«LAS ARISTAS DE MI VERDAD»

UN TIPO NORMAL

Sí. Soy un tipo normal. De esos que se enamoran cuando conocen a una mujer de encantos hechiceros, verbo atareado y mirada enigmática. De esos que no saben decir cuando la otra persona, en este caso tú, pide con clemencia un sí posesivo y mordiente. De esos que caminan por la calle como quien conversa en secreto con la tierra. De esos que buscan el calor de una mano femenina mientras lloran el último desencuentro amoroso. De esos que abren la ventana por la mañana para que la luz del día entre descalza y se acueste con él. De esos que, guarnecidos en su casa, esperan ilusionados un guasap con una palabra de afecto y cariño. De esos que, mientras sostienen una taza de café caliente entre sus desangelados dedos, confunden un beso con una mentira. De esos que miran el horizonte como si esperaran una respuesta antigua. De esos doctorados en impericia sentimental, aunque hayan besado mil labios de mujeres desbordantes y generosas. De esos que escuchan la lluvia de la noche como quien atiende una sincera confesión del cielo. De esos que se marchan de los sitios solitarios dejando la puerta entreabierta para que alguien cultive su silencio fértil. De esos… Sí. De esos… Un tipo normal de esos. De los que se pierden en la calle y desconocen que ya no tienen una cama que compartir. Dejémoslo ahí. Soy un tipo de esos. 

DIAPASÓN

Carezco de él. Nunca lo acaricié. Nunca supe el valor de una buena afinación. Desacertado. Torpón. Obtuso. Crédulo. Desmañado. Zascandil. Todo. Pero enamorado de una ilusión óptica y mental que fue realidad en un pasado ya casposo y amarillento. Eso no es justo. ¿Te avergüenzas de él? No. Jamás. Aquella mujer quiso envarar a un avaro de la egolatría. No tuvo suerte. Pudo más mi cerviz edulcorada de un mutismo familiar que me encerró en un círculo concéntrico de egoísmos. Hoy no me reconozco en él. Soy un simulacro de un joven que se enamoró abruptamente allá en los años… Sí. En esos. Desde entonces soy un hombre en busca de un diapasón que me perfeccione y sutilmente me convierta en un adulto responsable. Esa mujer ya no existe. Lo sé.

ENGREIMIENTO

Se creía tan especial que confundía atención con devoción. Cada mirada era una confinación, cada gesto, una prueba de su brillo. Era un sol que exigía órbitas, sin dar calor. Quería ser el centro, pero no refugio. Y cuando alguien se alejó, no entendió por qué el universo dejó de girar a su alrededor. 

TRISTEZA

Habita en mí desde tiempos pretéritos. Creo que nací con ella. Es mi eterna compañera. Con ella dialogo, con ella me inspiro, con ella amo y con ella me desvivo por una caricia sincera. Me dicen que debo deshacerme de ella como un niño rompe con su pasado cuando descubre que lo han engañado. Me desnudo con ella como si fuera mi imperecedera amante viva, esa que se muestra ante desde mi juventud desnuda e inalcanzable. Y sueño que le doy esquinazo, pero en el instante que levanto la cabeza libre de sombras enfermas me toma por la cintura y de nuevo me posee con la misma fuerza que la primera vez. Soy incapaz de engañarla. Me supone un acto impúdico y la mayor de las traiciones.