ENCUENTRO CON LA REINA LUPA EN EL PICO SACRO

Subí solo, como quien busca una respuesta que no se puede formular. El Pico Sacro me esperaba con su silueta de tierra antigua, su aliento de leyenda. El viento soplaba como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Yo tampoco.

La noche había caído sin ruido, envolviendo el monte en una penumbra azulada. Entonces la vi. No sé si apareció o si siempre estuvo allí, esperándome. La Reina Lupa, vestida con un manto de niebla, con los ojos encendidos como brasas que no se apagan. No era joven ni vieja. No era humana ni bestia. Era ella, la que traicionó a los discípulos, la que custodia secretos bajo tierra, la que conoce el lenguaje de los lobos.

No dijo mi nombre, pero lo pronunció con la mirada. Me acerqué como quien se acerca a un fuego que no quema. Su piel tenía el olor de la tierra mojada, del musgo antiguo, del deseo que no se atreve a decirse. Me tocó la cara con una mano que parecía hecha de viento. Y entonces habló, no con palabras, sino con memoria:

—Has venido a buscar lo que no se puede encontrar. Has venido a amar lo que no se puede poseer.

No respondí. No podía. Ella se acercó más, y el monte entero pareció inclinarse hacia nosotros. Nos besamos como si el tiempo no existiera. Como si el mundo fuera solo ese instante. Su boca sabía a leyenda, a traición, a redención. Me abrazó con la fuerza de quien ha esperado siglos. Y yo me dejé llevar, como quien se entrega a un destino que ya estaba escrito en las piedras.

El Pico Sacro nos envolvió. El viento dejó de soplar. Los lobos callaron. Solo nosotros, en medio del monte, éramos reales. O quizás no. Quizás fue sueño. Quizás fue delirio. Pero desde entonces, cada vez que subo al Pico, siento su presencia. Y cada vez que cierro los ojos, vuelvo a besarla.