No soy feo. Soy una colección de errores dermatológicos con patas. Una especie de catálogo clínico con pretensiones de persona. Mi piel, por ejemplo, no es piel: es un campo de batalla en erupción constante y con un enrojecimiento, sin previo aviso, como si una emoción olvidada despertara en la piel. No lo pido, no lo provoco, pero ahí está: un rubor que delata lo que ni yo sé que siento. Como si el cuerpo hablara antes que las palabras. Dermatitis atópica, le llaman. Yo la llamo traición cutánea. Se me seca hasta el alma, se descama como si quisiera mudarse de cuerpo, y convierte cada abrazo en una ruleta rusa de escozor.
Y luego está mi dentadura. Ah, mi gloriosa dentadura. Un poema de horror gótico en clave bucal. Dientes como escombros, encías que parecen haber sobrevivido a una guerra civil. Cuando sonrío, la gente no sabe si reír o llamar a un arqueólogo. No hay ortodoncia que me salve: soy el antes de todos los anuncios de clínicas dentales.
¿Y el sudor? El sudor es mi firma. No transpiro. Me derramo. Soy una fuente pública sin botón de apagado. Camino y dejo rastros. Me siento y el asiento llora. En invierno sudo. En verano sudo más. En primavera sudo con flores. En otoño sudo con hojas. Soy una estación húmeda con patas.
Y la celulitis… esa topografía emocional que me acompaña desde que tengo uso de espejo. Mis muslos son un homenaje al relieve gallego: colinas, valles, ondulaciones que desafían la lógica y la lycra. No hay filtro que me salve, ni pantalón que no tiemble al acercarse.
Lo sé. Lo veo. Lo rechazo. No hay consuelo en la autoaceptación cuando el cuerpo parece una broma mal contada. No quiero que me digan que soy único, ni que la belleza está en el interior. Mi interior también suda.
Y sin embargo, aquí estoy. Escribiendo. Riéndome de mí antes de que lo hagan otros. Porque si no puedo ser hermoso, al menos que mi miseria tenga estilo. Que mi fealdad sea literaria. Que mi cuerpo, este desastre con DNI, sirva para algo más que para incomodar espejos.
