Carezco de él. Nunca lo acaricié. Nunca supe el valor de una buena afinación. Desacertado. Torpón. Obtuso. Crédulo. Desmañado. Zascandil. Todo. Pero enamorado de una ilusión óptica y mental que fue realidad en un pasado ya casposo y amarillento. Eso no es justo. ¿Te avergüenzas de él? No. Jamás. Aquella mujer quiso envarar a un avaro de la egolatría. No tuvo suerte. Pudo más mi cerviz edulcorada de un mutismo familiar que me encerró en un círculo concéntrico de egoísmos. Hoy no me reconozco en él. Soy un simulacro de un joven que se enamoró abruptamente allá en los años… Sí. En esos. Desde entonces soy un hombre en busca de un diapasón que me perfeccione y sutilmente me convierta en un adulto responsable. Esa mujer ya no existe. Lo sé.
