EL CAMPEONATO DE ZURRAPAS

(Esta narración es absolutamente verdadera. Tiene tintes literarios, ¡cómo es normal!, pero el fondo ocurrió hace ya unos cuantos años).

Jorge y yo, Camay, teníamos ocho años y una clara obsesión, en un principio secreta: las zurrapas.

No eran manchas de plastilina, muy utilizada en otras artes, ni mermelada de La Tejea, exquisita confitura al estilo de la abuela, ni restos de cocina sustraídos con habilidad encomiable.

Eran manchas de excremento adheridas al calzoncillo. Ya éramos independientes en la limpieza anal, pero en ocasiones ocurrían pequeñas desgracias en forma de pequeñas, palpables, traicioneras, a veces redondas, a veces alargadas, siempre inesperadas, manchas de color chocolate.

Y nosotros, cuando nos acostábamos, dormíamos en la misma habitación, en nuestra infinita sabiduría e inocencia infantiles, colocábamos los calzoncillos todas las noches en la madera que formaba el pie de la cama para que nuestras madres los vieran y así hacer un prelavado de carácter privado.

Una noche, Carlos, el mayor, que ya había entrado en los veinte, vio los calzoncillos y las susodichas manchas. Las observó con detenimiento y dedujo que podían ser clasificadas, comparadas, incluso premiadas. Nos retó a ver quién ofrecía al juez de la Audiencia Peregrina, al día siguiente, el mejor palomino.

―Cada uno de vosotros colocará mañana sus calzoncillos en el mismo sitio que hoy, y yo, con una lupa de coleccionista numismático y una cinta métrica de sastre, analizaré con todo detalle vuestras respectivas zurrapas, dijo con voz seria y rigurosa de ujier asistente del juez, después de colocarse en la cabeza a modo de birrete unos calzoncillos limpios. 

A continuación, señaló con suma claridad las bases del concurso: no vale mancharse a propósito, no vale ir a la cuadra de los Pereiro, no se aceptan zurrapas de días anteriores, y la exhibición debe hacerse con discreción después de cenar, en esta habitación y a la misma hora que hoy.

Mi primo Jorge y yo, iguales casi en edad, pero con distintos estilos a la hora de defecar, o «hacer de cuerpo», como decía el electricista que venía a casa a arreglar algún desperfecto del pleistoceno eléctrico que iluminaba nuestra finca, pasamos con una normalidad aplastante el día uno del campeonato. Éramos vigilados por Carlos en los momentos cruciales del día como si formara parte de una cadena de jueces del campeonato olímpico de marcha de cincuenta kilómetros.  

Y llegó la hora del «juicio». Los mayores se sorprendieron de que Jorge y yo quisiéramos acostarnos tan pronto, pero es que el corazón se nos desbocaba por los nervios. La sorpresa fue mayor cuando vieron que Carlos, el primo mayor, no estaba sentado en el exterior de la casa fumándose un cigarro.

Nos metimos en la cama a la velocidad del rayo, como un tren que entra en la estación sin frenos ni protocolo. Tapados hasta la nariz porque el frío húmedo se apoderó de nosotros enseguida, mirábamos continuamente el reloj y echábamos pestes de una tardanza provocada con toda calculada intención.

La escalera de madera crujió repentinamente, prueba latente de que alguien subía. Carlos asomó la cabeza y soltó una sonora carcajada al vernos tapados como si fuéramos dos bocadillos de carne y sábana.

Se colocó a la altura de los pies de las camas marcando una imparcialidad que yo ponía en duda. Es su hermano pequeño, narices. Algo tiene que pesar, barruntaba yo.

Carlos comenzó con gesto muy serio el riguroso examen de las zurrapas, como quien evalúa obras de arte.

―Esta tiene buena forma, pero poco color. Esta otra, coño, parece la firma de Picasso. Volviendo a la primera, observo que tiene textura de yogur de chocolate, pero la segunda no se difumina en ningún momento, muestra un perfil grueso y continuado.  

