Ahora que el reloj ha dejado de marcarme las horas ajenas, se abre ante mí un tiempo sin dueño, un territorio blando donde la morriña es bruma y también semilla. No quiero hablar de lo que termina, sino de lo que brota: una vida que respire a mi compás, donde las palabras sean casa y refugio, y escribir no sea tarea sino necesidad, como quien enciende la lumbre en las tardes húmedas. Que el futuro no me sea ingrato, que me trate con la delicadeza con que se sostiene una taza de porcelana heredada, y que la salud me acompañe como un río manso que no hace ruido, pero da vida. Que no haya envidias que envenenen el aire ni sombras que me roben la luz, y que la soledad emocional no me carcoma por dentro como la polilla en la madera antigua. Quiero sentir que cada amanecer es una página en blanco que me pertenece, que puedo llenarla con el latido sincero de lo que fui y de lo que todavía deseo ser. Si la morriña llega, que llegue dulce, como un recuerdo que aprieta, pero no ahoga; y que en el silencio encuentre no un vacío, sino un espacio fértil donde seguir creciendo, escribiendo, viviendo a mi manera, sin miedo y con esperanza.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
TU PIEL
Tu piel fue la primera geografía que aprendí a leer sin mapas. No tenía fronteras, solo ondulaciones suaves, como el despertar de mi niñez al amanecer. Era piel de niebla y de fuego, piel que guardaba la sal de las lágrimas que nunca lloré, piel que sabía a hierba mojada y a pan de maíz recién cocido.
Cuando te acercabas, el tiempo te hacía reverencias. Las horas dejaban de contar, y los días se convertían en canciones sin letra. Tu piel me hablaba sin palabras, con una tilde que solo entendían quienes sueñan con las manos.
Era piel de fiesta y de luto, de romería y de invierno. Piel que sabía esperar sin pedir nada.
Ahora que eres recuerdo y viento, sigo buscando el aroma de tu piel en las páginas de los libros viejos, en las piedras calientes del mediodía, en las voces que se cruzan en la memoria. Y a veces, cuando el sol se reclina sobre el mar, creo sentirla otra vez: esa piel que fue casa, que fue refugio, que fue poema antes de que yo supiera escribir.
GASTADOR DE SUEÑOS
Infinitas palabras al viento, mil y un dibujos que alivian generosos como un avezado faquir mi vital desasosiego. Infinitas palabras al viento, que tornan vestidas de azules augurios y forjan férreos eslabones en la fragua de mis cimientos. Infinitas palabras, como mil y una mariposas que irradian incombustibles en mi pertinaz lucha cual tregua en pleno apogeo. Al fin y al cabo, tan solo eso, infinitas palabras al viento que nadie quiere compartir, que nadie quiere leer.
ENTRE SOMBRAS Y SILENCIOS
A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.
Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a tomar vuelo. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.
Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.
Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.
Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo.
SIN RESPUESTA
Me has acariciado como a un niño. Lo que en un principio consideré un cándido piropo, a los pocos minutos lo vi como un hiriente menosprecio. Estábamos en nuestro destartalado pub de la calle Hermosilla. Sí. Aquel. Sí. El del olor, según tú, a prurito de vulgaridad sucia y pordiosera. ¿Sabes? Eres letal con las comparaciones. Quise mi mejor versión para tu fragante y balsámica piel. Y tú que si un niño mimado. ¡Dios! Y yo, ológrafo de un extrañado y vencido hombre, muerto antes de reconocer cada poro de tu piel. Y tú que qué exudación de ordinariez. Y yo que si un susurro, que si una caricia, que si una invitación. Y tú, palabras sin compromiso. Y yo, que es nuestro recóndito espacio para nuestras confesiones. Y tú que si tus medias de cristal valen más que las consumiciones de este garito. Y yo, escuchimizado y raquítico a tu lado, le pedí al hombre del piano que tocara nuestra canción. Y tú, que ya no es mía…dijiste.
