DIARREA

El individuo que padece diarrea no es un enfermo, es un artista conceptual trabajando gratis en su intestino. Una actuación improvisada ―escribe performance, que te entenderán mejor― en la que su estómago grita: «¡Minimalismo líquido para todos!». El retrete se convierte en un público cautivo, aplaudiendo en silencio cada descarga como si fueran ráfagas de jazz experimental. Además, como bien sabrá todo el mundo, puede ir acompañada de un redoble de tambores que recuerde la leyenda del tambor del Bruch.

No es una urgencia ―a no ser que esté en una trascendental comida de trabajo o sentado al aire libre en una terraza de la plaza de la Quintana― es un teletransporte instantáneo ―envidia de Amazon: a las cinco en punto está en el sofá saboreando una cerveza mientras ve un culebrón y a las cinco y cinco segundos ya está meditando en posición de cuclillas, con la frente sudada y una palidez oriental como si fuera a resolver los misterios del universo. Y claro, cada explosión viene acompañada de un original efecto sonoro que hace envidiar a los ingenieros de Pixar: trompetas, tambores, burbujeos y, a veces, una percusión que roza lo épico. Siempre innovando: cada efecto sonoro es diferente.

En realidad, la diarrea es la democracia del cuerpo. Como el amor del libertino don Juan Tenorio, le afecta a los que habitan las cabañas y a los que habitan los palacios. Nada de jerarquías sociales ni estructuras sólidas, todo se licúa en igualdad de condiciones y baja por la tubería como una procesión carnavalesca.