Teresa venía de una familia que gozaba muchísimo manteniendo de cara a sus vecinos las apariencias que, si en otro tiempo eran de nobleza, opulencia y fama, en la actualidad eran de una simplicidad que causaba un río de burlas en la aldea en la que estaba situado el pazo. Habían caído en el típico «quiero y no puedo». En el Lazarillo, el escudero tenía como patrimonio las deudas, pues aquí el señor de la casa más o menos.
El padre, desde ese concepto nobiliario de la vida, mostraba una grandísima satisfacción cuando llegaba a sus oídos que habían cotilleado de ellos en la taberna durante varias horas. Que hablen mal o que hablen bien, el caso es que hablen.
El médico, cuando llegaban las doce de la noche, hora meiga y liberadora de prejuicios y «postureos», después de carraspear y afinar la voz para que no se le reconociera una cogorza de tamaño monumental, soltaba:
―Esta familia va a explotar un día. Lo único que hacen es airear secretos y actos pecaminosos que ya no tienen lugar donde esconderlos. ¡Ay, si yo hablara!
―Pues, hazlo, cabrón, hazlo. Esta frasecita tuya tiene más años que la cocina de leña del pazo de tu amo.
―¡No vuelvas a decir esto! Yo no tengo amo ni soy perro que ladre a nadie. Ya habéis logrado cabrearme. ¡Adiós! Marcho porque… tengo que marchar.
Pero no hablaba y se iba camino de su casa por una corredoira que bordeaba la casa de «la bella durmiente» dando unos peligrosísimos tumbos que convertían un camino de cinco minutos en una prueba maratoniana.
Teresa, la mayor, fue la que le cantó el réquiem a tanta vanidad, que saltó por la ventana sin visos de retorno. En esta mujer, que en tiempos remotos era la que resolvía todos los problemas familiares y ejercía como un capo mafioso con el principal objetivo de mantener la familia siempre unida, se evaporó la decencia.
No sabemos el día, pero, como algunos miembros de la familia ante la brutal crisis económica, «huyó» de la realidad sin moverse del pazo y se instaló en una fantasía que la hizo convertirse en una especie de espantajo por el día y en una bellísima amante rijosa por la noche.
Los psicólogos decían que, de tanto culebrón televisivo y familiar, se convirtió en una adicta de los romances más dramáticos. Tenía una visión totalmente distorsionada de la realidad. Sus pensamientos sólo giraban en torno a una relación que la convertía en una mujer impúdica y lujuriosa y que nadie conocía, pero que ella, en esa capacidad de autoengaño que manejaba como una experta ilusionista, teatralizaba todas las noches en su casa.
Un amanecer, su padre pensó que estaba poseída por el demonio. Los reiterados gemidos de placer, que llegaban plenamente a los oídos del beodo sanitario, eran de tal volumen que su padre decidió llamar al cura de Santa María para que la exorcizara.
Pero lo novedoso, es lo que le hacía dudar, era que todas las mañanas, cuando desayunaban al amanecer, la cara de felicidad de su hija era la misma que había dibujado de pequeña de la bella durmiente cuando era besada por el príncipe. Cuanto más «amaba de noche» más feliz era por la mañana.
―Un día de estos me caso, papá. Estamos preparando todo.
El padre, como no le conocía hombre alguno, se reía y se callaba. Mejor dicho, la escuchaba detenidamente, se reía y se callaba.
Teresa, por el día, huía de su intimidad porque le ocasionaba un terror escalofriante; pero, por la noche, bajaba la cabeza y su autoestima caía otra vez en una lujuria que se apoderaba de sus pensamientos, nublando todo juicio y razón. Era una ilusión que le prometía plenitud, pero la deja vacía. Cada noche, como una «autófaga del amor», vivía un día menos y un día más. Un día menos de vida y un día más de extremo placer.
Hasta que una mañana no se levantó de la cama, y su padre, lleno de miedo al ver la taza del desayuno limpia, entró en su habitación como una oveja huyendo del lobo y vio la imagen más estremecedora de su vida. Tumbado en la cama «dormía» el esqueleto de su hija, vestido con un hermosísimo traje de boda, con un ramo de flores en las manos y con la sonrisa más hermosa que nunca imaginó.
Desde ese crucial día, todas las jóvenes de la aldea luchan como «juanas de arco» por casarse el mismo día que el padre celebraba el aniversario de la muerte de su hija, ya van veintisiete, en la capilla de las Dolores, capilla del pazo de uso semipúblico.

A mí me ha gustado mucho 😘 y lo entiendo perfectamente. 👏
Buenos días, desde el correo electrónico que me facilitó, no puedo ponerme en contacto con usted.
¿Puede escribirme para saber de usted?
Gracias por todo.
Mejor el correo: jmmaiz@telefonica.net