Nos desnudamos como quien deja caer el último recuerdo del día. La noche cerró la puerta y nos quedamos dentro del silencio. Tu piel era una casa antigua y mis manos entraban despacio, como quien vuelve a un lugar que amó. Afuera llovía, o tal vez la lluvia éramos nosotros. Nos abrazamos para no desaparecer, para engañar al tiempo, para que la soledad tuviera, al menos, forma de cuerpo.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
¿QUIÉN SOY?
Mi nombre pesa como la madera mojada. Como un bosque que no se ve entero, pero se siente alrededor.
Soy firmeza callada, tradición sin exhibición, resistencia que no se rompe porque sabe doblarse. Mi apellido no pasa deprisa por la boca; se queda. Tiene algo de antiguo, de piedra húmeda, de hojas que se deshacen lentamente bajo la lluvia.
Nací varias veces.
La primera, en una casa donde el silencio no era distancia, sino una manera torpe de querer. Allí aprendí que el amor no siempre habla. A veces simplemente permanece.
La segunda vez nací cuando entendí que amar no era una emoción, sino una forma de mirar el mundo. Desde entonces, todo lo mido con ese temblor.
Aprendí a observar antes de hablar. A sentir antes de explicar. A guardar.
Tengo raíces hondas. No me muevo rápido. La noche me pertenece porque en ella nadie exige claridad inmediata. Necesito tiempo. Mis decisiones no son impulsos; son sedimentaciones.
Por fuera parezco contenido. Por dentro, ardo despacio. No sé amar a medias.
Me cuesta marcharme porque cada vínculo lo entiendo como si fuera tierra donde plantar algo. Cuando amo, planto un árbol. Y lo riego aunque el clima sea incierto. Y espero. Y confío.
El centro de lo que escribo —y también lo que callo— es una mujer concreta, real, imperfecta, viva. No la convierto en símbolo: la habito. El amor, para mí, no es idea; es casa. Es territorio elegido. Es destino asumido con una mezcla de gratitud y miedo.
Escribo para no perderla. Escribo desde ella.
Y a veces escribo contra el terror secreto de que un día lo que siento deje de ser verdad.
Lo que más temo no es el abandono. Es olvidarme de la intensidad con la que hoy amo. Mi mayor virtud no es la pasión. Es la fidelidad silenciosa.
LA QUIETUD QUE ME NOMBRA
Camino entre voces, pero me quedo en silencio. No es miedo, aunque a veces lo parece, es un peso de aire que se posa en mi pecho y me recuerda que observar también es una forma de estar. Mis manos quieren hablar, pero se esconden en mi abrigo. Mis palabras ensayan en la mente frases que tal vez nunca pronuncie, y sin embargo, dentro de mí suenan claras.
La timidez no es ausencia, es un jardín cerrado. Quien no conoce su puerta piensa que detrás no hay nada, pero yo he visto cómo florecen colores que nadie imagina, cómo se guardan en silencio historias enteras que esperan el instante preciso para brotar. Hay quienes caminan hacia el mundo como si no hubiera barreras. Yo avanzo lento, con pasos que miden distancias invisibles, y quizá no llegue antes, pero mi llegada siempre se siente íntegra. Aprendí que la timidez no es un muro. Es un velo que se aparta con paciencia. Y algún día, cuando la luz me toque con delicadeza, saldré al centro sin temblar, sin dejar de ser quien soy.
DESPEDIDA
Te levantaste callada, herida y desnuda, mientras yo consumía un gélido café que me llevó al paraíso de los orgasmos sin placer. Me miraste con ojos inmisericordes llenos de una caduca lujuria. Tu tiempo pasó, me dijiste con una mezcla de indignación y condescendencia. Y yo me lo creí con la generosidad de los pusilánimes derrotados. Me dejaste solo. Aún sigo así.
ESCRIBIR
Escribo porque ya no sé hacer otra cosa que aguantar mientras algo se deshace por dentro. Lo que aparece aquí no es valentía ni lucidez, es resto, es basura emocional sin filtrar ni pedir permiso. No me importa sonar patético, roto o excesivo, porque es mi estado actual. El corazón de lo que escribo no quiere ser leído ni comprendido, quiere ser expulsado de una vez. Si queda algo en pie después, será por error, no por fuerza de mi escritura.
