«GALICIA QUEDA AL NOROESTE»

CARLOS AZCÁRRAGA TOGORES

Quien puede olvidar de viejo / los tiempos de feliz chaval, / fumando de noche a escondidas, / sabiendo que eso estaba mal, / tirando la colilla, / mi madre que me pilla, / mi padre me castigará; / y mi primera trompa / sisando de la compra / y a casa sin poder cenar.

(Primera estrofa de la canción Quien puede olvidar de viejo del solista Carlos Azcárraga Togores. Este artista también era componente del grupo musical Mahía, que en los años setenta tuvieron varios éxitos como Carnaval, Carnaval; Meu cabalo e meu can, Non penses que vou y Todos me queren. Los otros integrantes del grupo eran Juan Azcárraga Togores y Álvaro Pita Da Veiga).

Los cuentos que publico en este libro, ilustrados por la habilidosa mano de Carlos Azcárraga Togores, fueron saliendo semanalmente en un jornal de Santiago de Compostela íntegramente en gallego: O Correo Galego, después rebautizado como Galicia-Hoxe. Por tal motivo, no puedo olvidarme de dos personas que me permitieron durante cinco años asomarme a esa ventana de papel con absoluta libertad: Charo Barba y Miguel Seoane. Por causas ajenas, los traduje al castellano y los retoqué mínimamente, pero sin perder su intención original. Para finalizar, decirte que en estos relatos se mezclan libremente la tradición familiar, las lecturas complementarias y algo de imaginación.

Cuando decido echarles un vistazo a esos años de la infancia y de la adolescencia siempre me atenaza el riesgo de caer en una subjetiva distorsión de los hechos rememorados o alcanzar unos límites insospechados de melindres. Por un exceso de afecto, muchas veces, mostramos de esa época una imagen artificial, por antojadiza, melindrosa e iluminada. Cuando me encuentro en una avanzadilla estación de mi trayecto vital, siento la necesidad de reescribir aquellos años que fueron, desde la perspectiva actual, los más dichosos para mí. El problema es que en más de una ocasión la nostalgia se empapa de una tristeza que distorsiona la realidad. Intentaré no caer en eso. Pero el recuerdo del valle de A Maía, esa pequeña Galicia en grandiosa síntesis, me convulsiona de tal forma que refrenar la fuerza centrífuga que nace en mi interior es tarea harto difícil. Repito, lo intentaré. ¿Cuáles son los primeros recuerdos de la finca que poseía nuestra familia ―La Peregrina― en el lugar de Bertamiráns, capital, entonces aldea de no más de 300 habitantes, del ayuntamiento de Ames? Innumerables. Cometería una injusticia si yo me pusiera a hacer un listado de todos ellos, pues más de uno, de una carga afectiva ilimitada, permanecería enterrado en lo más profundo de mi aciaga memoria y no vería nunca la luz. Por este motivo, en este umbral no quiero hablar de los grandes recuerdos ni de las singulares ocasiones. Esos que salen en todas las fotos, esos que relatamos en innumerables ocasiones cuando alguno de nosotros se pone nostálgico y habla de los tiempos huidos o esos que fueron inmortalizados por unos inquietísimos tomavistas que nos hacían mascullar numerosos tacos cada vez que queríamos grabar sin movimiento alguna escena familiar. Quiero recordar simplemente esa primera tarde que supuso para mí descubrir que en mi familia había unos verdaderos artistas, creadores con un talento inmenso que navegaba en las procelosas aguas del mundo de la canción. En la habitación que había justo encima de la cocina dormían mis dos primos mayores. Carlos y Juan. Desde pequeño me sentí especialmente seducido por todo lo suyo. No me cuesta nada reconocerlo, aunque siempre intentaron resguardar su cuarto de cualquier injerencia familiar. Era su santuario personal, donde se gestaban desde sus bromas y juergas hasta sus creaciones artísticas más o menos exitosas. Uno de esos días lluviosos de finales de julio, cuando parecía que el verano estaba llegando a su fin, en los que el tiempo se dilata primorosamente y las tardes se hacen interminables, nosotros, los primos pequeños, intentábamos distraernos jugando al «escondite inglés» por las diferentes estancias de la Casa Vieja. Era muy difícil esconderse con cierto éxito porque siempre teníamos una voz adulta que nos daba un buen tirón de orejas y aireaba, junto al nombre, el lugar recóndito de nuestro escondite. En uno de esos intentos, escogí el fayado (desván) cuya entrada se encontraba situada justo en el techo de la puerta de su habitación. Yo los vi subir en alguna ocasión al fayado para fumarse sin ser sorprendidos un cigarro. Después de esconderme en un rincón, atemorizado por el ruido que yo creía de ratones, empecé a oír el sonido de unas guitarras. Parecía que mis primos las estaban afinando. Al poco tiempo, una voz empezó a cantar la estrofa de una simpática canción que, según nuestros amantes padres, no era apta para niños, la popular Todos me queren. Unha vella máis un vello / fixeron unha empanada, / a vella comeuna toda / e o vello quedou sin nada. Durante no sé cuanto tiempo estuvieron dándoles vueltas y más vueltas a diferentes estrofas para evitar las más ofensivas y que las seleccionadas estuvieran cargadas de gracia y de un doble sentido picarón. Ahí estaba la problemática tarea. Por eso, había que tener mucho cuidado. Yo, callado como un buen alumno, no perdí ni un detalle e intenté imaginarme una película de la escena. De pronto, sonó una nueva estrofa: O cura de Biduido / tiene la mala costumbre / de rascarse los cojones / con los hierros de la lumbre. Pienso que la intención de mis primos era seleccionar primero y posteriormente establecer el orden, ardua tarea, de las estrofas para la versión que su grupo musical (Mahía) iba a grabar en Madrid en ese mismo otoño. Su voz sonaba limpia, diáfana y muy bien afinada. Hoy recuerdo lleno de vergüenza cómo, años más tarde, cuando yo le pedí a Carlos que me hiciera para la materia de Música de Magisterio una mala melodía, para no ser descubierto en el engaño, y que me pusieran la cara colorada. Tras escuchar el seminario de Música fui acusado, justamente, de poner mi nombre a una composición ajena.

