. De esas que no se mudan, que no envejecen, que conocen la ciudad como quien conoce el pulso de su propia piel.

Ella sabe de cada rincón, de cada sombra que se desliza por las calles como amante furtiva, de cada suspiro que se pierde entre los soportales como gemido entre lienzos. Es señora de las calles, sí, pero también matriarca, hechicera y hasta ama de cría. Firme como la piedra que sostiene la catedral, y tierna como pan recién salido del horno: aún caliente, aún dispuesto a consolar con un beso.

Los hombres la buscamos, unos sin saber por qué, otros por la fe que lleva en su interior. Lo hacemos como quien busca abrigo, o promesa, o leche caliente en una noche de tormenta. Y ella, sin decir palabra, acoge. Siempre acoge.

Con la piedra que canta, que vibra, que murmura con el fervor de una voz que no se escucha con los oídos, sino con el deseo. Porque esta mujer no es sólo gallega. Es guardiana de las almas perdidas como la mía.

De las que andan a la deriva sin saber qué buscan. De las que necesitan un cuerpo que abrace, una voz que encienda, una presencia que diga: «Aquí estoy, mi bien. Y no te dejo». 

SOLEDAD EN LA PRAZA DO TOURAL

Estoy solo en la Praza do Toural, entre piedras que guardan secretos y pasos que ya no son míos. El reloj de la iglesia marca un tiempo que no avanza, como si todo Santiago se hubiera detenido para mirar cómo espero, sin suerte, por ella.

El viento baja por la rúa do Vilar y juega con las hojas caídas, mientras los balcones observan en silencio mi espera. Cada minuto es un lamento, cada sombra que pasa es un engaño, un reflejo de ella que nunca llega. La ciudad murmura, pero yo solo escucho el bullicio de la ausencia.

Las luces de los faroles dibujan en el suelo el perfil de mi soledad, y mis ojos, tercos, buscan entre la gente una mirada que ya no me pertenece. Ella prometió venir, y yo prometí creer. Ahora solo me queda esta plaza, esta noche, este frío que no es del cuerpo, sino del alma.

Santiago, sé testigo de mi espera, de mi herida quieta, de mi amor que se desvanece entre los arcos y los pasos ajenos.

Aquí estoy, como quien aguarda un milagro, como quien ama sin retorno, como quien escribe con el corazón abierto en un banco mojado de recuerdos.