SANTA MARÍA SALOMÉ

Desde hace siglos —qué digo siglos, desde que Compostela tiene nombre y piedra— ella vive entre nosotros. No como reliquia, ni como estatua fría, sino como vecina de toda la vida. De esas que no se mudan, que no envejecen, que conocen la ciudad como quien conoce el pulso de su propia piel.

Ella sabe de cada rincón, de cada sombra que se desliza por las calles como amante furtiva, de cada suspiro que se pierde entre los soportales como gemido entre lienzos. Es señora de las calles, sí, pero también matriarca, hechicera y hasta ama de cría. Firme como la piedra que sostiene la catedral, y tierna como pan recién salido del horno: aún caliente, aún dispuesto a consolar con un beso.

Los hombres la buscamos, unos sin saber por qué, otros por la fe que lleva en su interior. Lo hacemos como quien busca abrigo, o promesa, o leche caliente en una noche de tormenta. Y ella, sin decir palabra, acoge. Siempre acoge.

Con la piedra que canta, que vibra, que murmura con el fervor de una voz que no se escucha con los oídos, sino con el deseo. Porque esta mujer no es sólo gallega. Es guardiana de las almas perdidas como la mía.

De las que andan a la deriva sin saber qué buscan. De las que necesitan un cuerpo que abrace, una voz que encienda, una presencia que diga: «Aquí estoy, mi bien. Y no te dejo».