―José María, me dijo la profesora alzando poco a poco el volumen de la voz, esta mala melodía no la pudiste hacer tú. Tiene un fondo de calidad que ni de broma lo has podido hacer tú. Tu oído es cerril. Alguien te intentó ayudar haciendo mal una buena sintonía. Yo callado y humillado bajé la cabeza lleno de vergüenza. Farfullé por lo bajo una serie de tacos que me sirvieron exclusivamente como un pueril desahogo.

Disfruté tanto del concierto personal, y a veces furtivo, que el tiempo dejó de existir para mí. Escuché todo tipo de canciones, aunque todas ellas propias de la juerga más caralluda. Disfruté más que el sacristán de Coímbra. En aquella época no entendía bien esta expresión que repetía cansinamente el enjuto electricista que venía a casa. Con el tiempo, descubrí que pertenecía a una canción popular gallega muy conocida que se cantaba siempre en las fiestas populares o en las reuniones de amigos. Cuando salieron de la habitación, yo me introduje en ella sigilosamente para ver si encontraba en algún lugar las letras de las dichas canciones, pero nada, mi gozo en un pozo, pues no vi ni un minúsculo fragmento de papel escrito. Todo lo más, un bosquejo del que iba a ser el decorado del palco de la fiesta que el segundo domingo de agosto se celebraría en el campo de Las Pateiras. Todo él era un dibujo alusivo al acontecimiento que durante ese invierno convulsionara al mundo: la llegada del hombre a la luna. Con una perfecta adaptación a la idiosincrasia del lugar, aquello era una divertidísima recreación de tal evento. Salí frustrado y sorprendido. Frustrado, por no encontrar ni una letra de las canciones que sonaban aún en mi memoria; y sorprendido, porque, al tiempo que aquellos jóvenes nos incitaban a mi primo Jorge y a mí a que practicáramos otro tipo de música, en absoluto recomendable, eran dos hombres capaces de realizar cualquier proyecto que se les presentara delante. Mi admiración por los artistas polifacéticos de la familia tenía una base muy sólida. Base que con el tiempo se fue acrecentando y que, ustedes, generosos lectores, podrán comprobar al disfrutar de las ilustraciones que acompañan a mis textos literarios, todas ellas realizadas por la mano diestra y competente de Carlos Azcárraga Togores. 

AMANECER EN A MAÍA

El día no nace de golpe en A Maía. Se insinúa. Se desliza como un suspiro entre las hojas, como una caricia sobre los tejados dormidos. El valle entero parece contener la respiración mientras la luz se abre paso, tímida y majestuosa, entre Santiago y Noia.

Desde la finca de La Peregrina, el mundo parece más lento, más antiguo. Las brumas se retiran con elegancia, como damas que ceden el paso. Los prados, aún empapados de rocío, brillan como si el mundo acabara de ser creado. Y los montes, guardianes silenciosos, se tiñen de oro y de azul, como si el cielo los estuviera bendiciendo.

La casa, aún en penumbra, huele a café y madera vieja. La bodega, firme y callada, parece saludar al sol con su geometría sagrada. Alguna campana lejana marca la hora sin apuro, como si supiera que aquí el tiempo no manda. Todo es quietud, pero nada está quieto. El aire huele a promesa, a pan recién hecho, a tierra que despierta.

La Peregrina no es solo finca: es altar. Es mirador de memorias, refugio de silencios, testigo de amaneceres que no se repiten. Allí, entre los muros de piedra y los castaños que aún sueñan, uno no sabe si está en Galicia o en el corazón de algo más antiguo. Porque el valle no es solo paisaje: es latido. Y el amanecer, allí, no es solo luz: es revelación. 

