Entré en silencio, como quien pisa un templo. La piedra de la Casa da Matanza me recibió fría, pero digna, como si guardara siglos de palabras no dichas. No era una casa cualquiera. Era el último refugio de Rosalía. Aquí vivió, aquí soñó, aquí sufrió, aquí murió.
El aire tenía un peso distinto. No era solo la humedad de Padrón, era memoria. Cada rincón murmuraba versos, cada sombra parecía guardar un trozo de alma. Pasé la mano por una pared y sentí un estremecimiento. Pensar que ella, con su voz de fuego y bruma, tal vez apoyó esa misma mano en ese mismo lugar.
En la cocina, imaginé el olor del caldo, los pasos quedos, los ojos cansados. En la sala, el silencio era tan profundo que parecía que la casa respiraba. Y en el cuarto donde murió… allí el tiempo se detuvo. No fui capaz de entrar de golpe. Tuve que pedir permiso, como si la propia Rosalía aún estuviera allí, tendida, mirando hacia fuera, escuchando el río Sar.
Las lágrimas me vinieron sin aviso. No eran de tristeza, eran de reverencia. Porque allí, entre aquellas paredes humildes, nació una eternidad. Porque Rosalía no murió en A Matanza: echó raíces. Y hoy, al pisar esa tierra, sentí que yo también era parte de ese poema infinito.
Para tocar la cama en la que murió pedí permiso. No en voz alta, sino con el corazón encogido, como quien se acerca a un altar donde reposa el misterio. Me acerqué despacio, sintiendo que cada paso era una confesión. Aquella cama, humilde y sagrada, guardaba el último suspiro de una mujer que fue voz de todo un pueblo. La miré como se mira una herida abierta en el tiempo, y sentí que algo dentro de mí se quebraba y se hacía luz. No era solo la muerte lo que allí se recordaba, era la dignidad de vivir con verdad, de escribir con entrañas, de amar la tierra hasta el último aliento.
En aquel cuarto donde la muerte se posó con manos suaves, ella pidió que le abrieran la ventana. Quería ver el mar. No el mar físico, que en Padrón no se ve, sino ese mar que llevaba dentro, hecho de recuerdos, saudades y versos. Fue su último deseo: que entrara la luz, que el aire le trajera ecos de libertad, que la vida se asomara una vez más antes de partir.
Salí de la estancia sin mirar atrás, porque sabía que aquella imagen quedaría conmigo para siempre.
Desde entonces, en esa cama donde Rosalía cerró los ojos por última vez, se coloca una rosa de Getsemaní. No es solo una flor. Es símbolo de lucha, de dolor, de belleza que resiste. Es la memoria viva de una mujer que hizo de la palabra un acto de amor y rebeldía. La rosa permanece, como permanece ella, entre nosotros, en la tierra, en el idioma, en el latido.
Y yo, frente a esa cama, frente a esa rosa, sentí que el tiempo se detenía. Que el mar, ese mar que ella buscaba, estaba allí, dentro de mí.
Salí de la casa sin hablar. Solo miré hacia atrás, y la casa me pareció sonreírme, como quien sabe que ha sido comprendida.
