«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

SÁBADOS

Las tardes de los sábados gustan a palomitas, huelen a ambientador barato y a furtivos abrazos. Son testigos de torpes caricias y suenan a banda sonora, unas veces de estreno; otras, las más, ya conocidas. No hay manera de un inicio sin fronteras. 

LA ILUSIÓN AMOROSA

Ayer naciste en mi memoria, desnuda, sin forma ni defensa, y después llegaron las quimeras a cubrirte, a inventarte una piel que no era del todo tuya. En medio de esa invención, mi corazón —acostumbrado a la penumbra— encontró en tu luz no una certeza, sino una duda persistente, casi luminosa.

Creí en ti con una fe amarga, callada, obstinada, como si cada latido fuera un eslabón invisible que me ataba a una primavera que nunca terminaba de llegar. Ahora te pido que no perturbes más lo que en mí aún intenta ser verdadero, porque hay una parte de mi alma que ya se reconoce sola, como si hubiera enviudado de algo que nunca llegó a poseer del todo.

La desconfianza ha ido creciendo lentamente, como una sombra que se instala sin hacer ruido. Estoy cansado de sostener heridas abiertas, de esperar una paz que no termina de alcanzarme. Y, sin embargo, algo persiste: una ilusión casi vacía, casi desierta, que guarda tu imagen con un cuidado secreto, como si en esa memoria inmóvil todavía quedara una forma posible de esperanza. 

ÉL Y ELLA

Se miraban como si el mundo fuera a acabarse: con urgencia, con fuego, con hambre, con la certeza de que cada segundo que pasaba mordía una cuenta hacia atrás que se estaba consumiendo en la agonía de un orgasmo que todavía no había explotado. Eran dos llamas bailando en medio del incendio, sin pensar en el humo ni en las cenizas. Cuando todo terminó, sin darse cuenta, no supieron apagar el fuego que ardía a sus espaldas. Siguieron ardiendo, pero ya no juntos. Cada uno se convirtió en su propia hoguera de recuerdos. 

RAZONES «LÓGICAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En un mundo literario donde las formas tienden a compartimentarse ―el poema, la novela, el ensayo―, el poema en prosa aparece como una criatura poética que tiende un puente entre lo lírico y lo narrativo. Escribir poesía en prosa no es simplemente rechazar el verso, sino explorar una libertad distinta, un lenguaje que no necesita cortarse en versos para ser intensamente poético.

El poema en prosa se libera de la métrica y de la rima, pero no renuncia a la música. La cadencia se convierte en una cuestión interna: el ritmo nace del aliento, de la elección precisa de palabras, de la disposición secreta de las frases. Este tipo de escritura permite que la emoción fluya sin las interrupciones del corte versal, sin la necesidad de justificar cada verso con un patrón formal.

La prosa poética es ideal para el pensamiento que no se acomoda a una forma cerrada. Permite vagar, dudar, asociar ideas con imágenes, buscar una verdad emocional sin tener que llegar a una conclusión. Es el formato perfecto para explorar el paisaje interior: lo que se siente, pero no se sabe decir del todo.

Un poema en prosa puede contar una historia, pero lo hará con la economía y la intensidad de un poema. Puede reflexionar como un ensayo, pero se deslizará entre símbolos y silencios como un sueño. Su fuerza radica en esa hibridez: es literatura que resiste ser clasificada, que se desliza entre géneros sin pedir permiso.

Vivimos en una época de fragmentos: pensamientos interrumpidos, emociones superpuestas, memorias que llegan como ráfagas. El poema en prosa responde a esa sensibilidad. Es una forma ideal para capturar lo fugaz, lo que no se desarrolla del todo, pero deja una profunda huella. La brevedad no es una limitación, sino una forma de condensación.

Aunque parezca moderno, el poema en prosa tiene una larga historia. En el siglo XIX, Baudelaire ya lo usaba para sacudir los límites del lenguaje poético. Rimbaud, Aloysius Bertrand, Pizarnik, Cortázar, Lezama Lima, Luis Cernuda o Anne Carson han explorado esta forma como un campo de resistencia. Escribir poemas en prosa es dialogar con esa tradición que no tema la transformación y el progreso.

El poema en prosa permite experimentar: jugar con el tono, la sintaxis, la repetición y la imagen. Es un espacio donde el lenguaje se estira, se tuerce, se reinventa. En su interior, el escritor no está obligado a ceñirse a una fórmula, sino a seguir una pulsión, una voz interior que dicta su propio ritmo.

Escribir poemas en prosa no es sólo una elección formal: es una declaración estética. Es optar por un lenguaje que fluye libremente, pero sigue siendo exigente, una forma que no necesita del verso para emocionar, una vía abierta para decir lo que no cabe en lo convencional. Para quienes sienten que la poesía está en todas partes ―en una idea, en un recuerdo, en una imagen fugaz―, la prosa poética es el territorio natural para habitar y vivir.

RAZONES «SURREALISTAS» POR LAS QUE YO ESCRIBO POEMAS EN PROSA

En el reino flotante entre la palabra y el silencio, los poemas en prosa surrealistas son criaturas ambiguas: no son del todo verso, pero tampoco prosa libre; existen como peces que respiran aire, nadando en ríos de sintaxis para formar una alquimia emocional que desafía la lógica lineal.

Un poema en prosa surrealista no se disculpa por su forma: se desliza sin rima, pero con música secreta. Su genética es caótica: nace del sueño, de la intuición, y a veces del que os habla que sueña palabras. Es el diario íntimo de lo absurdo, donde una silla puede llorar y un reloj puede hablar en dos lenguas que no conocen.

El surrealismo abraza lo inconsciente, y el poema en prosa es su mejor conspirador. André Breton lo entendería como un acto de rebeldía sintáctica, donde los significados se evaporan antes de aterrizar. Se revela en imágenes inesperadas: «El cuchillo pensó en la luna, y el espejo ladró cuando vio a mi nostalgia llorar». ¿Tiene sentido? No. ¿Tiene verdad? Absolutamente.

Estas obras no buscan claridad, no van dirigidas a su comprensión lógica, no, buscan la desorientación lúcida. Las palabras se reúnen como insectos alrededor de una bombilla fundida: atraídas por una luz que no existe ya y no se puede tocar. En lugar de describir la realidad, la desfiguran para que podamos verla más profundamente.

Así, el poema en prosa surrealista es una máquina de atmósferas, un espejo sin forma, un gato que escribe con tinta de luna.

Ejemplo de poema en prosa surrealista

El paraguas sueña con el océano. No por agua, sino por olvido. En su tela se esconden las cartas que nunca llegan, escritas por manos que no existen. Cuando lo abras, lloverá dentro.