SANTIAGO

En esta madrugada Santiago huele muy bien. Huele a mariposas nocturnas en un camino de estrellas y a primavera de aguas singulares; huele al bautismo del sagrado incienso que recorre las calles y a un viento fresco lleno de aguas calmas. Como un artesano diestro, la mano de este viento pule el silencio de las calles cubiertas de rocío, y su tela invisible de lino aromatiza el aire con cenizas casi santificadas. ¡Vetustas campanas del cielo doblan sinfonías de piedra!

Santiago, te llevo siempre en mi pensamiento, te llevo en la memoria herida que sana continuamente el dolor de mi sangrar. Santiago, soy como un mendigo perdido de nostalgia que recoge en este lugar santo un manojo de gardenias y una armadura de viva paz. Siempre Santiago en mi pesar. 

LA MATANZA

Entré en silencio, como quien pisa un templo. La piedra de la Casa da Matanza me recibió fría, pero digna, como si guardara siglos de palabras no dichas. No era una casa cualquiera. Era el último refugio de Rosalía. Aquí vivió, aquí soñó, aquí sufrió, aquí murió.

El aire tenía un peso distinto. No era solo la humedad de Padrón, era memoria. Cada rincón murmuraba versos, cada sombra parecía guardar un trozo de alma. Pasé la mano por una pared y sentí un estremecimiento. Pensar que ella, con su voz de fuego y bruma, tal vez apoyó esa misma mano en ese mismo lugar.

En la cocina, imaginé el olor del caldo, los pasos quedos, los ojos cansados. En la sala, el silencio era tan profundo que parecía que la casa respiraba. Y en el cuarto donde murió… allí el tiempo se detuvo. No fui capaz de entrar de golpe. Tuve que pedir permiso, como si la propia Rosalía aún estuviera allí, tendida, mirando hacia fuera, escuchando el río Sar.

Las lágrimas me vinieron sin aviso. No eran de tristeza, eran de reverencia. Porque allí, entre aquellas paredes humildes, nació una eternidad. Porque Rosalía no murió en A Matanza: echó raíces. Y hoy, al pisar esa tierra, sentí que yo también era parte de ese poema infinito.

Para tocar la cama en la que murió pedí permiso. No en voz alta, sino con el corazón encogido, como quien se acerca a un altar donde reposa el misterio. Me acerqué despacio, sintiendo que cada paso era una confesión. Aquella cama, humilde y sagrada, guardaba el último suspiro de una mujer que fue voz de todo un pueblo. La miré como se mira una herida abierta en el tiempo, y sentí que algo dentro de mí se quebraba y se hacía luz. No era solo la muerte lo que allí se recordaba, era la dignidad de vivir con verdad, de escribir con entrañas, de amar la tierra hasta el último aliento.

En aquel cuarto donde la muerte se posó con manos suaves, ella pidió que le abrieran la ventana. Quería ver el mar. No el mar físico, que en Padrón no se ve, sino ese mar que llevaba dentro, hecho de recuerdos, saudades y versos. Fue su último deseo: que entrara la luz, que el aire le trajera ecos de libertad, que la vida se asomara una vez más antes de partir.

Salí de la estancia sin mirar atrás, porque sabía que aquella imagen quedaría conmigo para siempre.

Desde entonces, en esa cama donde Rosalía cerró los ojos por última vez, se coloca una rosa de Getsemaní. No es solo una flor. Es símbolo de lucha, de dolor, de belleza que resiste. Es la memoria viva de una mujer que hizo de la palabra un acto de amor y rebeldía. La rosa permanece, como permanece ella, entre nosotros, en la tierra, en el idioma, en el latido.

Y yo, frente a esa cama, frente a esa rosa, sentí que el tiempo se detenía. Que el mar, ese mar que ella buscaba, estaba allí, dentro de mí.

Salí de la casa sin hablar. Solo miré hacia atrás, y la casa me pareció sonreírme, como quien sabe que ha sido comprendida. 

POSTAL LABREGA

Tengo delante de mí un rincón del mundo que se deshace en verde como amante desnuda, como si el mar, harto de sal, decidiera acostarse sobre la hierba y dormir en ella.

Una espiga dorada se alza, muy quedo y con orgullo, con el fulgor del oro viejo que no necesita presumir: sabe que brilla, y punto.

Y el pájaro —ese pájaro irreverente, terco como un viejo en la taberna— canta como quien conoce pecados que no pueden callarse, como si el viento fuera cómplice y el mundo, confesionario de bebedores.

De repente, sin aviso ni disculpa, la voz tardía y herida de un carro de bueyes me atraviesa el alma mecanizada de hoy.

No sé si viene del aire, de la tierra o de un recuerdo escondido entre las costillas.

Pero me sacude por dentro, como si un volcán naciera en mi pecho, no para arrasar, sino para desnudarse y decir: «Aquí estoy, carajo, y vengo a contarte la verdad».