Nosotros aguantábamos una risa nerviosa, una pudenda vergüenza y un mal entendido orgullo.

―Me ponéis en un verdadero dilema. Las dos coinciden en que son artísticas. La valoración de una viene de la forma, mientras que la otra es brutal.

Carlos, como si estuviera jugando al stop con dos columnas solamente, anotaba en su cuaderno con calificación numérica, las diferentes características de las zurrapas: estética, calidad de la fragancia, originalidad, condensación, persistencia…

Luego supimos que el galimatías de números que tenía en su cuaderno había sido un paripé muy estudiado durante el día.

Carlos fue a buscar a nuestra tía abuela para hiciera de Magistrada Ponente de la sentencia del juez. Todo formalismo. No podía caer en el olvido y debería formar parte de los anales de la finca. Cuca se negó con un rotundo:

―¡¡¡Estáis enfermos!!!

La final fue legendaria.

Carlos traslució sus elucubraciones. Afirmó que estaba todo muy igualado.

―Yo me decantaba por la firma de Picasso. Soy un artista y valoro la dificultad de dicho perfil. Pero el otro, formateado involuntariamente, tiene la forma de Galicia, nuestra tierra. 

―Después de este silencio necesario para poder lo más objetivo posible, he decidido ya la sentencia.

El primo mayor se quedó callado y pensativo unos segundos para crear un ambiente propio de un arbitro analizando una jugada con el VAR en una final europea. De pronto, nos sorprendió con la decisión:

―¡¡¡Empate!!! Pero el verdadero ganador es el intestino de cada uno de vosotros.

Los tres aplaudimos calurosamente, pero sin saber muy bien qué significaba lo que había dicho.

Y aquí estoy yo, muchos años después, narrando el primer combate de zurrapas lleno de vergüenza y nostalgia. De nostalgia, se puede entender; pero de vergüenza, no. Era una auténtica guarrada. ¿Justificación? Era nuestra infancia, nuestra complicidad, y el poder de convertir lo más bajo en lo más alto. Aunque fuera solo por un verano.

Los mayores fueron recibiendo noticias del «campeonato» con una cara de alucinante sorpresa.

Lo primero que escuchó Carlos cuando se sentó con los mayores ―nosotros estábamos acostados― fue un mandato de corte militar:

―¡¡¡Coge esos calzoncillos!!! ¿¿¿Lo has hecho??? Levanta de la cama a tu primo y a tu hermano e inmediatamente los tres laváis los calzoncillos en el pilón. ¡¡¡Ya es tarde!!!

Y cuando nuestros padres fueron informados de los detalles del campeonato, no faltaron las sentencias:

—¡¡¡Eso no son juegos, eso es una inmundicia elevada a categoría!!!

―¡¡¡Habéis denigrado a los jueces!!!

―¡¡¡La mierda no compite, se limpia!!!

―¡¡¡Niños!!! ¡¡¡A ver si os entra en la cabeza que la higiene no es opcional!!!

—¡¡¡Más vale culo limpio que medalla de zurrapa!!!

—¡¡¡Esto no puede salir de aquí!!! ¡¡¡Nadie se puede enterar de esta guarrada!!!

Mientras Carlos, Jorge y yo frotábamos con energía las zurrapas de los calzoncillos, oímos una cadena de carcajadas, que fueron in crescendo hasta alcanzar los parámetros de un ruidoso recreo de adolescentes.

Cuando estábamos comiendo al día siguiente una riquísima tortilla de patatas, nos sermonearon contundentemente los mayores. Después de unas miradas cómplices, negaron terminantemente la explosión de carcajadas que se escuchó la noche anterior tras el campeonato. Jorge y yo, mirando al plato, fingimos un sincero arrepentimiento, pero sabíamos que, en el fondo, aunque no lo dijeran, admiraban nuestra capacidad de convertir lo innombrable en un ritual festivo.