«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

TIEMPO

Ella le pidió tiempo, creyendo que el amor podía esperar. Él le dio distancia, creyendo que el amor podía sobrevivir sin presencia. Como relojes en husos distintos, nunca coincidieron. Sus minutos no se alinearon, sus días se volvieron paralelos. Y al final, el tiempo se convirtió en olvido, y la distancia en costumbre. 

AUTOESTIMA

Cada vez que alguien lo elogiaba, él crecía un centímetro. Su autoestima era un globo inflado por aplausos, por miradas de admiración, por palabras que lo hacían sentir valioso. Pero vivía con miedo: el miedo a que un día, el silencio lo pinchara. Y entonces, desinflarse sin saber quién era, sin saber si quedaba algo más allá del aire, si toda su memoria había sido una pesadilla. 

NACISTE EN MI MEMORIA

También naciste en mi memoria, pero esta vez no estabas sola: alguien —tal vez yo mismo— te vistió de ilusiones, te llenó de promesas que no sabían sostenerse. Mi corazón, convertido en refugio de inquietudes, encontró en tus ojos una sombra que no supo descifrar, una grieta mínima por donde empezó a filtrarse la duda.

La fe fue intensa, febril, y al mismo tiempo amarga. Permaneció en silencio, como si hablar pudiera romperla, mientras me encadenaba a una sucesión de instantes invisibles que parecían tener sentido solo porque tú estabas en ellos. Ahora sé que no debes seguir velando mis emociones, porque en el fondo siempre supiste que mi alma ya cargaba con la ausencia de tu amor.

La desconfianza ya no irrumpe: se desliza despacio, cansada de la fatiga y del desgaste. Miro mi vida y no encuentro en ella el reposo que imaginé. Y aun así, persiste una ilusión distinta, todavía enamorada, que no se extingue del todo. Crece en silencio cada vez que tu imagen reaparece, fija, grabada en mí, como si esa huella —y solo esa— fuera capaz de sostener lo que queda. 

EL PUERTO

Creía que el dolor era parte del amor. Eran dos náufragos abrazados a la misma herida, flotando en un mar de dudas, sin saber si nadar o hundirse juntos. El amor se volvió salvavidas, pero anclaron a destiempo. Ella, con un estilo firme y sereno, lo esperaba sonriendo; él, confundido e incrédulo, llegó a la orilla de un puerto ya despoblado. 

LO DEJÓ

Ella lo dejó por no saber quererla, por confundir amor con posesión, ternura con control. Ella no se quedó porque él no sabía despedirse. Se fue buscando el aire que en sus manos se extinguía, comprendiendo que el lazo era en realidad un muro. Cambió el refugio inerte por su propia valentía, y el eco de un adiós por un mañana más seguro.