POSTAL LABREGA

Tengo delante de mí un rincón del mundo que se deshace en verde como amante desnuda, como si el mar, harto de sal, decidiera acostarse sobre la hierba y dormir en ella.

Una espiga dorada se alza, muy quedo y con orgullo, con el fulgor del oro viejo que no necesita presumir: sabe que brilla, y punto.

Y el pájaro —ese pájaro irreverente, terco como un viejo en la taberna— canta como quien conoce pecados que no pueden callarse, como si el viento fuera cómplice y el mundo, confesionario de bebedores.

De repente, sin aviso ni disculpa, la voz tardía y herida de un carro de bueyes me atraviesa el alma mecanizada de hoy.

No sé si viene del aire, de la tierra o de un recuerdo escondido entre las costillas.

Pero me sacude por dentro, como si un volcán naciera en mi pecho, no para arrasar, sino para desnudarse y decir: «Aquí estoy, carajo, y vengo a contarte la verdad».