La palabra feitizo no está aquí por casualidad, no señor. Se coló volando en escoba, aparcó con descaro en mi teclado y me dijo insolente: «¡escribe sobre mí, escribe!».
Yo siempre pensé que la literatura tenía algo de magia, pero no de esa magia de magos con capa brillante y humo sospechoso, sino de la magia humilde, la de las pequeñas transformaciones, la de las aldeas, la de los lugares con encanto por sí solos… como cuando metes un calcetín gris en la lavadora y sale rosa sin que nadie lo haya autorizado.
Un feitizo no cambia el mundo, pero puede cambiarte un día entero. Puede convertir un dolor en un dolorcito manejable, como cuando te das un golpe en el dedo meñique y sobrevives. Puede hacer que un recuerdo deje de pinchar o que una emoción se encienda como una bombilla LED de bajo consumo. Yo busco eso: no grandes revelaciones tipo «¡he descubierto el sentido de la vida!», sino pequeñas claridades, como encontrar por fin las llaves que llevabas en la mano.
El feitizo que yo conozco habla y cura el amor, sí, pero no del amor perfecto de las películas donde nadie suda, nadie ronca y todo el mundo tiene pestañas kilométricas. Habla del amor que duele, del que llega tarde, del que se pierde por el camino porque se entretuvo mirando escaparates, del que se recuerda más de lo que se vive… ese amor que te deja el corazón como un acordeón después de una verbena.
El feitizo también habla de la soledad, pero no como castigo, sino como territorio propio, como un piso pequeño, pero acogedor donde puedes andar en calcetines y nadie te juzga. A veces estoy mejor ahí que en cualquier compañía, sobre todo si la compañía mastica fuerte.
Y, por supuesto, mi feitizo habla de la tierra, de Galicia, que siempre está de telón de fondo, de protagonista o de invitada sorpresa. Galicia es un sentimiento más, un feitizo más, una presencia que me acompaña incluso cuando no la nombro… como el olor a pulpo que se te queda en la ropa después de una buena «jartá», como dice una amiga sevillana cada vez que la llevo a O Sendeiro de Santiago de Compostela, donde sirven un laminado á feira incomparable. Pero no te olvides del queixo de San Simón á plancha, remata siempre.
