VERANOS EN «EL BURGO» DE VEDRA

Hay lugares que no se recuerdan: se sienten. Vedra, para mí, no es una aldea gallega, sino una emoción que se activa con el olor a tierra mojada, con el crujido de una puerta de madera, con el eco de una risa que ya no sé si fue mía o prestada. Y «El Burgo», esa finca que parecía contener todos los secretos del mundo, era nuestro escenario de aventuras, de pactos infantiles, de pequeñas rebeliones que aún hoy me hacen sonreír.

La bodega era nuestro refugio. Oscura, fresca, con ese aroma a vino dormido y piedra antigua. Allí nos escondíamos cuando llovía, que era casi siempre. Jugábamos a ser contrabandistas, alquimistas, monjes con capa de saco. Robábamos uvas con solemnidad, como si fueran hostias consagradas. Y cuando alguien nos pillaba, decíamos que era para ofrendar a la Virgen de las Ermitas, que nos vigilaba desde su capilla con una mezcla de paciencia y complicidad.

El hórreo era otra cosa. Era torre, nave, castillo. Subíamos a él como quien escala el poder. Desde allí se veía todo: los campos, el río, los adultos que no entendían nada. Nos creíamos invencibles, y quizás lo éramos. Al menos por unas horas.

La lluvia, siempre presente, no nos detenía. Al contrario: nos daba permiso. Mojados, descalzos, con las rodillas llenas de barro, corríamos como si el mundo fuera nuestro. Y lo era. Cada charco era un espejo donde nos veíamos eternos. Cada gota que caía sobre la capilla parecía bendecir nuestras travesuras.

Ahora, cuando llueve en Madrid y el asfalto huele a nada, cierro los ojos y vuelvo. A la bodega, al hórreo, a la capilla. A las risas que no pedían permiso. A las tardes que no tenían reloj. Y siento que algo en mí sigue corriendo por Vedra, con el alma limpia y las manos sucias de infancia.