A veces camino sin saber por qué. Como si algo viejo, algo que no habla, pero insiste, me empujara a seguir. Estoy frente al mar. Siempre vuelvo aquí sin pensarlo. Me llama, me recoge, me borra. La sal se lleva mis huellas como si quisiera decirme que no soy tan importante, que todo pasa. Y en este ruido suave, en este olor que se queda en la piel, me nació una necesidad: escribir. No el poema, no las palabras exactas. Solo escribir. Porque hay cosas que no caben dentro para siempre. Y hay silencios que, si no los abro, me pesan más que el cuerpo.
«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»
SOMBRAS Y SILENCIOS
A veces, en los momentos tranquilos del día, me sorprendo a mí mismo escondido detrás de una voz que no termina de salir. Siento un impulso interno que quiere hablar, asomarse, respirar… pero se detiene justo antes, como si le diera vergüenza mostrarse por completo. Me cubro con una especie de niebla suave que apaga mis gestos y mis palabras, mientras mi corazón late tranquilo, cuidándose, esperando su momento.
Las palabras vienen a mí, revolotean inquietas, pero no se animan a volar. Mis ojos buscan refugio en el suelo, como si allí pudieran ocultarse del mundo. Y mis susurros, pequeños y frágiles, se quedan atrapados en mis dudas, navegando en ese mar interno que a veces me sobrepasa.
Aun así, dentro de ese silencio hay algo valioso. Un pequeño mundo íntimo, delicado y honesto, que florece en lo profundo. Allí guardo lo que soy, lo que todavía no muestro, lo que espera el instante justo para abrirse sin temor. Es un lugar donde mi aparente fragilidad se transforma en fuerza, donde mi sinceridad brilla sin necesidad de hacer ruido.
Entiendo que la timidez no es un muro: es una puerta. Y detrás de ella hay un corazón vibrante, que desea ser visto y abrazado tal como es. Aunque a veces me esconda entre sombras y silencios, sé que por dentro se está gestando un despertar. Llegará el día en que mis palabras dejen de temblar, en que mis ojos se levanten hacia el mundo, y en que mi voz fluya sin contenerse.
Porque en mí, detrás de esa bruma, vive una verdad que no se apaga: mi silencio también habla, y mi timidez no es más que el paso previo para mostrar un corazón que, cuando se atreve, ilumina sin esfuerzo.
IDEALIZACIÓN
No te idealizo. La idealización es una forma de cobardía. Te prefiero real. Con sombras. Con contradicciones. Con lugares donde no me dejas entrar. Hay alguna sombra en ti —o en lo que imagino de ti— que me mantiene alerta. Intranquilo. Despierto. Te escribo porque escribir es una forma de acercarme sin tocarte. Y la distancia, cuando hay deseo, también es una forma de erotismo. No todo deseo quiere cuerpos. Algunos solo quieren durar. Quieren imaginar tu cuerpo desnudo sin tocarlo. Quieren dejarte sin ropa dentro de la mente. No busco que me respondas. Ni siquiera que me leas con cariño. Me basta con que existas en un pensamiento mío y que quizá yo exista en uno tuyo. Aunque sea un segundo. Aunque sea con el cuerpo. Si alguna vez sientes que alguien te mira desde las palabras, sin manos, sin ojos, con paciencia, Imagina que soy yo. Puede que sea yo escribiendo otra vez, sin saber si estás donde te imagino. Esta es mi manera de decir: no te debo nada, no me debes nada, pero cuando mi mente te desnuda en silencio, el mundo se vuelve un lugar mucho más lento. Y mucho más peligroso.
ESPEJISMO O REALIDAD
Nadie me dijo que estabas ahí. De pronto, unas piernas enfundadas en unas vengativas medias cubrieron de heridas la tranquilidad de mi espera. Eras tú, claro. ¿Regalo del demonio o caricia de un ángel? Estuve dos minutos observándote y me parecieron dos siglos de largos caminos y crecientes heridas. ¿Espejismo o realidad? Por un momento soñé que volvías a mí con las manos bien abiertas y dispuesta a acunar mi soledad.
REFLEXIÓN POÉTICA
A la lumbre del eco poético, mis versos encuentran su morada definitiva. No son palabras sueltas en el espacio, son incandescentes palabras que continúan ardiendo incluso cuando yo, poeta, he sucumbido al silencio. El fuego nunca es estático, él se mueve, se transforma, consume y alimenta; y así es la poesía que en mí crece. Cada verso no es un mero reflejo, es un nuevo nacimiento, una pulsación que sigue viva y que, distorsionada por el paso del tiempo, no pierde su esencia. El eco, como guardián de mis versos, me protege del fuego, permitiendo que sus llamas sólo iluminen otros caminos, quizá otros corazones, quizá nuevos sueños. Cuando termina, no hay silencio absoluto, solo la continuidad de la palabra que se entrega al viento y se deja llevar por el fuego y por el eco, fundiéndose con el universo y tornándose parte del infinito. La poesía es la lumbre de ese eco y jamás se apaga. Ella trasciende a la muerte en cualquier tiempo, resiste a la oscuridad y encuentra siempre una nueva forma de existir.
